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domingo, 30 de septiembre de 2012

La aparición del pozo

Al mismo tiempo que construyeron la casa, la familia mandó hacer un pozo de agua.
En la familia había un integrante con problemas mentales, una muchacha. Al poco tiempo de instalarse en su nuevo hogar, la muchacha se arrojó al pozo y murió ahogada en él.
Años después la familia abandonó la casa y la adquirió otra gente.
Una noche calurosa de luna llena, los nuevos dueños de la casa salieron a refrescarse afuera. Los niños de la familia cazaban luciérnagas por todo el patio - donde estaba el pozo -, mientras sus padres los observaban sentados en torno a una mesita, donde habían puesto una jarra con jugo. Cada tanto los niños se arrimaban a la mesa y bebían un poco.

En una de esas pausas, cuando estaban todos juntos rodeando la mesa, fue cuando uno de los niños lanzó un grito repentino. Enseguida todas las miradas siguieron a la del niño aterrorizado, volteando hacia el pozo.  En el borde del pozo sobresalía el busto de una persona, de una mujer desgreñada, de cabellera abundante y revuelta. Parecía flotar pues bajaba y subía lentamente; asomaba hasta los hombros y bajaba hasta que se veía sólo su cabeza, para volver a subir.
Los presentes gritaron y huyeron hacia la casa.  Pero ese no fue el suceso más aterrador que les tocaría vivir, pues más adelante comprobaron que la aparición, las noches de luna llena, penaba por todo el terreno, se asomaba en las ventanas y espiaba  hacia adentro.
Con el paso de los años varias familias vivieron en aquel terreno, pero todos se marchaban al poco tiempo.

El comienzo de los zombies

Alfredo y sus compañeros seguían a un doctor por un pasillo de hospital.  El doctor
se detuvo frente a una puerta y giró hacia ellos. Mirando sobre sus lentes, el hombre
observó la cara de todos, después les dijo:

- Jóvenes, esta va a ser la primera vez que presencian una autopsia, ¿alguien ha
visto alguna? ¿No? Bien.  Por ser la primera vez sí se sienten mal pueden salir.
Ya se acostumbrarán con la práctica, o cambiarán de profesión ¡Jajaja! - A nadie le hizo
gracia la broma, todos soñaban con ser doctores.

Entraron a una habitación amplia y fría, con dos hileras de mesas en los costados y una
en el medio, mas todas ellas estaban vacías. 
El doctor exclamó enseguida:

- ¿¡Qué sucedió aquí!? ¿Y los cuerpos?

Los alumnos se miraban entre si, Alfredo notó que el doctor se puso nervioso, se llevó
la mano al mentón y recorrió el lugar con la mirada, como calculando algo o luchando
contra alguna idea.
Unos gritos de terror llegaron desde otra sección del hospital, y todos voltearon hacia
la puerta, alarmados. El médico abrió los ojos muy grandes, bajó la mirada y volvió a
su actitud reflexiva y preocupada.

- ¿Qué está pasando? ¿Qué son esos gritos? - comenzaron a preguntar los estudiantes.
El doctor respiró hondo, y les dijo como si se confesara:
- Toda mi vida trabajé por la medicina, y todo lo que hice fue para ayudar a la humanidad,
Dios es mi testigo.  Ahora no tengo tiempo para explicarles, pero creo, estoy seguro, que
estamos en un gran peligro; los cuerpos que estaban aquí han cobrado vida, se han reanimado.

Los estudiantes no entendían nada ¿Qué era aquello, una broma pesada? Alfredo comprendió
que el asunto era serio, entonces preguntó:

- ¡Doctor! ¿Qué hacemos? -  El rostro del doctor ya tenía una expresión de terror.
- Tomen algo afilado de ahí - les dijo -. Algo que les sirva como arma. Traten de salir del
hospital.  Los cuerpos reanimados intentarán atacarlos, defiéndanse, su punto vulnerable
es el cerebro.  Yo me voy a quedar en el hospital, tratando de resolver lo que hice.

Alfredo fue hasta una mesa metálica en donde estaban los instrumentos para las autopsias,
y eligió un par de bisturís grandes como un cuchillo.  Algunos se arrimaron a la mesa y
tomaron algo, otros se quedaron en su lugar, tratando de entender qué pasaba.
El grupo se dividió, algunos quedaron en la sala de autopsia, Alfredo y otros tomaron el
corredor.  El griterío era cada vez mayor, algunas personas corrían presas del terror.
Al llegar a una sala de espera vieron lo grave que era el asunto.  Algunos reanimados
atacaban a la gente a mordiscos. Era un caos: algunos se defendían, otros sólo gritaban,
y un gran número de gente se amontonaba en la puerta, empujándose unos a otros, tratando
de salir.
 
El grupo de estudiantes se disolvió en el caos.  Un reanimado intentó atacar a Alfredo, pero
diez años en boxeo hicieron que lo evadiera con facilidad; dio un paso al costado y giró, tenía
un bisturí en cada mano, y uno de ellos se hundió en la cabeza del reanimado.
Dominado por el instinto de sobrevivir, se abrió paso entre aquel infierno, y pudo salir del
hospital.
De eso ya hace un año, y ahora el mundo está lleno de zombies. Se extendieron desde el
hospital y no pudieron contenerlos. 
Alfredo recordó ese día, cuando al observar por la mira de su rifle, vio al doctor convertido
en un zombie.  “Yo también hago esto por el bien de la humanidad” pensó Alfredo, y le
disparó en la cabeza.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cementerio de autos


Una noche, el vigilante caminaba por el cementerio de autos haciendo su rutinario recorrido. Junto a él estaba el perro guardián del lugar, un pastor alemán que siempre estaba muy alerta. Unos focos de luz ubicados en lo alto de unas columnas, iluminaban casi todo el lugar, aunque algunas partes quedaban en las sombras.
Esa noche hacía mucho calor y la humedad estaba alta. Incontables insectos voladores zumbaban en torno a los focos de luz, y cada tanto soplaba un viento cálido, preludio de una tormenta que se aproximaba por algún punto del horizonte.
Los autos abandonados, las carrocerías y las partes sueltas que se amontonaban en altas pilas, daban al lugar una conformación laberíntica, que a veces llegaba a confundirlo, además el lugar era enorme; pero tras algunas vueltas volvía a orientarse. 

En uno de esos momentos de confusión, cuando después de doblar aquí y allá se había perdido por un momento, fue cuando el perro gruño de repente, y al seguir la mirada del perro, vio que dentro de un auto se movía algo blanco. Al mirarlo mejor notó que no tenía forma, sólo era algo blanco, parecía una nube diminuta retorciéndose en el asiento del conductor. De pronto asomaron en ella unos rostros demoníacos que se desvanecían y volvían a aparecer.
El perro se erizó y comenzó a retroceder al tiempo que enseñaba los colmillos; estaba asustado, y el vigilante entendió que debía retroceder también. Cuando se alejaron el perro se calmó, pero el resto de la noche, al escuchar cualquier ruido comenzaba a aullar lastimosamente.
Desde esa noche el vigilante trató de no cruzar más frente a aquel coche, y sólo recorría la periferia del cementerio de autos. 

Directo a un pueblo fantasma

Fred caminaba por una zona lúgubre de Irlanda. En el camino por donde iba no se marcaba ni una huella reciente de vehiculo, lo le pareció un poco raro, pues según le habían indicado que aquel  camino llegaba hasta el pueblo que era su destino.
Fred había nacido en Norteamérica pero sus raíces eran de Irlanda. Buscando el pueblo donde nacieran sus abuelos, se apartó de una ruta transitada y, como ningún transporte iba hasta allí, no tuvo más salida que seguir a pie. 
Cruzó por un paisaje de colinas rocosas y escasa vegetación. El cielo estaba nublado y el viento empujaba con fuerza, y aullaba  entre las rocas.

Al avanzar más, el paisaje se fue aplanando, hasta que las colinas dieron paso a vastas llanuras cubiertas por plantas ralas que se apretujaban contra el suelo.  Al tender la mirada hacia adelante vio que el camino se desviaba hacia la derecha, rodeando un páramo desolado. Al seguir el camino con la vista alcanzó a divisar las grises construcciones de un pueblo.
El día llegaba a su fin y se estaba poniendo más frío. La vía más corta era yendo por el páramo. Fred consultó su reloj, dudó un poco, volvió a tender la mirada, y al final decidió cortar camino por el páramo. 
Llegó al pueblo cuando la noche ya se había impuesto sobre el paisaje, y una niebla densa cubría el desolado páramo. Para su sorpresa, el pueblo no era menos lúgubre que el lugar que acababa de cruzar. Todo estaba en silencio. Tomó una callejuela empedrada. Sólo sus pasos sonaban en aquel lugar. En las casas no había ni una luz, no se veía a nadie circulando por las calles; era un pueblo fantasma.

Fred vagó por aquellas inquietantes calles, tan silenciosas como un cementerio. La niebla también vagaba por ellas y ocultaba con su manto fantasmal a gran parte del pueblo.
Sus esperanzas de encontrar a alguien se esfumaron entre la niebla. Se detuvo a considerar sus opciones, solamente para darse cuenta que no tenía otra opción que esperar el amanecer en el pueblo. Hacía demasiado frío como para volver al camino, y no tenía las energías, ya estaba muy cansado.
Eligió una casa al azar; la puerta estaba abierta.  Utilizando la llama de su encendedor se guió por el interior de la vivienda. Vio una chimenea y a un costado de ésta un montón de leña apilada. Se abocó a encender el fuego. Cuando las llamas crecieron se iluminó la habitación, que era pequeña, el resto de la casa estaba completamente oscura, y sólo se alcanzaba a ver el comienzo de un corredor, más allá era todo penumbras.  Fred no quiso recorrer el resto de la casa, sólo le echó una mirada a la habitación en donde se encontraba.

En la habitación había una mesa polvorienta y un par de sillas, una de ellas rota. Fred arrimó la que estaba sana a la chimenea y se sentó a calentar el cuerpo.
Tenía las palmas vueltas hacia el fuego y contemplaba las llamas, cuando al creer ver algo por el rabillo del ojo miró hacia un lado, entonces vio algo grotesco, terrorífico. Al levantarse bruscamente tropezó con la silla y cayó de espaldas en el suelo. Acababa de ver la cabeza flotante de una anciana que sonreía extrañamente. La cabeza levitaba por la habitación mientras lo miraba.
Fred se levantó, y a pesar del terror que lo invadía atinó a tomar su mochila y se precipitó hacia la puerta. Antes de traspasar el portal miró hacia atrás, y vio que del corredor oscuro salía corriendo hacia él el cuerpo sin cabeza de la anciana.

Al escapar por la calle notó que ahora en todas las casas había actividad. Apariciones horrendas se asomaban por las ventanas y lo veían pasar.
Fred corrió hasta que no pudo más, dejando atrás el pueblo. Después pasó una noche terrible, donde casi murió de frío y agotamiento, pero logró sobrevivir y al otro día se marchó de Irlanda.
Nunca llegó a conocer el pueblo de sus antepasados, pues había interpretado mal las indicaciones que le dieron, y había llegado al pueblo fantasma porque estaba perdido.   

viernes, 28 de septiembre de 2012

Terror en el mar

Fue durante mi corta estadía en el sur del país.  Sin nada que hacer, daba largos paseos por la playa, y conversaba con cuanto local me prestara atención. Cuando veía a alguien tejiendo una red, o impermeabilizando un bote, me acercaba a charlar, y como no hay hombre de mar que no le guste relatar historias, pronto me hice conocido entre los lugareños.  Así alcancé a compartir algunas fogatas con los pescadores. Con el sonido el mar rompiendo en la playa, relaté también algunas de mis historias, de las que viví tierra adentro, en los montes y en los ríos, pues también soy pescador, aunque a diferencia de ellos para mí es más que nada un deporte.
Al haberme ganado su confianza, un lugareño me invitó al fin a pescar, y por la tarde salimos en un lanchón.  La pequeña embarcación iba saltando sobre las olas, y así navegamos hasta que dejamos de ver la costa, y todo lo que nos rodeaba era mar.
La pesca fue excelente, entre mis manos coletearon pescados que sólo había visto en el mercado.
El sol se fue hundiendo en el mar y aún seguíamos sacando peces. Aunque me estaba divirtiendo mucho, me preocupó que la noche nos agarrara muy lejos de la costa.

- No pasa nada - me dijo -. Sé guiarme en estas aguas, y al rato vemos las luces del pueblo.
- ¡Ah! claro, las luces del pueblo - le dije, y recordé las fogatas, que hasta ese momento creía que eran sólo para contar historias en torno a ellas.

La noche cayó rápido. El lanchón iba saltando ahora sobre olas que no veíamos. Cada uno tenía una linterna, y en medio de la lancha encendimos un farol a batería. Seguimos navegando por un mar de oscuridad. En algún momento el cielo se había nublado, y noté que cada tanto mi compañero de pesca miraba hacia arriba. Entonces desee que no necesitara de las estrellas para guiarse, porque de ser así estábamos en problemas, pues no titilaba ni una en el cielo.

Detuvo el motor y lo vi girar la cabeza como quien busca orientarse; acción inútil, pensé, pues más allá de las cortas luces de las linternas no se distinguía nada.
Para empeorar la situación, súbitamente nos envolvió un banco de niebla que vino no sé de que lado.
Le pregunté si era común tanta niebla y me dijo que no. Y con el motor apagado nos quedamos en medio de aquella nube, apuntando las linternas hacia todos lados. Ni le pregunté si estaba perdido, era obvio.  La niebla era tan espesa que casi asfixiaba. Tan rápido como la niebla, llegó un frío repentino.
Por suerte el hombre había llevado un impermeable extra, la niebla mojaba.
Mi compañero de pesca comenzó a desdoblar una lona y me pidió que lo ayudara. Utilizando unos tubos metálicos, armamos con la lona un cobertizo sobre gran parte de la proa, usaba aquello para darse sombra los días de sol muy fuerte, pero esa noche nos iba a ser útil para protegernos un poco más del frío.

Estábamos sentados bajo aquella especie de cobertizo, con las linternas apagadas y la luz del farol luchando contra las tinieblas, cuando de repente vi que había alguien en la popa de la lancha, estaba sentado mirando hacia el mar, y tenía la cabeza cubierta por una capa negra, vestía todo de negro.
Mi primer reacción fue enfocarlo con la linterna, mas mi compañero me lo impidió bajándome el brazo de un manotazo. “No lo alumbres y no lo veas directamente”, me susurró.
La situación pasó a ser terrorífica. ¿De dónde había salido? ¿Cómo había aparecido allí, de repente?
Vi que comenzó a girar hacia nosotros. Mi compañero me tomó de la solapa del impermeable y me hizo desviar la mirada, mientras él hacía lo mismo. “No lo mires”, me dijo entre dientes.

Permanecimos así no sé cuanto rato, con la mirada baja, atisbando por el rabillo del ojo al fantasmal tercer ocupante del lanchón. “Ya se fue”, dijo el pescador, y al levantar la vista el otro, lo que fuera, ya no estaba. La niebla también se había disipado, y allá lejos brillaban las luces del pueblo.
El pescador no quiso hablar del asunto, cuando llegamos a la playa partió rumbo a su hogar sin decir una palabra.
Después de eso permanecí en la zona un par de días más. En ese tiempo pude averiguar que el pescador antes tenía un socio, y que un día salieron a pescar y que sólo él volvió, pues su socio sufrió un desafortunado accidente. Incluso en el bar del pueblo tenían una foto del tipo. 
 
  
 

La cara del terror

Había salido a probar mi nueva camioneta. Me interné en unos caminos rurales. Crucé por parajes desabitados, allá cada tanto veía alguna casa entre el verde del campo. Anduve por un camino que bordeaba a un monte oscuro, desde donde partían pájaros que salían volando hacia el cielo azul.
Alcancé unos cerros que se iban agigantando a medida que me acercaba, y sobre una loma del camino me detuve a contemplar el paisaje que era como un mar verde estático, donde había pequeñas islas que eran arboledas.  Allí vi al sol bajar hacia el horizonte, y observé como una gran sombra iba cubriendo el paisaje.

Cuando fui a regresar me di cuenta que no sabía por dónde; estaba perdido.
Pronto se hizo noche. Con la oscuridad aumentó mi confusión.  Hacía un esfuerzo por reconocer algo del camino, por acordarme hacia dónde doblar. Varias veces creí estar bien orientado, y de pronto me acercaba a una curva o una recta que no reconocía.
En una parte las luces de la camioneta iluminaron la figura de un hombre que estaba sentado en la orilla del camino. Estaba sentado en el suelo, tenía los antebrazos sobre las rodillas, y al estar medio arroyado, sus antebrazos y las rodillas cubrían su cara.  Me detuve a preguntar desde la ventanilla:
¡Buenas noches! - lo saludé -. Ando medio perdido. ¿De aquí cómo hago para salir a la ruta?

Fue levantando la cabeza lentamente. Cuando vi su aspecto se me erizó la piel; no tenía ningún rasgo aterrador, era la falta de rasgos lo que me aterró, pues no tenía cara. Sí tenía cabellera, era larga y desprolija, y al agitar la cabeza con una rapidez increíble, la melena se sacudió hacia todos lados, y de un instante a otro tenía cara, y era igual a mí, tenía mi rostro.
El mismo terror me hizo acelerar y dejé atrás a aquella cosa. Qué era, no lo sé.
Después de manejar como una hora más finalmente llegué a la ruta, y luego a mi casa.


 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Hermanos

Los hermanos Guillermo y Ramón tomaron el camino que llevaba a su antiguo hogar.  Tenían ganas de ver nuevamente su casa.
Al acercarse, Guillermo, que era el que iba conduciendo el auto, desaceleró y cruzaron lentamente.

- ¡Que vieja que está! - exclamó Ramón mirando hacia la casa.
- Y sí, nadie la habita desde que nos fuimos - dijo Guillermo.
- ¿Por qué los viejos nunca la vendieron?
- Qué sé yo - respondió Guillermo -. Sabes que papá y mamá siempre estaban llenos de misterio cada vez que hablábamos de la casa.
- Es cierto… Guillermo, ¿vamos a entrar? 
- Vamos. ¡Ah! Pero no tenemos llave.
- No creo que haga falta; la puerta se está cayendo a pedazos.

Bajaron del auto y caminaron hacia la entrada. Empujaron el portón y entraron al terreno que hacía tanto tiempo que no pisaban.
La casa se encontraba en un lugar bastante apartado, el hogar más cercano apenas se veía desde allí, los alrededores eran pura campo y arboledas.
La puerta estaba tan destartalada que casi cae cuando Ramón la empujó con el pie. El interior estaba sombrío. Permanecieron un momento en el umbral. Sus vistas se adaptaron a aquella media luz, luego  avanzaron mirando hacia todos lados.
Atravesaron la sala, entraron al corredor y fueron recorriendo los cuartos. Caminaban sin decir una palabra, observando todo, recordando.  En el piso había basura, lo que indicaba que en algún momento alguien más había ocupado la casa, vagabundos probablemente.
Tirada en el suelo había una muñeca del tamaño de un bebé.

- Mira Ramón, tu vieja muñeca ¡Jajaja! - bromeó Guillermo.
- ¡Jaja! Sería tuya en todo caso.

Los dos cruzaron por la muñeca mirándola de reojo. La muñeca tenía un gesto en la cara como si estuviera enojada.   Cuando entraron a otra habitación Guillermo se volvió hacia su hermano y le preguntó:

- ¿De quién sería esa muñeca? Parece vieja. Se nota que ocuparon la casa por un tiempo, pero lo más seguro es que fueran indigentes, y no los imagino jugando con una muñeca.
- Quién sabe, tal vez tenían niños.
  
Siguieron su recorrido pensativos. Cuando regresaban escucharon un ruido, y al volverse vieron que la muñeca atravesaba el pasillo gateando velozmente. Salió del cuarto en donde estaba y entró a otro.
Los hermanos se miraron espantados y salieron corriendo. En su huída creyeron oír algo. Después, muy lejos de la casa, al intentar entender qué había pasado, qué era aquello, cada uno dijo lo que creyó escuchar después de ver a la muñeca. Los dos habían escuchado: “Hermanos, soy yo”.
 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Libros de fantasmas

Las luces de la calle se encendieron, entonces Artemio miró su reloj. Aún era temprano, en el portafolio le quedaban algunos libros, y andaba de buena racha, así que decidió visitar algunas casas más. Y siguió caminando por la vereda de una zona residencial. Artemio era un vendedor ambulante de libros.
Todas las viviendas de la zona tenían jardín o patio, y un portón. La experiencia le enseño a golpear las manos antes de cruzar un portón, por si había perros. Llegó frente a una casa que sin dudas era la más vieja del lugar. Golpeó las manos, ningún perro salió a ladrarle. Empujó el portón, estaba abierto.
En el jardín había unos árboles altos que impedían que la luz de la calle llegara hasta allí. Artemio ingresó al terreno, pero tras dar unos pasos se arrepintió; el lugar parecía estar abandonado. El sendero que dividía el jardín estaba cubierto de hojas secas, que empezaron a volar con un viento repentino; y en lo alto de la casa una veleta con forma de gallo chirrió al girar.

Se detuvo y dudó, pero en la casa se encendió una luz, aunque débil y amarillenta, entonces continuó hasta la puerta. Se acomodó la corbata y golpeó. Adentro sonaron pasos, seguidamente sintió que lo espiaban por la mirilla. Se abrió la puerta y tras ella surgió una anciana encorvada y diminuta, arrugada como una uva pasa, pero sonriendo; y bastó esa sonrisa para que Artemio desplegara todo su léxico de vendedor.  La anciana lo dejó hablando, mas con un gesto de la mano le indicó que la siguiera. Pasaron a una sala donde sobre una mesa ardía una vela de llama alargada e inquieta.
La anciana se hamacaba al andar y daba pasitos cortos. Una rápida ojeada al lugar y Artemio calculó que no le iba a vender ni un libro, pues todo estaba muy viejo y descuidado; pero ya estaba allí…
Se sentaron en torno a la mesa de la vela, enfrentados, con la llama danzando entre ellos.

- Tal vez le interese algunos de mis libros - comenzó su palabrería Artemio -. Si tiene nietos en edad escolar no puede desaprovechar esta oportunidad. Estos libros son muy completos, y…
- ¿Tiene libros sobre fantasmas? - lo interrumpió la anciana, con voz temblorosa y aguda.
- Eh… en este momento no, pero se los puedo conseguir. ¿Le interesan los cuentos sobre fantasmas, o alguna novela quizás?
- Lo que quiero es saber cómo deshacerme de un fantasma - volvió a temblar la voz de la anciana, que comenzaba a ampliar su sonrisa.

 En medio de ellos la llama se agitaba para todos lados, y proyectada contra la pared, la sombra de la anciana se mecía de un lado al otro.
- Entonces tengo uno que tal vez le pueda servir, es sobre ocultismo y cosas sobrenaturales - Artemio era un vendedor nato, y disimuló sobradamente su sorpresa, aunque lo inquietó un poco el extraño pedido. 
- Está bien, me quedo con  ese - Mientras Artemio sacaba el libro del portafolio, la dueña de la casa salió hamacándose de la habitación, y regresó con un fajo de dinero.
- ¿Esto alcanza? - preguntó al tendérselo, Artemio bajó la cabeza para contarlo.
- Alcanza y sobra señora - le contestó, mas al levantar la vista  la anciana ya no estaba a su lado, sólo su sombra se movía por la pared; pero ya no era la de una anciana.
La puerta se abrió de golpe, y Artemio salió disparado rumbo a ella. Apenas traspasó el  umbral se cerró tras él, y la luz de la casa se apagó.


 
   

La enfermera

Estaba bajo los efectos de la anestesia pero sé lo que vi.  Había ido al hospital a sacarme una muela.
Ya estaba sentado y comenzaba a hacerme efecto la anestesia, cuando la dentista que me estaba atendiendo, después de recibir un mensaje en su celular, me dijo que tenía que salir un momento, y salió de la habitación ya marcando un número en el aparato.
Quedé solo en aquella habitación blanca, fría. A mi lado había una bandeja metálica con unos instrumentos que metían miedo. En la pared que tenía frente a mí había una especie de cartel con el dibujo de un cráneo humano con sus dientes.  En un costado se encontraba un armario con puertas de vidrio, y dentro de él había todo tipo de frascos con etiquetas de color.

Luchaba contra el adormecimiento que me causaba la anestesia, cuando de pronto, de la nada, apareció en la habitación algo completamente aterrador, era una especie de espanto, demonio, o quién sabe qué era aquella cosa. Su rostro era tan horripilante que no lo puedo describir, pero si les diré que aquel monstruo estaba vestido como una enfermera, su cabello era de humano y tenía puesto un gorrito blanco de esos que usan las enfermeras.    Aquella cosa iba atravesando la habitación, miraba hacia una pared, pero de pronto miró hacia mí, se detuvo y luego comenzó a acercarse.  En ese momento la doctora entró a la habitación, y aquella cosa desapareció.
La doctora habrá notado el terror en mis ojos, pero seguramente pensó que era por extraerme la muela.

Escribo esto porque hoy me van a operar. Tuve un accidente y ahora estoy en el mismo hospital donde vi a la cosa espantosa. Traté de que me llevaran a otro lado pero apenas puedo hablar. Estoy escribiendo esto en un papel que conseguí. En cualquier momento me van a llevar a la sala de cirugía.
Ya están entrando con la camilla. Es un enfermero y una enfermera. La enfermera me está sonriendo como si me conociera. Creo que es ella…
 

martes, 25 de septiembre de 2012

El perseguido

Llovía sobre el bosque y el día estaba llegando a su fin.  Charlie iba corriendo por ese bosque, estaba huyendo de la horca; si lo atrapaban era su fin.
Hacía algunas pausas para medio recuperar el aliento y, recostado a un árbol trataba de escuchar sobre el rumor de la lluvia y el latido de su corazón. Hacía rato que no escuchaba los ladridos de los perros que intentaban encontrarlo, ni el grito de los hombres que los alentaban.
Estaba empapado y el frío le calaba hasta los huesos.   Atravesó un arroyuelo bajo, trepó por una barranca, aferrándose como podía a las raíces de los árboles, y después de avanzar unos metros casi a ciegas entre un follaje tupido, salió a un claro. En ese lugar se detuvo, delante de él había una casa enorme.

La noche ya había descendido sobre aquel paisaje, pero unos relámpagos le mostraron la deteriorada fachada de la casa.  Las enredaderas que trepaban por todos lados, las grietas de los muros, los vidrios rotos, todo indicaba que la casa estaba abandonada.
Tiritando, Charlie miró hacia la oscuridad del bosque, volvió a escudriñar hacia la casa, y tras un nuevo temblor que le recorrió todo el cuerpo decidió entrar. 
Cuando estiró la mano hacia la puerta vio que ésta se encontraba entornada, entró y la cerró. Caminó unos pasos en la oscuridad. El piso, que era de madera, crujía con cada paso, el sonido se amplificaba y corría por la vastedad oscura de la casa, que parecía responder con otros sonidos similares, pero cuando Charlie se detenía y escuchaba, todo volvía a estar en silencio.
Al tantear una pared se sentó con la espalda recostada a ésta. 

- Espero que no encuentren mi rastro, que no me descubran - susurró Charlie.
- No te van a encontrar, no - dijo de pronto una voz temblorosa y chillona -. No va a quedar nada de ti, ¿verdad? 
- ¡Sí! - respondió otra voz desde la oscuridad, y otras lanzaron unas risitas maliciosas, y eran muchas, y estaban alrededor de él.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La cosa de la oscuridad

Emilio ya se acostó un poco asustado. Estaba de visita en la casa de sus abuelos. Como casi nunca los veía no era mucho el afecto que tenía hacia ellos, y la casa lo impresionaba bastante por ser vieja y grande, por eso nunca se quedaba, a pesar de que sus abuelos siempre lo invitaban.
Como en su cumpleaños ellos le regalaron una bicicleta nueva, fue casi una obligación quedarse un fin de semana con sus abuelos.
Acostado pero sin poder  dormir, Emilio escudriñaba la oscuridad del cuarto. En aquella oscuridad, algunas cosas parecían moverse, sobre todo un abrigo que estaba colgado en un rincón. Parecía mover las mangas como si hubiera algo dentro de él, lo que le daba la apariencia de alguien sin cabeza y sin piernas.

Emilio trató de no mirar más hacia el abrigo, pero donde posara la mirada había algo que se veía aterrador en la penumbra. Hasta la gran mancha de humedad que prosperaba en una de las paredes parecía ser un rostro deforme que sonreía. En el rincón más oscuro, Emilio veía aparecer y desaparecer a un cuerpo informe, pequeño, que flotaba por un instante para enseguida desaparecer en la oscuridad.
Para no seguir asustándose cerró los ojos y se cubrió hasta la cabeza. El silencio de la casa y sus alrededores finalmente hicieron que se durmiera.
Despertó al escuchar que golpeaban la puerta; ya estaba de día, era su abuela.

- ¿Se puede pasar? - preguntó su abuela desde el corredor.
- Sí abuela, pasa.
- ¡Buen día! - saludó la anciana tras abrir un poco la puerta.
- Buen día.
- Veo que sentiste frío. Hubieras tomado una frazada del ropero.
- No sentí frío abuela, ¿por qué lo dices? - le preguntó Emilio mientras se sentaba en la cama.
- Creí que habías sentido frío porque vi que tienes ese abrigo en la cama.
Emilio miró hacia un lado y vio horrorizado que el abrigo que parecía moverse estaba sobre la cama.



sábado, 22 de septiembre de 2012

El escondite aterrador

Roberto caminaba por la noche, mirando su celular, y por ir distraído no divisó a tiempo el peligro. En una esquina se encontraban los integrantes de una pandilla rival. Cuando los vio ya corrían hacia él.
Entonces corrió en dirección opuesta.  Sus perseguidores habían bebido bastante, y por eso pudo sacarles buena distancia, sin dejar de estar en peligro. Corrió varias cuadras echando miradas sobre su hombro. De repente sintió un dolor agudo en un costado; consecuencia de correr con el cuerpo frío.
Alcanzó a duras penas la cuadra del hospital abandonado. Cerca de la entrada vio que la puerta estaba entornada. Se detuvo, y tomándose el costado que le punzaba de dolor escuchó; ya se oía la carrera de sus perseguidores.  Optó entonces por entrar al hospital, y confiar en que su fama de embrujado hiciera que la pandilla rival no tuviera en cuenta el lugar como posible escondite, que pensaran que él no entraría allí, o que ellos no se atrevieran a ingresar.

Entró y cerró la puerta, adentro estaba completamente oscuro. Escuchó como los pandilleros cruzaron frente al hospital, se los oía jadear, ya estaban cansados.
Unos momentos después los oyó volver y murmurar frente a la puerta, para después alejarse por donde vinieron.
Roberto respiró hondo, había pasado un momento de gran peligro. Quiso abrir un poco la puerta para espiar hacia afuera, tanteó el picaporte pero este ni se movía. En la oscuridad en que se encontraba, jaló el picaporte, hizo presión desde arriba, pero nada funcionaba, estaba encerrado; atrapado en un lugar supuestamente embrujado, del cual se narraban espeluznantes historias de terror.

Se le ocurrió que podría salir por una ventana, pero tras girar la cabeza en la oscuridad se dio cuenta que allí no había ninguna; estaba en una sala de espera sin ventanas a la calle. Encendió el celular, y con su débil luz comenzó a avanzar lentamente. Tenía que encontrar una habitación con ventanas.
Desafortunadamente para él, la sala de espera era muy amplia. Al alcanzar la mitad de ésta el celular se apagó y la oscuridad se cerró sobre él.  No veía absolutamente nada. Trataba de volver cuando al girar chocó contra algo que estaba detrás, enseguida sintió que se apartaron.
Algo lo había seguido muy de cerca, estaba allí, a su lado, ahora podía sentirlo, pero no lo veía ni sabía qué era, y esa situación lo aterró.  De pronto vio unos bultos claros que se agitaban en la oscuridad. Iban hacia los lados, retrocedían, avanzaban, como su flotaran en el aire. Súbitamente se empezaron a escuchar voces, ruidos, como si el hospital estuviera nuevamente activo, y hubiera gente en él.

Roberto no soportó el terror, gritó como nunca antes lo había hecho, y con los brazos extendidos siguió buscando la puerta, desesperado por salir de aquel lugar.
Tras escuchar un golpe fuerte vio una claridad, habían abierto la puerta. Sin pensarlo, corrió hasta la salida, al traspasar el umbral vio que los pandilleros lo esperaban afuera, uno le apuntó a la cabeza con una pistola, y tras ver un fogonazo volvió a estar en la oscuridad.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Perdido

Tropezó con una raíz y cayó sobre un montón de ramas. Estuvo un buen rato tirado, luego se levantó como si nada y siguió andando.
Ernesto caminaba por un monte tupido que cada vez estaba más oscuro. Se detuvo en un claro y dejó caer el atado de leña que cargaba sobre el hombro; miró en derredor y supo que estaba perdido.
Enseguida se imaginó las bromas que sus amigos le gastarían ¡Perdido!, y no pudo evitar sonreír.
Había andado tantas veces en aquel monte, y creía conocerlo de punta a punta, mas no recordaba aquel claro, y no sabía hacia dónde seguir. El sol ya se ocultaba, y los árboles del monte eran muy altos y frondosos como para guiarse con el astro rey.
Pensó que si volvía sobre sus pasos se iba a perder más, así que siguió directo, adentrándose en un sendero abovedado de ramas entrelazadas.  Un rato más de caminata y ya no veía casi nada.

Se vio obligado a dejar el atado de leña, del cual tomó una vara para utilizar como bastón e ir tanteando el camino. La noche cayó del todo y el monte quedó silencioso.
Negro sobre negro era lo único que veía. Alzaba la cabeza y no veía ni una estrella. Arriba, abajo, a los lados, hacia donde volteara todo era oscuridad, una oscuridad uniforme. Sabía que aún seguía en el monte por las ramas que lo rozaban. Hacía breves pausas para escuchar pero nada, no se oía ni el más mínimo ruido, y eso comenzó a asustarlo.
Paró nuevamente al darse cuenta de algo; ya no sentía el rose de las ramas. Extendió su improvisado  bastón en todas direcciones pero no halló nada.  De repente sintió que algo agarró el bastón y con un jalón se lo quitó de la mano. ¿¡Quién anda ahí!? - preguntó Ernesto con un grito, nadie respondió. Entonces comenzó a escuchar pasos, eran muchos, lo rodeaban, andaban en círculos en derredor de él.

Algunos parecían pasos de animales, o de algo que andaba en cuatro patas, otros pasos eran de bípedos.  Ernesto gritó al sentir que una mano lo empujaba por la espalda, y enseguida otras comenzaron a arañarlo por todos lados.
En aquella oscuridad absoluta, alcanzó a aferrar una mano que lo estaba arañando, y notó que no era humana, aunque tampoco animal; eran unos dedos esqueléticos terminados en garras. De pronto los seres que lo acosaban empezaron a lanzar alaridos y risotadas diabólicas, y todo se iluminó repentinamente, y del suelo crecieron llamaradas de fuego, y los seres que lo rodeaban eran demonios.
Ernesto había muerto en el monte, al caer sobre el montón de ramas una se le había clavado en el abdomen, y ahora estaba en el infierno. 

   

jueves, 20 de septiembre de 2012

La taberna embrujada

El humo de los fumadores viciaba la atmósfera de la vieja taberna, y se suspendía cerca del techo opacando la luz. En torno a las mesas los hombres bebían y reían en exceso. Una camarera veterana zigzagueaba entre la clientela equilibrando una bandeja llena de copas y vasos.  Fuera hacía una noche horrible, ventosa, fría, y precipitaba por momentos.
Detrás de la barra, el ayudante del cantinero, que se llamaba Sergio, limpiaba vasos mientras fingía seguir lo que le relataba un borracho que se había acodado en la barra.
El cantinero, con una botella vacía en la mano, se dirigió a Sergio diciéndole:

- Ve a la bodega y trae un par de estas - y señaló con el dedo la etiqueta de la botella.
- ¿Se terminó? - preguntó ingenuamente Sergio.
- ¡Claro! Por eso te estoy mandando a que traigas otras.
- ¿Tengo que ir a la bodega, solo? 
- ¡Ah! Tienes miedo. No te preocupes, que los fantasmas que rondan ahí no te van a fastidiar… mucho ¡Jajaja! Ahora ve, ve, que la noche está movida.

La taberna tenía mucha historia, y parte de esa historia era oscura, pues eran varias las personas que habían muerto allí; algunas perecieron víctimas de las llamas de un incendio que ocurriera décadas atrás, otras murieron en circunstancias poco claras, en accidentes insólitos que despertaban dudas.
Por todo eso la taberna tenía sobrada fama de embrujada, cosa que a la clientela no le importaba mucho, siempre y cuando el lugar estuviera concurrido, además no había otra cantina en el pueblo.
Sergio, que desde que tenía memoria había escuchado las historias y rumores que corrían sobre el lugar, atravesó la puerta que había tras la barra, cruzó por la pieza donde guardaban algunas sillas y mesas, y llegó frente a la puerta del sótano.  Después de encender la luz bajó las escaleras con mucho cuidado.  El sótano, que estaba conectado a la bodega mediante unos pasillos escalonados, que bajaban hacia unas antiguas galerías talladas en la roca, estaba pobremente iluminado, y para guiarse por los pasillos había que encender uno de los faroles que colgaban en una las paredes.

Con el farol sostenido en alto, bajó a la silenciosa bodega que se asemejaba a un laberinto. Cruzó por una hilera de antiguos barriles, doblo hacia la derecha, luego hacia la izquierda, y finalmente quedó frente a la pared en donde estaban los vinos. Tomó apresuradamente dos botellas. Al dar media vuelta, vio que en un recodo del pasillo terminaba de desaparecer una tela blanca que se arrastraba en el suelo; era parte de la pollera de una mujer.
A Sergio lo invadió un temblor repentino. Llegó a la esquina y espió por el pasillo, la mujer fantasmagórica terminaba de doblar hacia la izquierda, y nuevamente vio sólo un trozo de su vestido.

Resistiendo al impulso de salir corriendo, de escapar a los gritos, salió de la bodega, subió por el pasillo, atravesó el sótano y ascendió por los escalones, y sólo al llegar al final de la escalera, miró hacia atrás, hacia abajo, y vio que la aparición lo había seguido hasta allí. Vestía un largo visón blanco, y su cara era una sombra negra, donde sólo resaltaban dos ojos blancos, y se deslizaba de forma fantasmagórica, balanceando los brazos lentamente.
Cuando Sergio apareció tras la barra estaba pálido de terror. Sin hablar, le tendió las botellas al cantinero, que tras examinarlas dijo: ¡Pero esta no es la marca que te pedí! Regresa a la bodega y esta vez no te equivoques.

 

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Pueblo fantasma

La luz de un vehículo avanzaba por una apartada carretera, abriendo las tinieblas de la noche.
En dicho vehiculo viajaba Mauricio. El GPS del auto se apagó de pronto, Mauricio sacudió la cabeza.
¡No puede ser! - se dijo a si mismo. Detuvo el auto e intentó hacerlo funcionar, pero nada, el aparato estaba muerto.
Resignado a seguir sin aquella ayuda, volvió a marchar, pero apenas había avanzado frenó nuevamente. Con la boca abierta por el asombro, miró incrédulo lo que tenía por delante; la carretera ahora se dividía en tres.  Tenía la impresión de que aquellas rutas habían surgido de repente, pero terminó descartando tan absurda idea, pues allí estaban, las veía perfectamente.

Su problema ahora era que no sabía cuál tomar. Dio unos golpecitos al GPS, pero esa técnica milagrosa no funcionó. Con un gesto de enfado volvió la cabeza hacia un lado, y quedó mirando los oscuros contornos de unas casas. Tras escudriñar un poco más, concluyó que había un pequeño pueblo allí, en la oscuridad.
También se dio cuenta que estaba al lado un camino transversal a la carretera, camino que se adentraba en el pueblo. Volvió a mirar las carreteras que tenía adelante, y fastidiado enderezó el auto rumbo al camino; tal vez alguien lo podía ayudar, darle indicaciones.
Manejó lentamente entre aquellas casas. No se veía ni una luz, no salió ni un perro a ladrarle, ni vio movimiento alguno. Las palabras “pueblo fantasma” le vinieron a la mente y se estremeció. Comenzó a maniobrar para volver por el mismo camino y, como ya le había pasado esa noche, vio algo que un instante atrás no había notado; un edificio tenía luz en su interior, y por una gran ventana se veía que había gente en él.

Mauricio bajó del auto. El edificio parecía ser un bar. Al acercarse unos pasos, sintió que sus entrañas se retorcían, como si un estado de nervios agudo se hubiera apoderado de él de pronto. Algo en su interior le gritaba que no entrara allí. Entonces se acercó a la ventana.
Parecía un bar de pueblo cualquiera, con gente rodeando mesas, jugando a las cortas, bebiendo; pero Mauricio notó algo raro, todos los presentes le echaban cortas y disimuladas miradas, como si supieran que él estaba allí pero fingieran no importarle. Que voltearan hacia la ventana al notar que alguien estaba afuera no era raro; pero aquellas miradas…
De repente la puerta del bar se abrió, y desde el umbral un hombre lo invitó a pasar:

- Venga amigo, pase. Aquí tenemos una mesa para usted.
- No… gracias, estoy conduciendo - dijo Mauricio, retrocediendo hacia el auto.
- No voy a aceptar un no - insistió el hombre con un tono enérgico. Mauricio subió al auto. Entonces todos los del bar comenzaron a llamarlo por su nombre: ¡Mauricio, Mauricio! - gritaban al unísono.

Cuando fue a acelerar, volteó hacia el bar, y éste nuevamente estaba a oscuras, y las voces que salían de adentro sonaban terroríficas, y lanzaban carcajadas y gritos de terror.
Cuando salió en la carretera, estaba dispuesto a tomar cualquiera de las tres, pero al enderezar el auto sólo vio una, y de pronto su GPS se encendió. 


martes, 18 de septiembre de 2012

Los zombies de Romualdo


Bajo una gran luna, un hombre corría por un maizal, y tras él avanzaba una horda de zombies.
Fernández tomaba café mientras contemplaba el fuego chisporroteante de la chimenea. Fuera la noche se presentaba clara y serena. La casa de Fernández estaba apartada del pueblo, y la rodeaba una plantación de maíz, que esa noche se mecía acariciada por una brisa nocturna algo fría.
Fernández dejó su asiento para atizar el fuego. Daba golpecitos a un leño con el atizador cuando alguien golpeó frenéticamente la puerta.

- ¡Fernández, ábrame, rápido! ¡Oh ya están cerca! - gritó alguien desde afuera.
- ¿Quién es, qué quiere? - preguntó Fernández mientras descolgaba la escopeta.
- ¡Soy Romualdo! ¡Ábrame por favor! ¡Rápido! - La voz le había resultado familiar, y al escuchar el nombre destrabó la puerta. Romualdo entró como un viento y la cerró el mismo.

Fernández lo conocía del pueblo, Romualdo era todo un personaje, y decía ser brujo. Era un veterano alto y delgado, de pelo largo, siempre andaba con un montón de collares, amuletos, y baratijas que vendía a cuanto incauto pudiera. Según él, tenía objetos para curar cualquier tipo de mal, y hasta algunos que lo causaban, aunque esos eran más caros.

- ¿De quién andas disparando, quién te sigue? - lo interrogó Fernández. Romualdo corrió apenas la cortina y espió por la ventana.
 - Los muertos del cementerio - le respondió.
- ¿Qué? ¡Acaso estás borracho!, o te creíste tus propios cuentos de terror, esos que vives desparramando para vender tus porquerías de brujería.
- Esto no es ningún cuento, es real - dijo Romualdo y volteó hacia Fernández, para enseguida volver a vigilar por la ventana, entonces continuó  -. Es culpa de este maldito libro - y sacó un libro de un bolso que cargaba cruzado al hombro  - Nunca pensé que funcionaría - siguió Romualdo -. Lo hice por curiosidad… o aburrimiento… no sé. El asunto es que el maldito hechizo funcionó. ¡Cuando quise ver estaba rodeado de muertos! ¡Oh, ahí vienen!

Fernández espió por el otro extremo de la ventana. El maizal se agitaba, y de él fueron surgiendo unas figuras mal trechas, casi esqueléticas; eran muertos vivientes, eran zombies.
Romualdo se apartó de la ventana y buscó frenéticamente con la mirada - ¿Dónde hay otra arma? ¡Fernández! ¡Dame un arma!
- No… no tengo - balbució Fernández, sin dejar de mirar por la ventana.

Los primeros zombies alcanzaron la casa, mientras otros seguían saliendo del maizal. Algunos comenzaron a golpear la puerta, otros recostaron sus caras y manos a la ventana. Fernández retrocedió; uno de los zombies alcanzó a verlo. Entonces empezaron a golpear el vidrio, haciéndolo romperse en mil pedazos. Cayó la cortina y un montón de brazos asomó por la ventana. Cuando algunos zombies comenzaron a trepar, Fernández reaccionó, y seguidamente sonó un cañonazo.
La escopeta escupía fuego y los zombies caían hacia afuera, pero otros trepaban por encima de estos, y afuera había toda una multitud, y seguían saliendo del maizal.
Romualdo había caído de rodillas y se cubría las orejas con las manos mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás, al tiempo que lloraba y balbucía incoherencias. 
Fernández buscó una caja de cartuchos que guardaba en lo alto de un armario. Los zombies estaban a punto de romper la puerta, y por la ventana algunos ya pasaban el torso. Entonces Fernández se creyó perdido, miró a Romualdo, se le acercó y le gritó:

- ¡Esto es tu culpa! ¡Maldito! -  le recostó el caño a la cabeza y sonó una detonación.

Apenas Romualdo cayó hacia un costado, los zombies se detuvieron, dejaron de golpear la puerta y se fueron apartando de la ventana, para luego caminar rumbo al maizal y alejarse de la casa.
  
 
 

sábado, 15 de septiembre de 2012

El hospital aterrador

- Bueno, ahí adentro que nadie se separe - dijo el policía de más rango a sus compañeros -. Tenemos órdenes de revisar el lugar. Si dependiera de mí no pondríamos un pie en este hospital abandonado, y menos de noche, pero yo como ustedes recibo órdenes, así que vamos a entrar.
Era un grupo de cuatro policías, estaban ante la entrada de un viejo hospital abandonado, reconocido ya como un lugar embrujado; pero a una jueza se le había ocurrido que tal vez adentro andaba gente haciendo algo ilícito, pues aparentemente ingresaban por la noche, y causaban ruidos de todo tipo que inquietaban a los vecinos de la zona. 

Entre esos policías estaba Aníbal. Él le tenía particular terror al hospital. Cuando era niño había estado internado allí, y durante una noche vivió una experiencia aterradora. Estando acostado en una habitación, en la penumbra, vio que alguien salió de abajo de la cama, una mujer de pelo gris vestida con un camisón. Después de salir de abajo de la cama, la vio caminar lentamente hacia una pared, para luego trepar por ella rápidamente, al alcanzar el techo giró la cabeza hacia él.
La aparición desapareció cuando una enfermera ingresó a la habitación y encendió la luz.
El policía de más rango abrió la puerta y miró a los demás.

- Que nadie se separe - les recordó.

Apenas entraron sintieron el característico olor de los hospitales, algo que no era normal porque hacía muchos años que estaba cerrado, y era imposible que el olor perdurara de forma natural; aquello era la atmósfera embrujada del hospital.  Como ya no tenía luz eléctrica sólo contaban con sus linternas. Hicieron ir y venir los haces de luz por una sala amplia y vacía. Aníbal también iluminó el techo.
Los cuatro juntos, dos adelante y dos atrás, avanzaron por un corredor. Por debajo de las gorras les chorreaba un sudor frío, y sus linternas apuntaban aquí y allá constantemente.
Estaban por llegar a un corredor transversal, cuando por él cruzó corriendo una mujer vestida de enfermera. Se habían detenido, y aún no salían de su asombro cuando vieron a la misma mujer hacer el mismo recorrido; era como una escena repetida, algo característico de una aparición.

- ¡Se terminó! - dijo el policía de más rango -. ¡Nos vamos de aquí! ¡No nos pagan para lidiar con fantasmas! ¡La jueza que se vaya a la m…! - el susto lo había alterado como a todos.

Volvían por el corredor, y de pronto escucharon una voz que venía de una habitación:

- ¡Aníbal… Aníbal! ¡Ven aquí muchacho! ¡Jaja! Ven - la voz era de una mujer, era áspera y aguda a la vez: era terrorífica.  Al escucharla Aníbal se detuvo, para luego caminar hacia la puerta de la habitación.  Sus compañeros se lo impidieron, sacándolo casi a rastras después; parecía estar como hipnotizado, o dominado por el terror.    Cuando salieron del hospital lo vieron sacudir la cabeza, como si se recuperara de un atontamiento.  
Y desde esa noche ni los policías entran allí.

 

viernes, 14 de septiembre de 2012

En el campo de batalla

El rugir de la batalla ya resonaba lejos de allí, y Roy seguía tirado en el suelo, fingiendo estar muerto.
Cobardía, instinto de supervivencia o simple sentido común; lo cierto es que el hombre no quería morir.  Se ensució con la sangre de un cadáver y quedó quieto, con los ojos bien apretados.
Los cañonazos habían dejado surcos y hoyos en el campo, donde pequeños incendios ardían por aquí y por allá entre tierra arrasada.  No eran pocos los cuerpos que había desparramados en aquella zona. Algunos tenían las entrañas de afuera, otros humeaban aún y estaban renegridos.
Los buitres volaban en círculos en el cielo, y una nube de pólvora todavía se suspendía sobre el campo como una niebla fantasmal.
Al sentirse a salvo lo invadió un sentimiento de culpa. No se atrevió a moverse, así que se quedó boca abajo, con la cabeza un poco ladeada hacia la izquierda, para poder respirar bien.  Había caminado a paso forzado desde el amanecer hasta el mediodía, cuando comenzó la batalla. Estaba tan cansado que terminó durmiéndose.

Cuando despertó ya estaba de noche. A su lado había un tronco caído que le sirvió para atrincherarse. Se acomodó boca arriba y vio que en el cielo brillaba la llena.
Se estaba por enderezar cuando escuchó un ruido. Lo que anduviera allí estaba más allá del tronco caído. Irguiéndose un poco se asomó lentamente. A unos veinte metros de su posición, en una zona más baja, andaban dos enormes perros. Caminaban con la cabeza baja, olfateando los cuerpos.
Roy bajó la cabeza y sonrió. Sólo eran dos perros carroñeros, basta con gritarles para ahuyentarlos.  se asomó nuevamente tras el tronco, y lo que vio lo dejó helado; uno de los perros andaba ahora sobre sus patas traseras, erguido como un hombre. El otro también se levantó, para luego comenzar a transformar su cuerpo. Las patas delanteras se estiraban y se escuchaba sonidos como de huesos que se dislocaban. Finalmente los dos adquirieron forma humanoide, seguidamente tomaron un cadáver y empezaron a jalarlo en sentidos contrarios, lo que lo partió en dos, entonces comenzaron a devorarlo.
Roy temblaba de terror; si aquellas cosas lo descubrían lo iban a comer vivo.

De pronto una ráfaga de viento sopló hacia las bestias. Aquellos horripilantes hombres lobo levantaron el hocico y olfatearon el aire. Roy los vio girar la cabeza como buscando orientarse y se creyó perdido; mas los hombres lobo volvieron a su tarea de devorar al cadáver.
Roy dejó de espiarlos, bajando un poco la cabeza y cerrando los ojos.
Deseaba que aquellos monstruos se fueran, que se marcharan de allí. Pensó que tal vez estaba sufriendo una pesadilla, pero enseguida lo negó, aquello era real. Y mientras pensaba en ello, una mano-pata le agarró la cabeza.
El monstruo lo tomó del cabello y lo levantó, para luego arrojarlo a las patas del otro. Los gritos de Roy se mezclaron con los gruñidos furiosos que lanzaban las bestias mientras lo atacaban.
En su agonía, Roy pensó que hubiera sido mejor morir de un balazo o un cañonazo.  
    
 

jueves, 13 de septiembre de 2012

Con la niebla

Una niebla espesa cubría los campos que rodeaban la solitaria casa. Carlos se encontraba solo. Sus padres habían partido rumbo al pueblo junto a su hermano, que se sentía mal desde el comienzo de la noche, y al agravarse su condición decidieron llevarlo al hospital.
Carlos los vio partir desde la ventana de la sala. Su hermano, que era menor que él, iba arroyado sobre los brazos de su padre; la madre llevaba un par de bolsos, ya suponiendo que lo iban a internar. Subieron a la camioneta y apenas arrancaron desaparecieron absorbidos por la niebla, y los puntos rojos de la parte trasera del vehículo parecieron apagarse.
Él había elegido quedarse en la casa; le tenía aversión a los hospitales. Como por aquellos rumbos no había más intrusos que alguna comadreja o un zorro, sus padres consideraron que iba a estar bien, además ya tenía trece años, y en el campo se madura pronto.
 
Carlos siguió mirando por la ventana, aunque no veía más allá de los árboles del patio, e incluso los árboles parecían estar detrás de una pantalla opaca.  Observando aquellas tinieblas, le pareció ver unos contornos humanos que caminaban encorvados, que sin revelarse del todo, desaparecieron completamente en la niebla.
La impresión hizo que se le erizara la piel. Corrió la cortina de la ventana, y para sentirse más seguro fue a buscar su escopeta, fiel amiga de las cacerías de pato.
Ya con el arma cargada y entre sus manos, escuchó atentamente. Se estremeció al oír que golpearon la puerta. Cuando volvieron a insistir, Carlos atravesó la sala, y apuntando hacia la puerta preguntó:

- ¿¡Quién anda ahí!? 
- Somos nosotros, tus padres - le contestó una voz que parecía ser la de su padre.

Estuvo a punto de abrir, mas al escuchar una risita ahogada, como si se cubrieran la boca para no delatarse, le pareció muy raro, pues poco rato antes estaban muy afligidos por su hermano.

- ¿De qué se están riendo? - les preguntó extrañado.
- De nada, no nos estamos riendo. Ahora abre que tenemos frío.
- Sí, ábrenos que tengo hambre - dijo una voz que sonaba igual a la de su hermano.

Carlos dudó; algo no estaba bien. Su hermano había partido con un fuerte dolor en el vientre, ¿y ahora quería comer? ¿Y la camioneta? No la había visto llegar, ni escuchado.

- ¿Vinieron a pié? ¿Qué pasó con la camioneta? - los interrogó nuevamente.
- La dejamos en el camino. ¡Ahora ábrenos de una vez! - las últimas palabras sonaron muy diferente a la voz de su padre; era una voz desconocida, era chillona y reverberaba extrañamente.

Carlos se alejó de la puerta y apuntó nuevamente su escopeta. Los que estaban afuera parecieron notarlo, y empezaron a emitir unos sonidos espeluznantes, que evidenciaban que no eran humanos. 
Entonces Carlos apretó el gatillo, sonó un cañonazo, y enseguida las criaturas se dispersaron lanzando horribles chillidos.  
Aunque aterrado, vigiló el resto de la noche, dispuesto a defenderse de lo que anduviera allí afuera.
Avanzada la mañana llegaron sus padres; su hermano había quedado internado pero estaba mejor.
Como suele sucederle a los niños, no creyeron del todo su historia.
Desde esa vez, las noches que hay niebla, Carlos permanece despierto, refugiado en un rincón de su cuarto y con la escopeta entre las manos.

Cuentos de hombres lobo

                                          El Aullido
Desde esa noche cuando voy al bosque siempre voy preparado para liquidar a un hombre lobo. Lo haría pero no por venganza, sería un acto de compasión, aunque esa noche sufrí un terror espantoso.

martes, 11 de septiembre de 2012

El terrorífico pueblo fantasma

Alonso viajaba rumbo a un pueblo fantasma. Por el camino detuvo su camioneta varias veces al ver algún paisaje interesante, y sacaba fotografías.  Así fotografió arboledas, rocas, flores que se desparramaban por el campo, pájaros, y hasta una serpiente que cruzaba el camino. De esa forma demoró su llegada al pueblo. Llegó al final del día, cuando las casas abandonadas tenían sombras larguísimas, y hasta el viento había cesado, cediendo el paisaje al silencio, a la calma inquietante del ocaso.
Alonso se reprochó por haber desperdiciado las horas de luz sin sacar una fotografía al pueblo, que para eso había ido. Consideró igual que podría sacar alguna foto interesante, aunque no como él quería. Bajó de la camioneta y empezó a andar por la calle principal, con la cámara de fotos al cuello.
Algunas viviendas ya eran ruinas, en cambio otras se conservaban mejor, aunque el cincel del tiempo había marcado todas las construcciones. Todas las ventanas estaban rotas, y se alzaban malezas y pastos por todos lados. Hacia donde volteara veía abandono: cosas rotas, maderas cubiertas de hongos, hierros oxidados; y al mirar rumbo a una puerta vio a una muñeca sentada en el umbral. 

Aquello le resultó muy particular. Era de suponer que alguien la acomodó en aquella posición; pero
que se mantuviera tantos años así, era algo por lo menos raro, a no ser que alguien lo hubiera hecho hacía poco.  Alonso se acercó mientras preparaba su cámara. Como la fachada de la casa daba al horizonte donde terminaba de ocultarse el sol, gracias a la luz tenue del ocaso aún se veían los rasgos de la muñeca, que parecía ser de goma, de esas del tamaño de una niña pequeña.  Tenía las piernas extendidas en el suelo, el torso estaba erguido y los brazos se doblaban sobre su falda. Se le había caído casi todo el cabello sintético, y los ojos que antes se veían realistas ahora estaban blancos.
Alonso puso una rodilla en tierra, ajustó más el lente, cuando la tenía bien enfocada la muñeca cerró los ojos. Alfonso se llevó un buen susto, pero enseguida sonrió - Que susto que me diste muñequita - dijo Alonso -. Ahora pórtate bien y no te muevas.

Estaba a punto de sacar la foto y, esta vez la muñeca abrió los ojos y lo señaló levantando un brazo.
La cámara cayó de sus manos y quedó colgando en su pecho. La muñeca comenzó a sonreír y su cara se fue volviendo más horripilante. Cuando Alonso se fue alejando ella lo siguió con la mirada.
La noche descendió sobre aquel lugar de terror. Alonso buscó su camioneta pero no la encontró. Cada vez que intentaba alejarse del pueblo terminaba en una de sus calles, como si corriera en círculos.
En el interior de las casas se agitaban sombras, cruzaban frente a las ventanas, y se escuchaban carcajadas, gritos, voces cavernosas y horripilantes. En las calles comenzaron a danzar  unas luces azules, y unos seres pequeños cruzaban corriendo velozmente.
Alonso corrió igual suerte que otras personas que osaron visitar el pueblo fantasma; nunca más se supo de él.         

lunes, 10 de septiembre de 2012

Zombies y nada más

Barry se desplazó por un laberinto de alcantarillas. Con la luz de un farol se fue guiando por las inmundas cloacas que ahora eran su hogar. Cada tanto se volvía como quien está perdido, dudaba, exploraba el lugar y seguía. Finalmente encontró lo que buscaba; una escalera de hierro que subía hasta una tapa de la alcantarilla.  Desplazó el machete que cargaba en la cintura hasta acomodarlo en la espalda, para que no lo estorbara al subir.  La tapa era pesada, con mucho esfuerzo consiguió desplazarla lo suficiente como para asomar la cabeza y explorar con la mirada. Al no ver ningún zombie cerca, salió del hueco en el que estaba y corrió hasta el edificio donde funcionara un supermercado.  Barry ya estaba arto de comer solamente ratas, su cuerpo le pedía algo más. Aún había latas de conserva sin caducar, y él sabía dónde encontrarlas.

Antes de entrar al edificio se cercioró que ningún zombie lo estuviera siguiendo. Miró y escuchó durante unos minutos, la ciudad estaba silenciosa, lo único que se movía eran algunos papeles que volaban con el viento, por el cielo cruzaban bandadas de pájaros, y algunas hiervas crecían entre las grietas de la vereda y en la calle; la naturaleza comenzaba a reclamar la ciudad.
Barry empezó a inspeccionar el lugar. Algunas latas de conserva lucían hinchadas, señal de que estaban en mal estado. Después de mucho revolver encontró algunas que estaban bien. Abrió una lata de duraznos y la saboreó con los ojos cerrados, y empinando la lata bebió el almíbar con deleite.
Guardó algunas en una mochila, ahora tenía comida para varios días. Al asomarse a la calle vio que una horda de zombies avanzaba por ella. Enseguida se escondió, rogando que no lo hubieran visto.
Con el machete en la mano se ocultó tras un mostrador y aguardó.

La horda era lenta pero numerosa. Algunos zombies ya habían perdido sus ropas, otros vestían jirones. Todos miraban hacia adelante, siguiendo al grupo como autómatas. Con paso lento y desparejo rodeaban cualquier obstáculo y seguían. Marchaban apiñados, lanzando esporádicos gemido, y su fila parecía nunca terminarse, y avanzaban por toda la calle.
Barry escuchó que algunos entraron al supermercado, automáticamente los siguieron otros. Pronto el lugar estuvo lleno de ellos.  Agazapado tras el mostrador, Barry escuchaba como los zombies cruzaban cerca de él, volteaban estantes a su paso, resbalaban sobre las latas que había en el suelo, y gemían cada vez más; lo habían olfateado.

De pronto sintió que una mano lo tomó del cabello, y lo jalaron hacia arriba con fuerza. Un zombie alto lo había visto por encima del mostrador. Barry sujetó la mano que lo jalaba y pudo liberarse, pero no sin que el zombie le arrancara un mechón de pelo.
Al apartarse del mostrador otros también lo vieron, y aquella marea de cuerpos decrépitos y putrefactos se abalanzó hacia él. Su machete bajó y subió varias veces, y pudo liquidar a varios; pero eran demasiados.  Y así murió el último humano.        

domingo, 9 de septiembre de 2012

Bajo tierra

Milton estaba paseando por el campo. Iba masticando una brizna de pasto, como era su costumbre, y bajo la sombra de su sombrero sus ojos contemplaban el paisaje bañado de luz que se desparramaba en todas direcciones.
Miró hacia atrás al darse cuenta que había llegado a una zona que no conocía. Levantó la vista y, al ver que el sol aún estaba muy alto, decidió seguir andando.
Divisó un bosquecillo y fue hasta su sombra. Descansó sobre un tronco caído, después continuó su caminata.   Al atravesar el bosquecillo, salió en una zona que parecía ser los escasos restos de una ruina, de algún tipo de edificación humana. El resto de un muro asomaba entre los pastos, desaparecía entre ellos y más adelante se veía otro tramo. Los pastos también cubrían unos montículos como de un metro de alto que había aquí y allá, como desparramados al azar. 

Frente a uno de los montículos cubiertos por generaciones de pasto, Milton vio un agujero al ras del suelo , que por su dimensión creyó que era la cueva de un animal, de un armadillo o de una liebre. Se acercó un paso y se inclinó hacia el pequeño pozo; entonces vio algo que lo hizo saltar hacia atrás: vio un rostro humano, y lo que estaba en el pozo lo vio a él.

- ¡Hola! ¿Puede ayudarme? - dijo una voz desde el agujero. Milton demoró en reaccionar, y la voz volvió a hablar -. ¡Hola! Sé que estás ahí, ¡ayúdame!
- ¿Cómo… cómo fue a parar ahí?  - preguntó Milton. El agujero era muy angosto como para que alguien entrara, y alrededor no había tierra removida, y el rostro, que parecía ser de un hombre, no estaba sucio de tierra como era de esperarse; era algo muy raro.

De pronto se escuchó un grito: ¡Oiga usted, no puede estar ahí! - era la voz de un hombre que venía a caballo. Milton volteó hacia el grito, cuando volvió a mirar hacia el agujero, éste ya no estaba, entonces sintió un terror indescriptible; el  terror que experimentamos ante algo sobrenatural.

- ¡Salga de ahí! - gritó nuevamente el jinete.
- ¡Ya me voy. Disculpe, no sabía que no se podía entrar! - dijo Milton alzando la voz mientras se apuraba por salir de aquella zona. En el borde del bosquecillo el jinete lo interceptó.

- ¿Qué estaba haciendo ahí? - le preguntó el jinete.
- Nada, sólo andaba caminando y salí en ese lugar.

El jinete lo miró con desconfianza, lo estudió con la mirada, después, cambiando su tono dijo:

- Está bien. Mire, esto es parte de mi trabajo vio, no es que me guste andar corriendo a la gente. Los dueños del lugar me han ordenado que no deje entrar ahí a nadie, no sé por qué, si ese cementerio está echado al abandono desde hace muchísimos años, y ya los pastos hasta están tapando las lápidas.



La dama del mar

Era la primera vez que viajaba en barco.  Como en la primer noche, no conciliaba el sueño, y desvelado salí a la cubierta principal. 
La noche era por demás clara. Las noches de luna llena en el campo ni se le comparaban, tal vez porque el agua del mar, que estaba manso como un río, reflejaba la luz lunar en su superficie.
Apoyado en la baranda, contemplé aquel mar lleno de reflejos que ondulaban, y al seguir el horizonte con la mirada, noté que no estaba solo. 
Una mujer estaba a unos metros de mí, apoyada en la baranda también. Una larga cabellera clara, caía risada sobre sus hombros. Tenía la cara vuelta hacia la proa del barco, contemplando aquella maravilla noche, supuse. 

Como no me veía, la pude inspeccionar a mis anchas, y al ver que era muy elegante me fui acercando de a poco. Como pareció no notarlo y no quería sorprenderla, carraspee un poco como si me aclarara la garganta. Se volvió hacia mí de pronto, y su cara era horrible, era grisácea, arrugada, y su boca se parecía a la de un pez, y hasta vi algunos dientes similares a los de un tiburón.
Apenas la vi salté hacia atrás, y dándole la espalda salí corriendo, y la escuché emitir una especie de chillido.  Cuando miré hacia atrás, se iba escurriendo entre la parte baja de la baranda, y lo último que vi de ella, antes de que se arrojara al mar, fue su cola de pescado.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Cuarto equivocado

Durante la cena se desató una feroz tormenta.  Rodrigo estaba visitando a Martín, un amigo, que ahora tenía una numerosa familia. En total eran siete niños, cuatro mujeres y tres varones. Algunos apenas alcanzaban el borde de la mesa al estar sentados, y comían con el plato a la altura de la nariz. La esposa de su amigo sostenía al más pequeño en sus brazos, y comía algún bocado mientras vigilaba a los demás.  Rodrigo sonreía a los niños al ver que lo miraban y conversaba con su amigo.
Después de un trueno temblaba la mesa, los platos, todo, y cuando el resplandor de un rayo entraba por la ventana, todos quedaban expectantes hasta que escuchaban el estruendo que lo seguía.

- No puedes irte con esta tormenta - le dijo Martín a Rodrigo -. Te quedarás aquí.
- No es necesario. En un rato salgo a la carretera, y desde ahí es fácil conducir, incluso con tormenta.
- Ahora el camino ya debe estar cortado. No vas a salir a arriesgarte, no, ¡por favor, eres como mi hermano, ésta es tu casa hombre!
- Claro, quédate - dijo la esposa de Martín.  Rodrigo aceptó.

Los niños fueron a acostarse temprano. Rodrigo y Martín quedaron charlando hasta muy tarde. Cuando los dos comenzaron a bostezar largamente, Martín se levantó del sofá e hizo que Rodrigo lo siguiera. La casa era grande y tenía varios pasillos largos. La tormenta no había disminuido, ni su estruendo.  Martín abrió una puerta y lo hizo pasar, diciéndole:

- Este es tu cuarto. Nos vemos mañana, que digo mañana, hoy, ya pasan de la una.
- Cierto, hasta más tarde entonces.

Rodrigo se acostó, escuchó la tormenta un rato, y finalmente el sueño lo venció.
Despertó de madrugada; tenía ganas de ir al baño. Su amigo le había mostrado uno que había en el pasillo.   Cuando regresaba a su cuarto se cortó la luz, y todo se convirtió en oscuridad.
Sin poder ver absolutamente nada, se desplazó tanteando la pared. Al palpar una puerta, la abrió y entró, y apenas lo hizo escuchó unas voces: 

- ¡Largo de aquí, este es nuestro cuarto! ¡Fuera! - gruño una voz algo ronca pero que parecía ser de un niño.
- ¡Vete! ¡Maldito! O te voy a morder - dijo otra, y otras voces balbucearon algo que no se entendía.
- Disculpen niños, me equivoqué de cuarto. Lo siento.
- ¡Vete maldito!

Rodrigo cerró la puerta y, tanteando en la oscuridad, llegó a la puerta del que sí era su cuarto, que estaba al lado del otro. Se sintió tan apenado por haber molestado a los niños, que por la mañana fue a disculparse nuevamente.  Tras escucharlo, Martín, con cara de asustado, le dijo:
- Ninguno de los niños duerme en las habitaciones de ese corredor. El cuarto que está al lado de donde estabas tú, es usado por mi esposa para guardar su colección de muñecas antiguas.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Dentro del ataúd

La tarea de ir a la funeraria había recaído en Javier. Su abuela había muerto y debía elegir un ataúd.
El local de la funeraria era extremadamente lúgubre. Tenía una sala amplia destinada a los velorios. Javier atravesó la sala con paso lento, observando lo que había en ella. En ese momento no había ningún velorio. Unas lámparas ubicadas contra la pared desparramaban una luz amarillenta sobre unos sillones oscuros y largos, de apariencia antigua, que al ser iluminados desde atrás, estiraban sus sombras hasta el medio de la habitación. También había una mesa de madera negra, y sobre ella una corona de flores y unos jarrones vacíos. 
Algo impresionado por la apariencia del lugar, cuando el dueño de la funeraria lo saludó repentinamente, Javier casi gritó, pues no había notado su presencia. El hombre lo interceptó y le dio la mano.

- Supongo que usted es Javier - dijo el dueño de aquel lúgubre local.
- Hola. Sí, así es.
- Lamento su pérdida.
- Gracias.
- Si me acompaña le muestro los ataúdes que tenemos.

Javier lo siguió por un corredor y entraron a otro salón. La sala velatoria lo había impresionado, pero aquella impresión fue mucho menor que la que sintió al entrar en la segunda sala, que estaba llena de ataúdes: había grandes, medianos, pequeños, algunos brillaban de lustrados que estaban, mientras otros lucían opacos.
El hombre de la funeraria miró su reloj y se excusó:

- Voy a tener que dejarlo solo por un momento. Hoy estoy sin personal, y tengo el crematorio encendido, debo vigilarlo cada cierto tiempo.  Usted elija el que más le guste, y cuando vuelva, que va a ser dentro de unos minutos, me dice cuál eligió. Ya vuelvo.
- Sí, yo le digo - medio murmuró Javier. El hombre esquivó unos cajones y salió por una puerta.

Tuvo la intención de elegir cualquiera de los que veía desde donde estaba, pero enseguida pensó en su abuela; ella merecía algo bueno, además, si elegía algo de baja calidad sus parientes se lo iban a reprochar. Miró en derredor y vio uno que le pareció adecuado. Caminó hacia él para examinarlo más de cerca. Antes de alcanzarlo se detuvo y prestó atención; había escuchado un llanto. Girando la cabeza buscó su origen. Por un instante le pareció que el llanto se iba desplazando por la habitación. Dejó de oírlo de pronto, y luego de un momento de expectativa, volvió a escucharlo. El sonido venía de un ataúd pequeño, que por su dimensión solamente podría servirle a un niño.
¡En el ataúd hay un niño vivo que dieron por muerto!, pensó.    Estaba cerrado, Javier intentó abrirlo pero en vano.   Desesperado, salió corriendo rumbo a la puerta por donde saliera el tipo de la funeraria.   Al escucharlo, el hombre reaccionó sumamente sorprendido.

- En ese salón nunca ponemos a los difuntos - afirmó el tipo de la funeraria- , además no hemos recibido a ningún niño en estos días.
Cuando pudieron abrir el ataúd éste se encontraba vacío. 

   

lunes, 3 de septiembre de 2012

La directora de la escuela

Después de muchos años, volví a recorrer el edificio de lo que fuera mi escuela. Ya no funcionaba como escuela. Después de un prolongado abandono, ocupó el lugar la oficina de una empresa, previa restauración, y en esa empresa conseguí trabajo. 
Al avanzar por el viejo corredor junto al encargado de la oficina, sentí algo de nostalgia al evocar recuerdos de mi niñez. En los salones que antes fueran aulas, había ahora varios cubículos, y en ellos las personas que trabajaban allí. El encargado me iba presentando en cada salón. Algunos me estrechaban la mano, otros, con las manos ocupadas en teclear y con un teléfono apretado entre su hombro levantado y la oreja, me saludaron con un gesto y una mirada.
Creí que en cualquier momento, al pasar frente a un cubículo vacío, me iba a decir, aquí trabajará usted, o algo así, pero no. Salimos a lo que antes fuera el patio de la escuela, y al darme cuenta hacia dónde íbamos se me hizo un nudo en la garganta.
Atravesando el patio estaba el pequeño salón que fuera la oficina de la directora, y nos dirigíamos a él.

La directora. Aún no entiendo cómo una persona así pudo dirigir una escuela durante tantos años.
No era cascarrabias solamente para imponer disciplina, era obvio que era parte de su personalidad.
Flaca, alta, de profundas arrugas y andar medio encorvado, ni le hacía falta una escoba para parecer una bruja, y actuaba como una.   Su oficina era el salón de castigos, ¡y vaya que era un castigo soportar la mirada de aquella vieja! En su mirada había malicia. Evidentemente odiaba a los niños, o a todo el mundo, porque a ninguna maestra le caía bien.
Solía quedarse en la escuela hasta tarde, y siempre era la última en irse, por eso, cuando murió en su oficina - dicen que de un ataque al corazón - la encontraron recién por la mañana. Después de su muerte se empezó a decir que su oficina había quedado embrujada, que los de la limpieza veían o escuchaban cosas. Las maestras, lejos de desalentar esas habladurías, nos prohibían mirar por la ventana hacia el interior de la oficina, y llegaron a colocar cartones para que no se viera hacia adentro. Para los alumnos, esas precauciones eran la prueba de que el lugar estaba realmente embrujado.

Cuando llegamos frente a la puerta el encargado comenzó a seleccionar llaves de un manojo que cargaba. La respuesta era obvia pero igual pregunté:

- ¿Voy a trabajar ahí adentro?
- Sí. Aquí es donde tenemos los archivos, nada muy importante, sólo cosas que igual hay que guardar. Usted va a ser el encargado de archivar lo que le vayan trayendo.  ¡Ah! Aquí está la llave.

Abrió y entramos. Me sorprendió que aún conservaran un viejo armario que reconocí enseguida. Al notar mi aparente interés por el mueble, que en realidad era sorpresa mezclada con horror, el encargado me dijo:

- Ese mueble está aquí desde hace muchos años, le perteneció a la escuela. No sé si usted sabe que esto fue una escuela…
- Lo sé, yo concurrí aquí.
- ¿En serio? ¡Vaya! Debe ser interesante volver a su vieja escuela.
- Bueno… no tanto, fue hace mucho tiempo, uno ya ni se acuerda mucho - mentí.

Cuando me dejó solo me sentí realmente inquieto. En el pasado, al estar detenido allí, aunque no la mirara, sentía que la directora me observaba fijamente, y ahora sentía lo mismo.
Intenté concentrarme en una pila de documentos que debía ordenar, pero involuntariamente volvía la mirada hacia el viejo armario, cuya puerta estaba entornada y su interior oscuro.
Me estremecí al creer ver que algo se movía en el interior del armario.  No podía seguir ni un momento más así; no valía la pena trabajar con miedo, pero no iba a renunciar el primer día de trabajo solamente por creer ver algo o por sentir algo extraño, que bien podía ser producto de la autosugestión y de mi imaginación.  Entonces fui hasta el armario y abrí sus puertas de par en par.
No vi otra cosa que no fueran papeles. Respiré hondo, lo cerré, y al dar media vuelta y quedar de espaldas al mueble, escuché que sus puertas se abrieron de golpe y, algo me tomó del cabello y me lo jaló, tal como lo hiciera la directora una vez. 
Al huir de la oficina traté de no mirar hacia el mueble, pero lamentablemente, alcancé a ver por el rabillo del ojo que un torso salía de él, como quien se asoma en una ventana, y sentí un terror aún más atroz, y sin dar explicaciones salí de aquel maldito edificio para no volver nunca más.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El depredador nocturno

Cuando vi que Almeida venía galopando hacia mi casa ya supuse de qué se trataba.
Se bajó del caballo velozmente, y con las riendas en la mano se sacó el sombrero al saludar:

- Buen día… traigo malas noticias.
- No me diga que apareció otra vaca muerta - le dije.
- Sí, apareció otra.

De enfadado que estaba ni quise ir a verla, no tenía sentido. Le dije a Almeida que llevara a otro peón y que la enterraran en donde estaba.  Entré a la casa y fui hasta la habitación donde guardo mi escopeta.    Mientras la limpiaba planeé la estrategia que iba a usar para detener al depredador que estaba diezmando mi ganado.
Supuestamente, los peones, turnándose, habían recorrido el campo durante varias noches, sin ver al depredador; pero yo desconfiaba, no creía que lo hubieran hecho, porque me había enterado que ellos creían que el responsable era un hombre lobo, un hombre lobo que vivía entre ellos, pues decían que era Gabino, un peón de pocas palabras que trabajaba desde hacía unas semanas en el establecimiento.   Para mí eso era una tontería, cosa de gente medio ignorante y supersticiosa; cosa de peones.
Decidido a ocuparme personalmente del asunto, cuando cayó la noche y la luna llena se levantó desde los cerros iluminando el campo, salí caminando con la doble caño entre las manos. Un rato después ya estaba lejos de la luz del rancho.

Suponía que lo que andaba matando al ganado se refugiaba en el monte, así que atravesé el campo y costeé largamente la orilla del fronda.  Cada tanto escuchaba algún ruido que venía desde los árboles.
Encendía la linterna y buscaba entre las sombras. La mayoría de las veces no vi nada, o sólo descubría una rama que se seguía moviendo. Dos veces vi unos ojos brillantes: unos eran los de un pequeño zorro, y los otros los de un gato montés, que de ninguna forma podría matar a una vaca adulta.
Avanzaba con cautela, como midiendo cada paso. La luna estaba a mi derecha, iluminando el campo y proyectando mi sombra hacia el monte, y de reojo la veía desplazarse sobre los troncos y sobre las ramas. Ponía más atención al monte que tenía a mi lado, pero cada tanto echaba una mirada hacia el horizonte, y así fue que vi, recortándose en una loma, a la figura de un hombre que enseguida reconocí; era Gabino, el supuesto hombre lobo. Su figura alta y delgada era inconfundible.
Me oculté detrás de un árbol y lo espié. Avanzaba hacia el monte y como a cien metros de donde me hallaba se internó en él. 

Apenas se internó en la fronda, empezaron a llegar ruidos desde allí, como si agitara las ramas o chocara contra ellas al girar o retorcerse. Después de unos minutos dejé de escucharse los ruidos.
Que fácil, en una situación así, uno se olvida de que no cree. Lo que durante el día me había parecido algo absurdo, ahora me parecía una realidad, pero, ¿realmente Gabino sería un hombre lobo?
Al  pensando en el asunto debo haberme distraído, o fue muy sigiloso, porque no lo oí, sólo sé que al mirar hacia un costado, vi que entre las ramas de los árboles sobresalía una cara espantosa, y me estaba mirando. Lucía como si fuera una mezcla de perro y cerdo, pero su sonrisa era humana, o era su mirada tal vez.  Aquella mirada horrenda, aquella cara monstruosa, se hundió de pronto entre la espesura, y un ruido de ramas que se quebraban indicó que se iba alejando monte adentro. Recién ahí reaccioné. La escopeta escupió fuego y el disparó resonó por todo el monte. Después me alejé a toda prisa rumbo al rancho.
Con la luz del día volví a revisar el lugar. Encontré manchas de sangre pero no encontré ningún cuerpo.    Gabino desapareció desde esa noche, y ya no hubo más muertes de ganado en mi campo.