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viernes, 4 de agosto de 2017

El Ente De Las Tormentas

Unas manos enormes e invisibles, querían llevarse mi carpa, arrancarla del suelo y elevarla hacia la tempestad que se revolvía furiosa allá arriba. Eso parecía, pero era solamente el viento. Un viento que había arrastrado una tormenta hasta allí. Me hallaba en un monte ribereño. El río donde pensaba quedarme pescando por un par de días estaba muy gris y el viento lo llenaba de ondas.
Mientras aseguraba las estacas de la carpa, levanté varias veces la vista hasta las copas de los árboles, preocupado. La fronda se revolvía hacia todos lados como una enorme masa viviente. Me resultaba raro que el viento soplara tan fuerte en aquel claro, porque había calculado que era un lugar protegido. Más arriba las nubes se convulsionaban, pasaban raudas y se arremolinaban. Temí que de un momento a otro un tornado o algún fenómeno así tocara tierra donde yo estaba. A la tarde todavía le quedaba bastante pero el mal tiempo había oscurecido tempranamente el día. 

Y no sabía si refugiarme en la carpa y confiar en mi suerte, o abandonar el campamento e internarme en la espesura del monte, donde seguramente ningún viento podría arrastrarme. Me estaba atrayendo más esa segunda opción; cuando escuché el retumbar de un galope, y un jinete apareció en el sendero. Era Sosa, el dueño del campo que había más allá del monte. Era conocido de un conocido mío, por eso yo tenía permitido acampar allí. El hombre traía de tiro a otro caballo. Al ver lo horrible que era aquella tormenta, se preocupó y fue hasta allí para invitarme que me quedara en su casa. Acepté con gusto. La tormenta era muy amenazadora. Dejé la carpa en el lugar, solo llevé mi bolso. No sabíamos cuánto tiempo más iba a demorar en caer el aguacero con viento que se preparaba con furia allá arriba. La distancia que hicimos a caballo no era mucha, pero el apuro por llegar a resguardo hizo que pareciera más. Ni bien entramos en la casa empezó a llover con mucha fuerza y sonaron espantosamente varios rayos.

Era una familia muy agradable. La señora de Sosa fue muy atenta, y sus cuatro niños, todos varones, eran muy bien educados y bastante sosegados. Sentados todos en la sala, se intentó charlar pero era muy difícil por la tormenta. Cuando alguien iba a decir algo, casi siempre explotaba algún rayo o se escuchaba algo que parecía el desmoronamiento de una montaña, entonces solo quedaba sonreír. Durante la cena fue lo mismo, luces entrando por las ventanas y aquellos ruidos que hacían temblar todo. Después hubo una partida de cartas que fue muy divertida. Yo me las arreglaría en cualquier lugar pero me dieron un cuarto que tenían disponible. Apenas me acosté me di cuenta de que el sueño iba a ser esquivo, que no iba a poder dormir fácilmente en aquellas condiciones. Con cada relámpago observaba brevemente una parte novedosa de la habitación. Cuando los relámpagos abrían la oscuridad, parecía haber pequeños cambios en la disposición de los objetos que se encontraban allí, efecto de las luces y las sombras. También se movían en vaivén algunas cosas que cruzaban frente a la ventana, sombras de algún árbol y de algo que colgaba de no sé qué. Me acomodé bien y cerré los ojos para no distraerme más con ese espectáculo algo grotesco que la tormenta quería mostrarme. El tiempo parecía pasar lentamente, después se dilataba más, y finalmente ya no tuve mucha consciencia de él. 

De repente, quedé escuchando con mucha atención, por qué, no lo supe por un momento. Creí que había llamado mi atención un pequeño cambio que se había producido en el ambiente: la tormenta, aunque se sentía muy presente, había dejado de sonar y ningún relámpago se filtraba por la ventana. Pero no era eso. Me enderecé un poco en la cama apoyándome en los codos. Unos relámpagos volvieron a entrar al cuarto, y vi que alguien pequeño y de pasos rápidos, salía de un rincón y se metía bajo la cama. No entiendo cómo no grité, tal vez el mismo susto me ahogó el grito. Casi se me cortó el aliento, o el latir, más exactamente. Inspiré seguidamente casi como alguien que sale a la superficie y al aire después de casi ahogarse. ¿Qué había sido eso? Ya consideraba saltar lo más lejos que pudiera de la cama, cuando recordé a los niños de la casa. Quise sonreír, aunque solo debo haber hecho una mueca rara. “Es solo uno de los niños”, pensé, tratando de convencerme a mí mismo. Era bastante lógico creer que la figura que se había escabullido bajo la cama , era uno de los niños del hogar; pero hasta el menor tenía más estatura. 

Dudé al intentar bajarme de la cama, porque pensé que si una mano se estiraba y me agarraba la pierna, ahí sí iba a gritar y con fuerza, por eso puse el pie lo más lejos que pude. Fui hasta donde estaba el interruptor sin dejar de mirar el lecho. Encendí la luz y me agaché. ¡Que espanto, no había nada! Me acerqué, miré mejor, después mi mirada recorrió ansiosamente la habitación. Estaba solo, o por lo menos, no veía a más nadie. Enseguida el pensamiento racional fue en mi ayuda. Aquella visión tenía que ser parte de un sueño, y me había engañado el escenario de este, aquel mismo cuarto, y que por eso al despertarme creí que era realidad. Sí, eso debía ser, quise convencerme. Pero mi convencimiento no era tanto como para volver a la cama. Me acomodé en una silla que había en el cuarto, me envolví una frazada y esperé así el amanecer. Esa noche fue terriblemente larga. La tormenta huyó con la claridad del nuevo día, y mis temores de esa noche me parecieron infantiles. Entonces me permití pensar algo que había tratado de no recordar esa noche. Una historia de terror o cuento sobre un ente, una especie de duende o trasgo según algunos, el hijo no nato de una bruja quemada en la hoguera, según otros, que a veces aparece durante las tormentas, siempre con oscuras intenciones. La claridad del día me hizo pensar en eso con una sonrisa. 

Quise marcharme cuanto antes para no importunar más, pero los de la casa insistieron para que me quedara a desayunar. Estaba tomando café cuando escuché algo que por poco no me hizo escupirlo. Uno de los niños, el más pequeño (que era bastante más alto que la silueta que vi de noche, lo confirmé), le contó a su familia y a mí, que un niño pequeño había visitado la casa por la noche, y que lo había invitado a salir a jugar en la lluvia. 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola tocayo cuanto tiempo! ya esperaba tus cuentos..buenisimo justo esta lloviendo por aca jeje.Saludos..Willy

Jorge Leal dijo...

cuidado, que por ahí puede andar ¡Jaja! Gracias willy. Saludos!!

Raúl dijo...

Hola Jorge, que gusto volver a leerte y sobre todo este cuento buenisimo!!!

Jorge Leal dijo...

Hola. Pues que bueno que todavía pasabas por aquí. Saludos!!

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