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viernes, 30 de septiembre de 2011

Algo Espantoso

Apenas reconocí a Pedro cuando me crucé con él en la calle. Me impresionó lo
mucho que había cambiado. Estaba terriblemente delgado y avejentado, canoso, con
ojeras. Lo primero que pensé fue que estaba enfermo de algo grave. Apenas me atreví
a preguntarle; me dijo que no, que tenía otros problemas, y que no era por falta de dinero.
Intuí que quería contarme algo pero le costaba. Lo invité a tomar un café, y así conversar
mejor. Elegimos una mesa apartada. Mientras revolvía su café con una cucharita
comenzó a hablar, a desahogarse:

- Desde hace un tiempo veo cosas.
- ¿Qué clase de cosas? - le pregunté.
- Una cara fea, espantosa.
- Si es muy fea consígase algo mejor, compañero ¡Jeje! - mi broma no le hizo ninguna
gracia. Quedó muy serio, seguía revolviendo su café sin tomar un sorbo.

- No es para bromear - me dijo - Si vieras lo que yo veo, también estarías como yo.
A veces se asoma por la ventana del cuarto, o la del baño, o aparece de repente en el
Espejo. Un día de estos me va a matar de un susto.

Una Mesera se acercó a nosotros a preguntarnos si queríamos algo más. Cuando se marchó
Seguimos hablando.

- Y no has pensado en ir a un doctor, para que te ayude - le dije.
- ¿A un loquero? ¡Ni hablar! ¡Nunca! - al decir eso alzó la voz, los que estaban en las otras
mesa voltearon hacia nosotros.

- Lo dije como una idea - le aclaré - No sé de que otra forma puedo ayudarte.
- Creo que nadie puede ayudarme.

Conversamos un rato más y nos fuimos de allí. Ya estaba de noche. Caminamos un par
de cuadras y nos dimos la mano para despedirnos. Estábamos frente a una vidriera. De reojo
vi que su reflejo tenía algo raro, cuando miré directamente había desaparecido, era
nuevamente su cara; pero por un instante había cambiado, y era horrible, espantosa.
Lo que Pedro veía era algo que estaba dentro de él.
Murió un mes más tarde, por una causa misteriosa, probablemente de miedo.

jueves, 29 de septiembre de 2011

La Vieja Bruja

Jugábamos al fútbol en un terreno baldío. La luz de la calle iluminaba bastante bien
el lugar, por lo que la puesta del Sol no impidió que siguiera el partido.
Al lado de la “Cancha” había un muro, detrás de el estaba la casa de la Bruja.
No era una Bruja, nosotros le decíamos así; todo el barrio le decía así. Era por su
apariencia, y su carácter no la salvaba de aquel apodo: Solo le faltaba volar en una Escoba.
Cuando por accidente la pelota calló del otro lado del muro, en el terreno de la Bruja, nos
agarramos la cabeza. En esa época las pelotas de cuero eran caras. El dueño enseguida
comenzó a llorar.

- ¡Mi pelota…!

Nos mirábamos unos a otros. Nadie quería volver a jugar con pelotas de plástico.

- Voy a ver en donde calló - dijo uno de los niños - Háganme pie.
Entre dos lo elevamos y miró por encima del muro. Cuando se bajó nos informó:

- No vi a la pelota. La Bruja está durmiendo, la vi por la ventana, está acostada en la
Cama la vieja esa. Si alguien se anima a entrar puede buscar la pelota, la vieja esta
durmiendo; está panza arriba.

“¡Yo ni loco!” exclamaron algunos, otros comenzaron a retirarse con una excusa:
“Me estaban llamando, me voy” “A mi me van a comprar una dentro de poco”
“Yo la buscaría pero me torcí el pie”.
Al final quedamos sólo tres. El dueño de la pelota se había sentado a lloriquear.

- Háganme pie - les dije - Si la vieja sigue durmiendo busco la pelota.
Apoyé los brazos en el borde del muro. Efectivamente se veía a la vieja sobre la Cama.
Tenía la boca abierta en un gesto muy extraño. Noté que sus ojos no estaban cerrados,
y un grupo de moscas le caminaban por la cara; entraban por su boca y caminaban sobre
sus ojos: Estaba muerta.
Voltee hacia mis compinches, miré para bajo - ¡La vieja está muerta! - les dije. Cuando
volví a mirar, la Bruja, su fantasma, estaba justo frente a mí cara, a escasos centímetros, mirándome directamente a lo ojos.

Amortiguó mi caída una planta de abrojos. Los otros también la vieron. No nos daban
las piernas para alejarnos de allí.
Como no nos atrevimos a contar lo sucedido a nuestros padres, y la vieja vivía sola;
encontraron su cuerpo unos días después, cuando el hedor del cadáver alertó a la gente
de la zona.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Los fantasmas sí existen

Durante la madrugada de una noche tormentosa de invierno, Jaime, acostado en su
Cama, temblaba de miedo. El niño se cubría hasta la cabeza, su Madre tiraba de la
Manta y lo destapaba.

- Mi vida, no tengas miedo - le susurraba su Madre - Los fantasmas no existen.
- ¡Sí existen! ¡Quiero que te vayas del cuarto! - le gritó Jaime y volvió a cubrirse la
cabeza. Su Madre tironeó nuevamente de la Manta.

- Si los fantasmas existieran yo lo sabría; no existen - insistió su Madre, después le
preguntó - ¿Porqué no me miras a la cara?
- ¡Porque tu cara es una calavera! - le contestó Jaime - ¡Moriste hace dos años!
¡Quiero que te vayas del cuarto!

martes, 27 de septiembre de 2011

Cazador de Duendes

Acabábamos de mudarnos a aquella Casa. En el terreno había un Galpón. De tan viejo
que era, estaba inclinado hacia un lado. Mi Madre no me dejaba revisar las cosas que
habían en el, y eran muchas, estaba repleto de todo tipo de objetos.

- Está lleno de porquerías - decía mi Madre - Más adelante voy a pagarle a alguien
para que se lleve toda esa basura, y que desarme ese Galpón. No te metas ahí, debe
haber Ratones, o Víboras, quién sabe. ¡Ni se te ocurra meterte ahí!

A esa edad, decirme que no hiciera algo, era como alentarme a hacerlo.
Como estaba solo varias horas al día, recorrí y revisé el Galpón de punta a punta.
Mucho de lo que allí había si era basura. Solo encontré un objeto lo bastante
interesante como para esconderlo en mi cuarto.
Era una trampa muy elaborada, hecha en Hierro fundido. Por su tamaño, deduje que
era para cazar Ratas. Lo que me extrañaba era que su mecanismo no estaba a la vista;
demoré días en descubrir como funcionaba. Me pareció exagerada tanta precaución
para atrapar una Rata, como si fueran tan inteligentes.

Una noche, mi Madre entró a mi cuarto a despertarme.

- En el techo anda un gato - me dijo - Espero que no sea una Rata ¡Que asquerosidad
de bicho! Salí y tírale una piedra, ¡yo no me animo!

Salí fuera de la Casa, me alejé un poco y miré hacia el techo. Por encima de la Casa
iba asomando la Luna llena; la noche estaba clara. Si algo andaba en el techo lo iba a
ver perfectamente, y lo vi.
Un ser pequeño, que andaba en dos patas, de apariencia humanoide, caminaba
velozmente sobre el filo del alero.
Entré corriendo, asustado, mi Madre se alarmó un poco.

- ¿Porqué entras así? ¿Qué andaba en el techo? - me preguntó.
- ¡Un hombrecito! Pasó corriendo.
- ¿Qué? Pero que estas diciendo ¡Un hombrecito! Parece que no te despertaste del
todo. Ahora a acostarse. No oigo más pasos, se debe haber ido, seguro que era un Gato.
- ¡Era un hombrecito! - protesté.
- ¡A acostarse! Que mañana hay clase.

Esa noche no volví a pegar un ojo. No podía dejar de pensar en aquel ser que había
visto, porque de eso no tenía dudas; lo vi. Cerca del amanecer, una idea, una revelación
vino a mi mente, de forma repentina y clara, como si alguien me lo hubiera susurrado al
oído: La trampa es para cazar Duendes. Entonces tuvo sentido lo elaborada que era;
seguramente los Duendes son muy astutos, y el antiguo dueño de la Casa, la había
construido para atraparlos, mas bien para matarlos.

Las noches siguientes seguimos escuchando ruidos, no solo sobre el techo, también
adentro. Aquel ser parecía hurgar por todos lados, y a veces sentía que me espiaba.
Convencí a mi Madre de que lo que andaba era una rata. De esa forma me dejó colocar
la trampa.
Le coloqué todo tipo de cebo pero no funcionaba, no caía en ella. Durante la noche
nuevamente tuve una revelación: Caramelos. Le coloqué caramelos. Esa noche
escuché un ¡Plaf! ¡Había caído!
Cuando llegue a la trampa estaba vacía, pero había manchas de sangre.

Desde esa noche todo empeoró. No solo se oían ruidos, también se escuchaban voces.
Después de unos días más nos mudamos de la Casa, estaba embrujada.
Con el tiempo, llegué a la conclusión de que el Duende no era malo. Aparentemente él
nos protegía de otro ser de naturaleza maligna. Me di cuenta que fue aquel ser el que
me enseño como cazar al Duende.

Viejos Fantasmas

Sus alumnos ya se habían retirado. La noche iba creciendo sobre la ciudad. Los Focos
del alumbrado público se iban encendiendo. Los corredores y salones del Conservatorio
quedaron vacíos y a oscuras. Alfredo seguía doblado sobre su Guitarra, atrapado en su
mundo interior de notas, acordes, ritmos.
Alfredo enseñaba música en aquel Conservatorio. Mientras daba su clase, había llegado
a él una melodía, se había inspirado, y nunca dejaba pasar esos momentos.
Tocaba la guitarra, escribía en un papel, volvía a tocarla.

Finalmente miró lo que había escrito en el papel con cierto aire de satisfacción.
Al salir de el salón recién se dio cuenta de lo tarde que era. Avanzó por las tinieblas de
un corredor y salió al inmenso patio interior; tenía que atravesarlo para llegar a la Puerta
que daba a la calle.
En un costado del patio había una hilera de pinos, altos y delgados. En el otro extremo
el ventanal de los salones; en el fondo un escenario para actos, en donde flameaba una
Bandera. Todo eso iluminado por un único foco de luz.

Había alcanzado la mitad del patio, cuando de repente escuchó una voz que le gritó
desde atrás:

- ¡Alto! ¿Quién vive?

La voz lo asustó tanto que saltó hacia adelante, después se volvió rápidamente.
Esperaba ver a alguien a pocos pasos de él; pero no había nadie.
Cuando alcanzó la puerta, las manos le temblaban tanto que demoró en introducir la
Llave en la ranura.
Ya se lo habían advertido pero él no lo creía. Por aquel lugar rondaban fantasmas.
Antes de ser un conservatorio, aquel lugar fue un Cuartel Militar. Aquella voz de alto
que había escuchado, es lo que debe decir un Soldado que está de guardia al ver un
intruso.

Un Mundo de Terror

Las sábanas se le pegaban al cuerpo. Se pasó la mano por la frente y notó que
estaba empapado en sudor.
Fernando se sentó en la cama y suspiró. Ya no podía dormir más con aquel calor.
Se levantó a chequear el aire acondicionado; no funcionaba.

- Lo que me faltaba, se cortó la luz - murmuró Fernando al comprobar que la Lámpara
no encendía. La habitación no estaba muy oscura. Desde la Ventana entraba bastante
luz. Fernando supuso que estaba por amanecer.
Salió del cuarto y fue hasta la cocina. Al abrir la Heladera se llevó una desagradable
sorpresa; estaba vacía.

- ¡Pero que diablos…!

Fue a tomar agua de la Canilla pero no salía ni una gota. Buscó por todos lados,
sentía mucha sed. Cada vez estaba más calor y no encontraba algo para beber.
Terminaba de revisar la despensa cuando se dio cuenta que no estaba solo. En una
esquina de la cocina había un ser de rasgos demoníacos; tenía cola y cuernos, y
una cara tan horrible, tan grotesca, que hizo que Fernando huyera hacia su cuarto.

Apenas entró trancó la puerta. La habitación estaba completamente iluminada. Desde
fuera llegaba un resplandor muy fuerte. Fernando fue hasta la ventana y descorrió la
cortina; lo que vio lo llenó de terror.
Otros seres parecidos al que estaba en su cocina, caminaban entre llamaradas de fuego.
Entre las llamas se retorcían personas o partes de ellas. Nada moría en aquel lugar;
solo sufrían eternamente: Era el Infierno.
Fernando había muerto mientras dormía.

lunes, 26 de septiembre de 2011

En la Morgue

En una morgue, dos doctores realizaban una autopsia. Uno era veterano, él otro joven.
El joven se llamaba Gonzalo, el veterano Anselmo.
El veterano cortaba aquí y allá, tiraba, arrancaba órganos; como si fuera un Carnicero
desprolijo, hastiado de su trabajo. Mientras despellejaba aquel cuerpo, hacía todo tipo
de comentarios inapropiados; cosas que suelen decirse en una cantina.

- Viste a la Enfermera nueva ¡Una ricura! ¡Un día de estos le doy una clase de anatomía!

A cada rato lanzaba una carcajada o maldecía. A Gonzalo no le gustaba nada su actitud.
Después de dudar un poco se atrevió a decírselo:

- Doctor, su actitud no me gusta para nada. Se que lo que hacemos es necesario; pero
le debemos más respeto al difunto. Lo que tenemos aquí fue una persona ¡Por Díos!
¡Usted parece un Carnicero!
- Hasta ahora nadie se ha quejado - dijo Anselmo, y acercándose a la cara del muerto
comenzó a hablarle - ¿Tiene algo que decirme? ¿No? Ya me parecía ¡Jajaja!

Gonzalo se quitó los guantes y salió de la morgue. La actitud de su compañero lo tenía
fastidiado.
- ¡Y se hace llamar Doctor! - refunfuñaba mientras caminaba por el corredor.
Cuando se calmó un poco regresó a la morgue. Allí vio aquella terrible escena.
Anselmo caminaba lentamente, gimiendo de dolor. Una herida se le abría desde el pecho
hasta el bajo vientre, y por ella escapaban sus viseras. Con sus intestinos colgando,
dio unos pasos y se desplomó, pero aún estaba vivo.

Sobre la mesa de disección estaba el muerto, tendido sobre ella, sin órganos y sin piel
en la cara; en su mano rígida sostenía un Bisturí.

Fenómenos Paranormales

- Si entendí bien, me estás diciendo que en tu tienda hay fantasmas ¿Es así? - le dijo
Francisco a Héctor.
- No se si fantasmas…supongo que si. Las cosas se mueven solas ¿Cómo es que se
llama ése fenómeno?
- Pólterguei - le contestó Francisco.

Héctor había llamado a Francisco y conversaban en la oficina de su tienda.
Mientras le servía un trago de Whisky a su amigo, Héctor continuó:

- Como siempre estuviste metido en esas cosas de ocultismo, creí que me podrías
ayudar. Ya no se que hacer, si no soluciono este problema se me van a ir todos
los empleados, y peor, la clientela.
- Te voy a ayudar en lo que pueda, para que están los amigos - afirmó Francisco
mientras se llevaba el Vaso a la boca. Bebió su trago y dejó el Vaso sobre el Escritorio.

- Lo primero que hay que hacer - continuó Francisco - Es descartar el factor humano.
Puede ser uno de tus empleados el que mueve las cosas. La mayoría de las veces no se
trata de algo paranormal; pude ser algo tan simple como alguien queriendo molestarte.
- ¿Y qué hay que hacer para descartar eso?
- Tengo equipos de vigilancia, cámaras pequeñas. Las colocamos antes de que lleguen
tus empleados, después revisamos los videos. Si no descubrimos nada, dejamos las
cámaras funcionando durante la noche; si hay algo lo van a captar.

En los videos en donde estaban los empleados no vieron nada fuera de lo normal.
Dejaron las cámaras encendidas durante toda la noche.
Apenas amaneció Francisco fue hasta la tienda. Héctor lo esperaba en su oficina.
Miraban los videos cuando en la imagen vieron algo que los sorprendió.
Vieron que la ropa que colgaba de un perchero se movía, lentamente algo se fue
materializando, como si se inflara. Aquella cosa creció hasta convertirse en un humano;
más precisamente en Héctor, era exactamente igual.

Aquella copia de Héctor, su doble, comenzó a caminar por la tienda y a mover cosas.
Francisco estaba emocionado, acababa de ver un fenómeno sumamente extraño.

- ¡Oh! ¡Increíble! ¡Es tu doble! Estoy tan emocionado que ni recuerdo como se
llama este fenómeno ¡Es muy raro! Se que en Casa tengo un Libro que trata sobre
este tema. Voy a buscarlo y ya vuelvo - Francisco salió de la oficina. Cerca de la puerta
que da a la calle se cruzó con Héctor, que recién entraba a la tienda.

- Discúlpame por llegar tarde. ¿Ya viste el video? - dijo el verdadero Héctor.

domingo, 25 de septiembre de 2011

En la soledad del Campo

Regresaba de la cosecha de naranjas. Un Camionero me arrimó hasta un lugar en
donde podía tomar un Ómnibus que me llevara a mi ciudad. Aquel lugar estaba en
medio de la nada. Hacia donde volteara veía campo; solo la carretera alteraba un poco
aquel paisaje desolado.
Cuando bajé del Camión la tarde estaba llegando a su fin. Llegó la noche y yo aún
esperaba transporte.
El cielo estaba despejado, la luz de las estrellas iluminaban débilmente.
No me inquietaba la noche ni su oscuridad. El silencio de la Pampa, del campo,
me produce un estado mental muy tranquilo, relajado; estaba acostumbrado a
acampar y dormir en la naturaleza.

El rocío comenzaba a humedecerme la cabeza y el Ómnibus aún no llegaba.
Estaba sentado sobre mi Bolso, a un lado de la carretera, cuando de pronto
distingo una silueta que avanzaba por el costado de la ruta. En la oscuridad,
por el contorno de aquella sombra, parecía que era un hombre.
Al levantarme, desvié la mirada por una fracción de segundo; en ese tiempo tan
corto la silueta desapareció. Escudriñe en la oscuridad, no lo veía.
Me preocupé un poco. Supuse que en tan corto tiempo, lo único que él tipo
podía haber hecho para desaparecer a mi vista, era tirarse hacia un costado de
la carretera y quedar acostado, oculto por el Pasto.

Habrían transcurrido segundos desde su “Desaparición” cuando nuevamente vi a
la sombra avanzando por el costado de la ruta. Lo extraño es que apareció mucho
más atrás del lugar en donde dejé de verlo, y parecía ser la misma persona, su contorno
era igual, por lo que podía distinguir.
Nuevamente desapareció, está vez lo estaba mirando fijamente, y de un momento para
el otro ya no lo veía. Entonces me di cuenta que no estaba viendo a una persona.
Estaba tan concentrado escudriñando la oscuridad, que no me di cuenta que el
Ómnibus se acercaba. Cuando noté que todo se iluminaba giré y lo vi.
Ya estaba muy cerca cuando extendí mi brazo, por suerte me vio y paró.

Cuando fui a pagar el boleto el hombre me preguntó:

- ¿Tu compañero no va a subir?
- ¿Mi compañero? - pregunté extrañado.
- Sí, el hombre que estaba a tu lado.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Corazón de Vampiro

El cementerio parecía congelado por la luz de la luna, que a esa hora de la noche, estaba muy alta en el cielo. No se movía ni una brizna de pasto. Todo parecía más pálido y lúgubre bajo aquella luz: las lápidas, las criptas, los nichos, hasta las piedras
que formaban los senderos resplandecían ante la mirada de la luna.
La puerta de una antigua cripta rechinó al abrirse. De la cripta brotó una bruma fantasmal, y con ella surgió la delgada y alta silueta de Leopoldo, el vampiro.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Atrapado en un Hospital embrujado

Grandes zonas de la cuidad estaban bajo agua. Era la inundación más grande de las
que se tenía registro. Las calles se habían vuelto ríos incontrolables, por donde
derivaban todo tipo de objetos. De algunas casas solo se veía el techo, otras estaban
completamente sumergidas bajo las aguas oscuras y turbulentas de la creciente.
Helicópteros y Botes iban y venían rescatando gente; que desde los techos de sus
casas o flotando sobre maderas, gritaban auxilio y hacían aspavientos con los brazos.

Por seguridad evacuaron un Hospital, situado en una zona en donde la creciente
avanzaba sin parar.
La Policía ayudó a trasladar a todos los internos. Los que no podían hacerlo por
sus propios medios, eran llevados en Sillas De Ruedas o sobre camillas.
Sólo Damian no fue retirado de allí. Se recuperaba de una conmoción cerebral,
causada cuando chocó en su auto. Mientras estaba en el baño de su habitación se
había desmayado. La evacuación había sido bastante caótica, y en aquel desorden
se habían olvidado de él.

Cuando volvió en si estaba envuelto en la más absoluta oscuridad.
Intentó encender la luz; no encendía. Salió del baño, la habitación estaba igual de
oscura. Caminó a tientas hasta tropezar con la cama. Tanteando como un ciego
encontró su Pantalón, y en el su encendedor.
Se asomó al corredor; estaba negro y silencioso. Ya estaba de noche y habían
desconectado la electricidad.

- ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? ¡Estoy aquí! - gritó Damian.

Después de unos segundos de silencio, escuchó que desde uno de los extremos
del corredor llegaban unos sonidos espeluznantes; mezcla de risitas burlonas, gemidos,
y carcajadas. Aquellos sonidos sonaban cavernosos, como si los emitieran desde un
túnel o pozo profundo.
Damian comenzó a correr en dirección contraria. Poniendo la palma de la mano
delante de la llama de su encendedor, trataba de que este no se apagara mientras huía.
El corredor se le hizo largo, y escuchaba aquellos sonidos cada vez más cerca.

Al llegar a un sala de espera, vio una salida, cuya puerta era de vidrio y por ella
entraba algo de la luz de la calle. Intentó abrirla pero no pudo. Cuando miró hacia
atrás, vio que desde la oscuridad emergía una multitud de siluetas deformes y
grotescas; algunas se arrastraban por el suelo, otras caminaban erguidas, y al andar
se hamacaban de un lado para el otro. Aquel grupo de seres se fue cerrando sobre
Damian. Desde esa noche nunca más se supo de él.

jueves, 22 de septiembre de 2011

El Gato Negro

Bruno salió de la fábrica cuando el Reloj marcaba las doce y media.
Con su Bolso cruzado sobre el hombro, y las manos en los bolsillos del abrigo,
dobló por la misma calle por donde iba siempre. Caminaba con paso ligero, como
era su costumbre. La gorra de lana protegía su cabeza del frío de la noche.
Su aliento se hacía visible en el aire helado, como si echara bocanadas de humo.
De repente salió, de entre los muros de unas casas, un enorme Gato negro, y cruzo
justo frente a él. El Gato pasó con la cola levantada y lo miró con sus grandes ojos
amarillos.

Bruno miró como el Gato cruzaba la calle, para después perderse entre otros muros.
Como era algo supersticioso, se santiguó y siguió caminando.
Ahora avanzaba con más vigor aún. Deseaba llegar a su casa cuanto antes. La sensación
de que le iba a suceder algo malo, se agigantaba en su mente, casi estaba seguro.
“Maldito gato. Me va a traer mala suerte el muy maldito” pensaba Bruno.
Casi llegaba a una esquina cuando vio que desde la puerta de una casa ruinosa, de
su interior oscuro, asomaba un brazo humano: largo, delgado y desnudo. Después
asomó en el umbral una cabeza cadavérica; que en lugar de ojos tenía dos huecos
negros como un abismo sin fondo.

Espantado por aquella aparición, salió corriendo. Al cruzar la esquina, la luz de un
vehículo lo encandiló; estaba en medio de la calle, y el Auto que iba hacia él lo
atropelló. El conductor frenó el Auto y bajó agarrándose la cabeza con las manos.

- ¡Lo maté! - exclamaba él Hombre.

Bruno estaba tirado en la calle, ya sin vida.
Desde lo alto de un muro, el Gato negro observaba aquella escena.

Muerto

Clara se levantó al amanecer. Antes de preparar el desayuno fue a ver como estaba
el Señor Ramírez.
Clara trabajaba como cuidadora. Ramírez, su empleador, era un anciano que estaba
enfermo desde hacía mucho tiempo. Él no tenía familia ni conocidos, y no era extraño
que fuera así. Tenía muy mal carácter, era autoritario, nunca sonreía, y sus ojos celestes
parecían llenos de odio y maldad.
Subió las escaleras y fue hasta la puerta de la habitación en donde dormía el viejo.

- ¡Señor Ramírez! ¿Puedo pasar?

El viejo no respondía. Clara acercó su oído a la puerta, después golpeó nuevamente.

- ¡Señor! ¿Está usted bien? - como no le respondía entró a la habitación.

Ramírez estaba con sus ojos celestes bien abiertos, fijos en algún lugar del techo.
El rostro, más serio que nunca, estaba inmóvil. Su cabeza calva estaba hundida en la
almohada; sus brazos estaban por fuera de las sábanas, que solo lo cubrían hasta la
mitad de su ancho pecho.
Clara se inclinó hacia él y revisó sus signos vitales; no tenía pulso y estaba frío, su
cuerpo ya estaba rígido: Estaba muerto.
El único teléfono que había en la casa estaba allí mismo, en el cuarto del viejo.
Estaba de espaldas a la cama, marcando el número de la Funeraria, cuando escuchó
que una voz espantosa, aterradora, que reverberó por toda la casa, decía su nombre.

- ¡Clara…!

Al volverse vio que él viejo estaba sentado en la cama, y sonreía de una forma
asquerosa. Clara dejó caer el teléfono y corrió hacia la puerta. Lo que ocupaba el
cuerpo del viejo la siguió con la mirada.
Ése día Clara no llamó a la Funeraria. Huyó de allí y fue hasta su casa. Al otro día,
cuando estaba más calmada, hizo la llamada desde su hogar.
Cuando entraron los de la Funeraria, el viejo estaba en la misma posición en que lo
encontrara Clara; mas en su cara seguía plasmada aquella sonrisa asquerosa.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

No vayas al Cementerio

Mientras el Sacerdote leía algunas líneas de la Biblia, los dolientes, en torno a la fosa,
sollozaban o miraban hacia el suelo; sumidos en esos pensamientos oscuros
que surgen, que nos invaden inevitablemente en presencia de la muerte.
Sólo Néstor tenía una actitud diferente en aquel entierro. Miraba a su alrededor como
si buscara a alguien o algo. Ni las miradas de reproche de sus parientes, ni la tos fingida
del Sacerdote, lo sacaron de aquel estado de vigilancia en que estaba absorto y que lo
hacía voltear continuamente, como si fuera un Ciervo asustado.

Néstor le tenía terror a los Cementerios. Estaban enterrando a su único Tío, si fuera
un pariente más lejano, no hubiera puesto un pie en aquel lugar al que temía tanto.
Al voltear hacia una cripta, vio que de su puerta entreabierta salía un tropel de ratas.
Las ratas salieron chillando, corriendo y dando brincos en todas las direcciones. Algo
las había asustado.
La atención de Néstor estaba fija en aquella cripta. La puerta se abrió más, y del
interior de la cripta comenzaron a salir unos decrépitos cuerpos reanimados, Zombies.

No podía creer lo que veía. Cinco muertos vivientes salieron de allí. Con pasos
temblorosos avanzaron un poco y luego voltearon hacia él.
Casi al mismo tiempo, algunas de las personas que estaban a su lado; gritaron y
lanzaron alaridos de histeria, a la vez que los otros se apartaban.
Al mirar que sucedía, vio que su Tío, el difunto, tenía tomado al Sacerdote por el
cuello.
Por todo el Cementerio caminaban Zombies. Buscaban con sus ojos blancos y
enfilaban rumbo a Néstor, toda una horda de ellos.

Repentinamente abandonó aquel mundo pesadillesco en el que estaba y despertó.
Sintió un gran alivio al darse cuenta que solo había sido una pesadilla.
Ya había amanecido. De repente alguien golpeó la puerta de su habitación.
Era el padre de Néstor.

- Hijo, tengo malas noticias. Me acaban de llamar, tu Tío falleció.

martes, 20 de septiembre de 2011

Entre Penumbras

Su Marido dormía desde hacía rato, roncaba como siempre. Mirta estaba despierta,
esperando que el sueño la venciera y así poder dormir.
Su habitación estaba en penumbras, apenas se distinguían las cosas que allí había.
El armario, de color claro, se veía como un monolito contra la pared. El ventilador
de techo zumbaba desde lo alto, y en aquella oscuridad, parecía que se movía hacia
los lados, mas de lo normal. El diploma de su esposo, enmarcado en la pared, reflejaba
algo de la débil luz que traspasaba la cortina de la ventana; las cortina misma, en
aquella oscuridad, daba la impresión que ondulaba con lento movimiento.

Un débil sonio hizo que Mirta mirara hacia la puerta. Se abrió lentamente, detrás de
ella apareció una figura pequeña, de hombros angostos. Mirta se bajó de la cama.

- ¿Qué pasó Rodrigo? - susurró Mirta - Otra vez viste monstruos, ¿es eso?

La silueta pequeña pareció asentir con la cabeza. Mirta lo tomó de la mano y
salió al corredor. El corredor también estaba oscuro. Llegó frente a la habitación
de Rodrigo y tanteó la perilla de la puerta. Al entrar, vio que algo se movía sobre
la cama de su hijo; un bulto se incorporó con rapidez.

- ¡Mamá! ¿Quién es ese? ¿A quién le estás dando la mano? - gritó Rodrigo desde
su cama.

Entremos a la casa embrujada

Yo, Fabián y Juan, habíamos recorrido los campos y bosques cercanos durante toda la
tarde, junto a nuestros perros.
Ya estaba bastante oscuro cuando cortamos camino por un bosque; pequeño pero
frondoso. Tan espeso era, que andando en él, era fácil olvidar, por momentos, que solo
estábamos a unas pocas cuadras de nuestros hogares.
Entre los árboles imponentes que nos rodeaban, estaba más oscuro aún. Cuando el
sendero por donde caminábamos se hizo más estrecho, y las ramas nos rozaban por
todos lados, decidimos abrirnos paso hacia un claro. En aquel claro estaba la casa
abandonada.

No recuerdo a quién se le ocurrió aquella idea; Juan y Fabián dicen que fue a mi:
Hace tantos años que no lo recuerdo. El asunto es que hicimos una apuesta; el que
se animara a entrar en la casa, se ganaba las hondas de los demás (Honda le llamamos
en Uruguay a las Tirachinas, o Gomeras).
El premio era tentador, y cuando Juan le agregó su navaja, decidí entrar.
Aquella casa era la primera que se había construido en la zona. Era alta, en el
frente tenía unos tragaluces semicirculares. Tenía el aspecto de un pequeño castillo.

Hacía muchos años que estaba abandonada. Su puerta, enorme y de madera, se
estaba cayendo a pedazos. No estaba revocada por fuera, y podía verse los enormes
ladrillos con que la habían construido.
Empujé la puerta con el pie y se abrió de par en par.
Los perros se mantenían a prudente distancia de la casa, y parecían nerviosos. Desde
esa vez aprendí a confiar en los perros y en su instinto.
Siempre llevábamos una linterna, para iluminar cuevas de animales. Con la linterna
encendida entré a la casa.

Ingresé a un salón bastante amplio y vacío. El piso estaba todo resquebrajado, y en
algunas partes faltaban baldosas. El revoque se caía a pedazos y se acumulaba contra
las paredes. Iluminé todo el salón, estaba vacío, no había muebles.
Cuando giré hacia la puerta, para salir de allí; escuché a mis espaldas un ruido a agua.
Voltee y vi la imagen más horripilante, más aterradora que se puedan imaginar.
De la nada había surgido una enorme bañera, y en ella había una muerta. Tenía la
piel gris con manchas verdosas, sus ojos eran completamente negros, sin una parte
blanca. Su cara estaba arrugada, pero no como si fuera anciana; mas bien parecía el
efecto de estar mucho tiempo sumergida. Estaba sentada en la bañera y con sus
manos chapoteaba en el agua, como si estuviera jugando.

Repentinamente abrió la boca y sacó la lengua, y lanzó un chillido agudo.
Yo estaba como clavado en el suelo, no podía moverme. Pude reaccionar cuando
vi que la muerta, sin levantarse de la bañera, se deslizaba hacia mi. Nunca voy a
olvidar la aterradora imagen de aquella bañera moviéndose con rapidez hacia mi.
Mis amigos habían huido al escuchar aquel chillido aterrador. Afuera estaba mi
perro, erizado y mostrando los dientes hacia la puerta. No se si aquella aparición
o lo que fuera salió de la casa, no miré hacia atrás.

Aquel fantasma aparentemente desapareció junto con la casa, cuando la demolieron
años después. También talaron el bosque. Actualmente hay viviendas en toda esa zona, y
una está exactamente en el mismo lugar que la antigua casa. Ahora está desocupada, y
en el frente vi un cartel que dice: Se vende. Lo comento por si alguien está interesado…

lunes, 19 de septiembre de 2011

El terror está entre nosotros

Durante el día había llovido torrencialmente. La tierra de aquel lugar, amasada por el
trajinar de las maquinarias de construcción; se había convertido en un pegajoso lodo,
que al llegar la noche brillaba bajo las luces de los reflectores.
En aquel terreno donde se iban a construir viviendas, estaba la casilla de Antonio; el
encargado de vigilar todo lo que allí había.
Aquella casilla de tres por dos, construida con las maderas sobrantes de un encofrado,
apenas lo resguardaba de la gélida noche. El viento se colaba entre las rendijas que
se habrían entre la madera. La puerta, media floja, golpeaba continuamente contra el
marco, como si en cualquier momento fuera a salir volando.

Antonio, sentado en un banquillo, sorbía tragos de café mientras leía un libro de cuentos
de terror. Sobre él, pendiendo de un cable, se hamacaba una lamparilla; cuya luz atraía a
un par de polillas que revoloteaban en torno a ella.
A medida que pasaba las páginas, su mente se iba concentrando más en la lectura.
En su imaginación: recorrió páramos desolados, cubiertos por nieblas misteriosas, en
donde habitaban hombres lobo y vampiros. Se paseó por catacumbas y castillos encantados.
Caminó por los oscuros pasillos de casas góticas, en donde había fantasmas.

Repentinamente algo lo distrajo de su lectura. Se estremeció como quien despierta de un
ensueño profundo. Miró a su alrededor. En una de las aberturas de las paredes, en una
rendija entre la madera, vio a un ojo humano; alguien lo espiaba.
Apenas salió de la casilla le golpearon la cabeza con un hierro. Un ladrón esperaba su
salida detrás de la puerta. Él cómplice de este, él que espiaba por la rendija, apareció
después y le dio otro golpe. Los mal vivientes comenzaron a recorrer el lugar.
Antonio quedó tirado sobre el lodo. Lentamente la vida se le escapaba por la herida
abierta en su cabeza.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La próxima luna llena

Fue en el mes de febrero. Los días transcurrían calurosos. Él sol atravesaba todo
él cielo sin una nube que lo bloqueara. Los pastos resecos del campo crujían ante
el mínimo soplo de viento, y multiplicado miles de veces, aquel sonido a pampa
reseca se paseaba por aquel vasto paisaje.

Siempre que podía, Miguel iba hasta el arroyo, a refrescarse en sus aguas claras.
Cruzaba por el campo, espantando a su paso a cientos de pequeñas langostas que
saltaban y volaban en todas direcciones. Luego entraba al monte por un sendero
angosto y serpenteante. Al final del sendero estaba la orilla del arroyo, sembrada
de piedras arredondeadas por el tiempo y el agua.

El arroyo estaba plagado de pececillos plateados, nadando de un lado a otro
en cardúmenes inquietos.
Ese día Miguel estuvo nadando hasta que él sol se ocultó en el horizonte.
Una luna llena, amarilla y grande, ya se elevaba por encima del monte; por lo
que el paisaje se oscureció muy poco.
Conciente de que ya era tarde, se apuró en cruzar el sendero del monte.
A pocos metros del campo, vio a un animal grande pasar al trote frente al sendero.

Era muy grande para ser un perro, y tampoco era un ternero. Era algo más.
Corría de forma diferente, sus patas traseras eran más largas que las delanteras.
Miguel paró de caminar, como detenido por una pared. La extraña apariencia de
aquel ser le había causado un terror súbito, que paralizó sus piernas.
La criatura también se detuvo y volteo hacia él, luego avanzó agazapado.
Unos pocos pasos y la criatura estaba a su lado, olfateándolo.

Después de dar una vuelta alrededor de Miguel, la criatura se marchó.
Extrañamente su miedo había desaparecido. Había encontrado algo familiar
en aquella criatura. Era un conocimiento que escapaba a la razón; pero era
muy claro, como un instinto, podía sentirlo.
Cuando llegó a su casa su madre preparaba la cena.

- ¿Dónde está Papá? - le preguntó Miguel.
- Tuvo que salir. Mañana vuelve.
- Lo vi Mamá. Papá es un hombre lobo. Lo vi en el campo.

Su madre dejó lo que estaba haciendo, después de unos segundos de silencio habló:

- Bueno, ya era hora de que te dieras cuenta. Dentro de poco a vos también te
va a pasar lo mismo, probablemente en la próxima luna llena.

Rafael y él Diablo

Sentado en la vereda, con la espalda recostada contra la pared, Rafael mendigaba
alguna limosna; mas la gente de aquel pueblo cruzaba sin mirarlo, o lo miraban de
soslayo, con desprecio.
Había llegado hasta allí buscando trabajo. Desgraciadamente para él, aquel pueblo
estaba integrado por una comunidad cerrada, donde los extraños no eran bienvenidos.
Tras unos días a la intemperie y de pasar hambre, ya no le quedaban fuerzas para
marcharse de allí, el pueblo estaba en una zona remota, lejos de todo.

Rafael aún era joven, pero la vida ya le había marcado arrugas sobre su rostro
huesudo. Tenía los labios muy finos y la piel curtida por el sol de innumerables
jornadas de trabajo rural. Sus ojos eran de color negro, al igual que su cabello
desordenado y largo.
Dejó de mendigar, era inútil, nadie se apiadaba de su situación. Comenzó a caminar
sin tener una idea hacia donde iba, un destino. Así vagó por las calles por largo rato.
Siguió una procesión que iba rumbo al cementerio. Tal vez allí, en aquella situación,
la gente le daría algo, al estar más sensible.

No podía estar más equivocado. Lo sacaron a empujones, lo echaron del cementerio.
Cerca del cementerio había una arboleda, allí fue Rafael, a descansar un rato.
Estaba sentado contra un tronco, cuando repentinamente, un hombre apareció delante
de el. El hombre estaba vestido de traje: sus zapatos brillaban de relucientes, en las
mangas tenía gemelos de oro, también su cinturón era de oro, todo en él lucía
impecable, y sonreía simpáticamente. En una mano sostenía una bandeja con una
tapa brillante.

- ¿Tiene algo para darme? Por favor - dijo Rafael.
- Claro que si mi amigo - le contestó el hombre, y le extendió la bandeja.

Rafael abrió la tapa y vio que en ella había un enorme pollo asado, acompañado
con papas y otras verduras. Comenzó a devorar el pollo mientras el hombre lo
observaba sonriendo. El extraño señaló hacia el cementerio y dijo:

- Esa gente si que lo trató mal, nadie se merece un trato así. Sabe lo que haría yo,
iría de noche y robaría las joyas de la muerta que están colocando en la cripta.

Rafael lo escuchaba hablar mientras seguía comiendo. El hombre continuó:

- Esa mujer era rica, la más rica del pueblo, seguramente debe estar llena de joyas.
Si yo fuera usted las tomaría, por lo que le hizo la gente de este pueblo.

Rafael había bajado la vista para agarrar una papa, cuando la levantó el hombre
ya no estaba a su lado, caminaba entre los árboles hasta que se perdió de vista.
El consejo de aquel extraño le daba vueltas por la cabeza, como si lo siguiera
oyendo una y otra vez. Cuando calló la noche y salió la luna, fue hasta el
cementerio y buscó la cripta en donde habían sepultado a la difunta.
La puerta estaba sin candado. Adentro estaba sumamente oscuro. La llama
de su encendedor lo ayudó a bajar por la escalera de piedra hasta el frío piso
de la cripta, en donde encontró velas a medio consumir.

Una corriente de aire que entraba por un respiradero (Una ventana pequeña en el
techo de la cripta) hacía que la llama de la vela se inclinara y temblara, y todas
las sombras que producía parecían danzar en torno a ella, se agigantaban y
empequeñecían.
No fue difícil para Rafael encontrar el ataúd más nuevo. Lo abrió. La mujer
tenía los brazos cruzados sobre el pecho, su abdomen ya estaba algo hinchado, y
su piel estaba gris. Tal como había dicho él extraño, tenía barias joyas: pulseras,
anillos, collares. Rafael se las quitó. Cuando fue a salir, descubrió que la puerta
estaba trancada. La empujó, la pateó; pero la puerta no se abría, estaba atrapado.

Durante el primer día permaneció callado, intentando destrabar la puerta.
Al segundo día comenzó a gritar desesperado, nadie parecía oírlo.
El hambre comenzó a hacer estragos en su cuerpo y en su mente.
Al tercer día abrió nuevamente el ataúd. Con una navaja comenzó a cortar
la carne de la muerta, y a comérsela con voracidad. Afuera de la cripta, él
extraño vestido de traje reía de forma perversa.
Unos días después, Rafael mordisqueaba unos huesos, cuando vio que la puerta
se abrió. Salió al exterior. Su piel estaba gris, descolorida, sus ojos estaban
blanquecinos, nublados, y parte de su cabellera había caído, dejando ver su cuero
cabelludo.

Allí estaba el extraño de traje, sonriendo. Puso su mano sobre el hombro de
Rafael y lo acompañó hasta la salida del cementerio.

- Allá tiene mucha comida amigo - dijo el extraño y señaló hacia el pueblo.

Convertido en zombie, Rafael avanzó por el camino. El hombre lanzó una
carcajada macabra y desapareció.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Encuentro con un fantasma

Desde esa vez se que las experiencias aterradoras pueden sucedernos en cualquier
parte y en cualquier situación.
Esto me sucedió en un cumpleaños. El salón estaba en las afueras de la cuidad, en un
gran terreno con jardines y árboles. El salón estaba repleto, una orquesta animaba la
fiesta.
Había tomado bastante cerveza, y el llamado de la naturaleza fue fuerte y claro.
Para llegar al baño de hombres había que salir del salón y atravesar una especie de
corredor que se formaba entre la pared del salón y otra construcción. Afuera había
focos de luz, pero debido a lo alto de la pared, una gran sombra se proyectaba sobre
aquel corredor.

Después de ir al baño, mientras atravesaba el corredor, noté que a mi lado caminaba
alguien, por la estatura y la vestimenta (un vestido blanco y acampanado) creí que
era una niña.

- ¿Qué estas haciendo aquí? - le pregunté - El baño de las mujeres está del otro lado.
Vamos al salón y buscamos a tus padres para que te lleven.

Caminó a mi lado hasta el final del corredor, pero se detuvo justo antes de llegar a
la luz. Ahí fue cuando me di cuenta que sus rasgos no eran los de una niña, eran
los de una mujer de mediana edad. Aunque permanecía en la sombra, distinguí
que tenía arrugas, su frente era anormalmente amplia y su quijada prominente.
De repente comenzó a irse hacia atrás, no caminaba, solo se deslizaba, sin mover
las piernas, como si flotara. Así desapareció entre las sombras.

Cuando entré al salón debía estar muy pálido y con cara de asustado, porque
realmente lo estaba. Un conocido que lo notó se me acercó y me palmeó el
hombro.

- ¿Qué le pasa compañero? - me preguntó - Tiene la cara como si hubiera visto
al fantasma de la enana.
- ¿A…a quién? - pregunté tartamudeando.
- Al fantasma de la enana ¿Nunca escuchó esa historia? Dicen que estaba en la
fiesta de su boda, aquí en este salón, y en medio de la fiesta el novio huyó.
Después ella se suicido, dicen, se mató por aquí mismo, y a veces se ve su fantasma.
Para mi que solo es un cuento de terror.

Ruidos en la noche

Roberto se levantó sigilosamente para no despertar a Andrea, su esposa.
En la oscuridad, se calzó las pantuflas y fue hasta el cajón en donde guardaba
su revolver. Alcanzó a distinguir la hora en el reloj de pared, eran las tres y media
de la madrugada. Abrió la puerta con extremo cuidado y salió de la habitación.

Estaba seguro que alguien había ingresado en la casa, escuchó con claridad el
sonido de unos pasos. No quería despertar a Andrea porque ella era muy
asustadiza, y seguramente iba a entrar en pánico.
La casa era grande y tenía dos plantas. Roberto caminaba sigilosamente, con el
revólver martillado, esperando toparse en cualquier momento con un intruso.
Una a una fue revisando las habitaciones. Cada vez que abría una puerta el corazón
le latía mas rápido.

Todas las luces estaban apagadas; pero como la casa tenía muchas ventanas grandes,
Roberto podía caminar sin tropezar con los muebles. Bajó por la escalera y revisó
la planta baja.
Al no encontrar al intruso comenzó a dudar de si realmente había escuchado pasos
o estaba soñando. Volvió a su cuarto y con mucho cuidado se acostó.
Estaba con los ojos bien abiertos cuando volvió a escuchar ruidos, esta vez venían
de muy cerca, alguien estaba dentro del ropero, se oía una respiración ronca y
entrecortada.

Roberto saltó de la cama y nuevamente buscó su revólver, encendió la luz y
abrió el ropero de un tirón.
Adentro estaba Andrea, tenía la garganta cortada pero aún respiraba.
Junto con el terror que sintió súbitamente, por la mente de Roberto cruzó un
Pensamiento “Si Andrea está acá, entonces es él asesino quien está en la cama”
Antes de poder voltearse una mano le cubrió la cara y lo hizo inclinarse hacia
atrás, seguidamente sintió el filo de un cuchillo deslizándose por su garganta.

viernes, 16 de septiembre de 2011

En el coche fúnebre

La noche estaba calurosa y soplaban ráfagas de viento cálido. Regresaba a mi casa
caminando. Salí de las luces de la ciudad y avancé por la carretera que cruza por
mi barrio. La noche estaba clara; una luna redonda y pálida me miraba desde lo
alto del cielo, unos nubarrones oscuros la rodeaban, promesas de una lluvia que
no llegaba desde hacía semanas.
De repente un vehículo frenó a mi lado, era un coche fúnebre.

- ¿Te arrimo hasta el barrio? - dijo el conductor, asomándose por la ventanilla.

Era un conocido del barrio, vivía cerca de mi casa, trabajaba en la empresa fúnebre
desde hacía muchos años. No me gustó la idea de viajar en aquel vehículo; pero no
tenía ganas de caminar.

- Vas a llevar a alguien vivo para variar - dije en tono de broma.
- ¡Jaja! Siempre que veo conocidos me ofrezco para levarlos, pero la mayoría no
quiere ¡No se porque será! ¡Jajaja!

- ¿Hay algún finado ahí atrás? - le pregunté.
- Sí, un hombre, lo entierran mañana, en la capital.
- ¿Vas a manejar toda la noche con un muerto ahí atrás?
- Es mi trabajo, estoy acostumbrado. Para mi es lo más natural del mundo.

Ya casi llegábamos al barrio cuando sentí un escalofrío correr por mi espalda.
Miré hacia la ventanilla que había detrás de nosotros y, vi a un hombre con la
cara y las manos apoyadas en el vidrio, mirándonos fijamente.

- ¡Él muerto está vivo! - grité.

El chofer volteó hacia la ventanilla y también lo vio. Frenó bruscamente y se
bajó, yo hice lo mismo. Fuimos hasta la parte de atrás del vehículo y abrimos la
puerta. Nos sorprendimos y espantamos a la vez, al ver que el hombre ya no
estaba. En realidad si estaba, pero muerto y dentro del ataúd, nos cercioramos
de ello. Lo que habíamos visto fue su fantasma.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Dentro de la casa embrujada

Lo había contratado la comisión de turismo de la ciudad. Lo que tenía que hacer
Franco era aparentemente simple, vigilar la casa más antigua de la cuidad. Una
construcción que se mantenía en pie desde la época colonial. Era un edificio
histórico. Durante el día recibía la visita de turistas, que cámara en mano recorrían
sus bastos corredores y numerosas habitaciones.
Franco llegó a la casa al atardecer. Emilio, quien iba a ser su compañero, lo esperaba
en el portal. Emilio era un veterano con sendas arrugas en su frente y mirada de
desconfianza, su voz era áspera, como si las palabras rasparan su garganta.

Ya se habían conocido cuando contrataron a Franco. Tras un breve saludo Emilio
le indicó a Franco que lo siguiera. Atravesaron una sala sobrecogedora, de techo
abovedado y gigantesco. En sus paredes había relieves y pinturas que representaban
extraños seres con rasgos humanos y animales, principalmente Faunos de cuernos
retorcidos y torso humano, y peludas patas de cabra.

- ¡Que impresionante! - comentó Franco - Nunca había entrado aquí, pensé que
era algo aburrido, solo una casa vieja; pero es impresionante.

- Sí, a todos les parece impresionante - gruñó Emilio - ¡Para mi es una maldita
casa aterradora! Ya vas a ver. No cuento las cosas que he vivido aquí para que
no me tomen por loco, además el sueldo es bueno, se que hay trabajos peores.

Franco quedó callado, tratando de adivinar si lo que había dicho su compañero
era una broma o hablaba en serio.
Después de recorrer un angosto pasillo entraron a una habitación pequeña.
Emilio trancó la puerta, fuera ya estaba de noche. En la habitación había una
mesa y un par de sillas: sobre la mesa algunas revistas, una máquina de hacer
café, una radio con reproductor de CD, y tres linternas.

- ¿Y ahora que hacemos? - preguntó Franco.
- Ahora esperamos a que amanezca - contestó Emilio, seguidamente colocó
un disco en la radio - ¿Te gusta la música de los ochenta? Bueno, si no te
gusta igual la vas a escuchar - alzó el volumen y se sentó a escuchar.

Ya habían escuchado barios temas cuando oyeron que golpeaban la puerta.
Franco se levantó y miró a su compañero.

- No abras - le ordenó Emilio - Es una de las porquerías, una de las cosas que
rondan en esta casa - mientras hablaba seguían golpeando la puerta con
insistencia. Luego se escuchó unos pasos, pero no sonaban como el andar de
un humano, sonaban como dos pezuñas golpeando el suelo.
Franco se sentó, las piernas le temblaban por causa del terror que sentía.
Emilio le ofreció una taza de café.

- Esto pasa todas las noches, acostúmbrese - le dijo - Las primeras veces abrí
la puerta pero nunca vi a nadie, solo se los escucha caminar por la casa.
Aparte de los sustos que me he llevado nunca me pasó nada malo.

Mientras Emilio hablaba Franco no dejaba de ver hacia la puerta. De repente
notó, por el rabillo del ojo, que su compañero tenía cabeza de cabra.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Fin de año de terror

Mario festejó el fin de año a su manera, en una cantina junto a borrachos solitarios
y melancólicos. Durante la madrugada, se levantó de su asiento y se despidió de
sus camaradas, que a esa altura de la noche se desparramaban sobre las mesas, y
algunos soñaban inquietos, agobiados por los fantasmas del alcohol.
El aire frío de la noche lo despabiló un poco. En la cuidad sonaban sirenas y se
escuchaban detonaciones. Como pensó que eran fuegos artificiales siguió caminando
tranquilamente, tratando de no chocar contra los tachos de basura, las columnas, y
cualquier objeto que se interpusiera a su andar en zigzag.

Divisó a una mujer parada en una esquina, en la otra vereda de la calle.
Al estar bastante fría la noche, y como las ropas de la mujer eran escasas, Mario
dedujo cual era su oficio. Echó mano a su billetera y calculó cuanto dinero le
quedaba. Concluyó que era suficiente para terminar la noche acompañado.
Se acercó a la mujer, que estaba de espaldas a él y saludó:

- ¡Hola preciosa!

Ella volteó, Mario trastabilló al irse hacia atrás, al ver que a la mujer le faltaba el
labio inferior, parecía que se lo habían arrancado, y su ojo izquierdo colgaba de
un hilo de carne. Sus dientes inferiores asomaban entre el hueco ensangrentado
de su boca. La mujer lanzó un gemido y se abalanzó hacia él. Para el bien de Mario,
el susto lo había terminado de despabilar, y pudo evadirla, con un empujón la tiró
al suelo y corrió.
Al cruzar la otra esquina, casi lo atropella una patrulla policial, el auto frenó a un
metro de él. Los policías bajaron rápidamente y le apuntaron con escopetas.
Mario levantó sus manos en alto.

- ¡No me tiren, yo no hice nada! - les dijo.

Los policías bajaron las armas - Este está bien, no está infectado - dijo uno de
ellos. Otro buscó en el interior de la patrulla y sacó un cinturón con una pistola y
municiones. Se acercó a Mario y se las ofreció.
- Va a necesitar esto, tómelas - le dijo - Trate de juntarse con otra gente, que
estén bien, y atrinchérense.
- Pero…pero ¿Qué está pasando? ¿Estamos en guerra? - preguntó Mario.
- ¿No lo sabe? Los muertos revivieron, y cada vez son más - le contestaron.
- Apunte a la cabeza - agregó el policía. Se subieron al auto y se marcharon.

La mujer de la esquina se le acercaba corriendo por la calle. Mario gatilló el
arma y le apuntó a la cabeza, antes de disparar dijo:
- ¡Que año de m…a va a ser este 2012!

Monstruos

Hace mucho tiempo, una comunidad rural fue diezmada por los ataques de un
emisario de la muerte.
Al caer la noche los corazones de aquellas personas se llenaban de terror.
Algo asechaba en los senderos. La noche era su cómplice. Apenas caía él Sol
la gente se encerraba en sus casas; pero las muertes igual seguían aumentando.
Algunos encendían hogueras frente a sus casas, con la esperanza de ahuyentar
al monstruo. En las noches, se veía por aquí y por allá el resplandor de las hogueras,
mas eso tampoco detuvo los ataques.

Por el estado en que se encontraba a las víctimas, pálidas y con manchas de
sangre ensuciando sus ropas, se creía que el culpable era un vampiro.
La desconfianza y la histeria se adueñaron de las mentes de aquellos campesinos.
Todos andaban armados, mirando sobre su hombro, desconfiando de sus vecinos.
Inevitablemente aquella gente temerosa se terminó reuniendo. Sus mentes
exaltadas proponían a gritos todo tipo de soluciones disparatadas. Luego
comenzaron a nombrar sospechosos.

Convencidos de haberlo encontrado, partieron hacia la casa de una mujer solitaria
y taciturna, una viuda algo trastornada. Para ellos su conducta era prueba suficiente
de que era una vampira. Llegaron a su casa al caer la tarde. La sacaron a la fuerza
de su vivienda, entre gritos e insultos. Estaban por lincharla cuando se escuchó una
voz de alto, y alguien se abrió paso entre aquella gente iracunda.

- ¡Deténganse! ¡En nombre de Dios! ¿Qué hacen? ¡Apártense, suéltenla!

Era el cura de la capilla. Algunos dudaron; pero ante la actitud enérgica y decidida
del Sacerdote, terminaron soltando a la mujer.

- ¡Que estos tiempos difíciles no nos conviertan en monstruos! - exclamó el cura,
dirigiéndose a todos - ¡Por favor! Atacar a una mujer indefensa…

Uno de los presentes se atrevió a desafiar la autoridad de aquel hombre de paz:

- ¡Y usted! ¿Qué ha hecho por nosotros? ¡Nada! Usted llegó a la zona cuando
empezaron las muertes. Usted vio lo que estamos sufriendo ¡Y no ha hecho nada!
- Mi misión es dar esperanza, no soluciones - contestó el cura.

De repente alguien gritó entre la multitud:

- Es cierto, el llegó cuando empezaron los ataques ¿A alguien más le párese
mucha coincidencia?
- ¡Tiene razón! Es mucha coincidencia - gritó otra persona.

Nuevamente aquella multitud se convenció que habían encontrado al culpable.
Como fieras rabiosas, lincharon y quemaron al cura entre alaridos de locura e
insultos. Su cuerpo envuelto en llamas se retorcía en su agonía.
Después de aquel hecho horrible las muertes continuaron. Era una plaga lo que
azotaba aquella zona. En realidad no había un monstruo, había muchos.

lunes, 12 de septiembre de 2011

La plaza de los fantasmas

Hace un tiempo trabajé en el Municipio de mi ciudad. Por razones que no
vienen al caso, terminé cuidando una plaza, por la noche.
Aquella plaza está ubicada en un extremo de la ciudad, frente al cementerio.
La gente que no es del lugar seguramente no la reconocería como una plaza.
A no ser por algunos bancos y cuatro senderos que terminan en las esquinas
de aquella manzana, no hay nada más que la diferencie de una arboleda o un
bosquecillo de pinos.
Los pinos son altos y delgados, y al cruzar el viento entre ellos, se escucha el
característico rumor que crea ese tipo de fronda, similar a un silbido largo, o
a un aullido lejano y lastimoso.

Al caer la tarde fui hasta el Municipio, y desde ahí me llevaron hasta la plaza.
Allí quedé, vigilando un lugar en donde apenas anda gente durante el día, y
en donde al caer la noche nadie se atreve o desea andar, tal vez por estar tan
cerca del cementerio, y por las historias de terror que se relatan sobre aquel
lugar. Mientras recorría aquellas sombras, trataba de alejar de mi mente a los
cuentos de fantasmas que había escuchado, a los relatos sobre apariciones
y luces extrañas, que supuestamente se veían allí.

Esa noche fue muy ventosa. Lo único que escuchaba era el aullido de los
pinos. Había luna llena; pero cada pocos minutos se ocultaba tras unas nubes
que cruzaban en procesión. Sin un foco que la iluminara, por momentos la
plaza quedaba oscura, apenas se distinguía la silueta de los árboles en continuo
vaivén. Cuando salía la luna, aquel lugar se volvía más atemorizante, y en tres
ocasiones vi fugazmente a siluetas humanas surgiendo de las sombras, que luego
desaparecían repentinamente.

Durante la madrugada me senté en un banco. No se como pude dormirme en
aquel lugar pero lo hice. Desperté repentinamente, exaltado, al sentir que
alguien me sacudía los hombros con fuerza. Al abrir los ojos descubrí que
estaba solo, o mas bien, no pude ver a quien me había despertado. Mientras
giraba hacia todos lados tratando de ver a alguien, una voz aterradora, como
de muchas personas hablando al unísono, me susurró al oído:

- Aquí solo descansan los muertos.

Salí de la plaza huyendo como un niño asustado. Ese mismo día renuncie,
era lo que querían mis superiores.
Ahora se que es verdad lo que se cuenta sobre aquel lugar. Allí estaba el
antiguo cementerio de la cuidad.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Terror en la orilla del río

Augusto salió de su provisorio hogar y contempló el paisaje que lo rodeaba.
Atrás y a los costados de la casa había campo, por delante estaba el río, a unas
dos cuadras, muy por debajo del nivel de la casa, que estaba situada en una
colina. El rió era bordeado por una franja oscura de monte, y a esa hora de la
mañana, del agua brotaba una bruma tenue, que envolvía monte y río.
El sol apenas despegaba del horizonte, y las nubes que lo cubrían a medias se
teñían de tonos rosáceos, anaranjados, y dorados.

Augusto tenía treinta y cinco años. No era muy alto pero era robusto, de
hombros anchos y espalda enorme. Su cabeza era angulosa, casi cuadrada,
Sus ojos marrones estaban hundidos entre sus abundantes cejas y sus pómulos.

Después de pensar hacia donde iba a ir, acomodó su mochila en un hombro,
después tomó la pesada bolsa en donde había colocado su comida y la cargó
en la espalda. Mientras descendía por el sendero que bajaba hasta la playa,
divisó un bote a remos, amarrado en la orilla.
Pensó que remar iba a ser mejor que caminar por el borde del monte. Subió
al bote y, con algo de dificultad, lo hizo avanzar hacia donde el quería.
Cuando le tomó el ritmo a los remos comenzó a navegar más rápido.

Había recorrido barios kilómetros cuando vio a un hombre acampando
bajo unos sauces. El hombre tenía aspecto de vagabundo, barba y cabello
crecido y desprolijo, y por su mirada se notaba que no era alguien de fiar.
Augusto cruzó sin saludar, el hombre, que estaba sentado, se levantó y
lo siguió con la mirada.
Bajó del bote unos kilómetros más adelante, en una playa de arenas blancas.
Juntó bastante leña y se dedicó a asar su comida. Pasó la tarde comiendo y
descansando bajo la sombra de monte.

Cuando llegó la noche aún tenía bastante carne ahumándose lentamente
sobre una improvisada parrilla de varas verdes.
Estaba por dormirse cuando escuchó un ruido, algo se movía por el monte.
De repente una sombra surgió de entre los árboles, la silueta de un hombre.
Las llamas del fuego alumbraban débilmente; pero Augusto logró distinguir
que era el hombre que había visto acampando en la orilla del rió, el de
aspecto de vagabundo y mirada siniestra.

El extraño se arrimó hasta el fogón y confianzudamente tomó un gran trozo
de carne y se sentó a comerla. Augusto quedó en silencio, el hombre lo
miraba mientras tragaba la carne. De repente el extraño habló:

- Parece que está asustado compañero ¡Jaja! Está tan calladito. Estoy
precisando algunos pesos. Supongo que alguien que tiene para comprar
tanta carne de chanco, también tiene para darle a un amigo ¡jaja!

El hombre tenía claras intenciones de robarle. Augusto señaló hacia la
carne y dijo:
- No es de chancho.
- ¿Y de que es entonces? - preguntó el hombre.
- Es carne de humano, de la pareja que maté ayer. Pasé la noche en su casa
y hoy me largué.

El hombre se dio cuenta que lo que estaba comiendo era un brazo humano.
Augusto se movió con rapidez y blandió su machete, el extraño no tuvo
ninguna chance de salvarse. Augusto era un caníbal implacable.
Cuando amaneció volvió al río. Su ensangrentada bolsa estaba repleta de
su comida favorita.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El fantasma de la casa

Hace cinco años fui a un congreso de jóvenes, del partido político en que yo
militaba. La gente como yo, que llegaba desde otras ciudades, pasaba la noche
en las casas de otros militantes del partido.
A mi me tocó la casa de un matrimonio de veteranos. La señora era aparentemente
mas joven que su esposo, los dos eran muy amables y serviciales; pero a pesar
de eso, aquel hogar me causaba cierta inquietud, no me sentía muy a gusto.

Pensé que era el aspecto de la casa lo que causaba en mi algo de temor. Bien
podía filmarse en ella una película de terror. En sus paredes grises colgaban
numerosos cuadros: en algunos había jinetes cazando zorros, otros eran de
paisajes, bosques, montañas, ríos que serpenteaban entre praderas.
En una habitación había cabezas disecadas de animales. El hombre las señalaba
y contaba la historia de cada una:

- Este si que me dio trabajo - me dijo el hombre señalando la enorme cabeza de
un jabalí - Pesaba mas de doscientos kilos ¡Una bestia!

Después que me enseño todos su trofeos, aquellas cabezas disecadas, fuimos
a cenar. Mientras comíamos comenzó a llover. El salón en donde estábamos
era grande, tenía unos amplios ventanales, y como sus largas cortinas estaban
abiertas, se veía a la lluvia resbalar por sus cristales.
Mas tarde me llevaron hasta la habitación en donde iba dormir.
Fuera la lluvia seguía cayendo intensamente, acompañada por algunos relámpagos
y truenos.

En la habitación había un enorme ropero antiguo, a un costado de la cama ´
una mesita con una lámpara, y frente a la cama había un gran espejo.
Las almohadas eran tan altas que acostado veía mi reflejo en el espejo, en vez
de mirar hacia el techo. Dejé la luz de la lámpara encendida. Demoré en tener
sueño pero al final me dormí. Desperté no se a que hora de la madrugada, y al
mirar mi reflejo, vi que al lado de la cama, había una enorme criatura de color
negro. Era un perro, tenía pelaje abundante y enmarañado. Me estaba mirando
directamente a la cara. Lo aterrador fue que solo lo veía en el espejo, al voltear
hacia donde estaba no lo veía.

No se cuanto tiempo estuve paralizado por el terror, minutos horas, no lo se,
y todo el tiempo aquel fantasma estuvo observándome, con su hocico cerca
de mi cara. Después de ese tiempo que no puedo determinar, me levante y
cubrí el espejo con una frazada.
Cuando amaneció tenía ganas de salir huyendo de aquella casa; pero como
sus dueños me habían atendido tan bien, no pude rehusarme a desayunar
con ellos. Apenas terminamos el anfitrión de la casa trajo un álbum de fotos.
Enseguida comenzó a mostrarme las fotos de sus cacerías. En una de ellas
reconocí al enorme perro negro que me había aterrorizado durante toda la
noche. Al notar que la foto me interesó, el hombre comentó:

- Ese era mi perro ¡Y que perro que era! Cazador como pocos, y sobre todo
era un excelente guardián. Cuando teníamos huéspedes en la casa, el los
seguía a todos lados, como si los vigilara, pero no los mordía, era un perro
bueno. Lo extraño tanto que a veces tengo la impresión que aún anda
por aquí, vigilando la casa.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

La casa encantada

Héctor trabajaba en una empresa encuestadora. En esa ocasión estaba en un
pueblo pequeño. A el le tocó trabajar en una calle que se apartaba del pueblo.
La calle era un camino de tierra con una sucesión de casitas humildes en uno
de sus lados, y estaban rodeadas de campo y tierra sembrada.
La gente de los pueblos suele ser conversadora, y en cada hogar demoró mas
de lo que esperaba. Cuando llegó a la última casa, el sol ya había descendido
en el horizonte rojizo que se recortaba por encima de una arboleda lejana.

Al salir de la casa pensó que había terminado su trabajo; pero entonces vio
una luz, y alcanzó a distinguir, entre la oscuridad que ya reinaba, el contorno
de otra vivienda que no había notado. Estaba bastante apartada de las otras, al
final de la calle.
Héctor dudó, lo pensó por unos segundos. Terminó decidiéndose por encuestar
aquel hogar también. Aún era muy temprano y se veía una luz encendida.

Golpeó la puerta y esta se abrió con un rechinido de bisagras desengrasadas.
Una anciana apareció en el umbral: tenía los labios muy finos y contraídos,
arrugados, su mentón era diminuto en proporción a su cabeza, la cual era
sostenida por un cuello delgado y anormalmente largo, su pelo gris, caía en
bucles sobre sus angostos hombros. La anciana llevaba una vela encendida
sobre un portavelas que parecía antiguo.
A Héctor le causó mucha impresión el aspecto de aquella mujer, pero lo
disimuló.

- ¡Buenas noches! - saludó Héctor - Discúlpeme si la molesto. Estamos
haciendo una encuesta. Ya estuve en los otros hogares, son solo algunas
preguntas las que le haré, si usted quiere.

La anciana inclinó la cabeza como aprobando, giró, y con paso lento
caminó hacia la sala de la casa. Héctor la siguió.
La sala era iluminada por unas velas dispuestas sobre una mesa. Una capa
de polvo lo cubría todo: a los muebles, al piso, estaba sobre los sillones, y
hacía arquearse hacia abajo a las abundantes telas de araña.
Héctor estaba por hacer su primer pregunta cuando notó que algo se
movía en lo alto del techo. Miró hacia arriba y vio a un anciano gateando
en el techo. Con la espalda hacia el suelo, se movía sobre sus rodillas y
manos, como si la gravedad no existiera para el.

Héctor salió de la casa dando alaridos de terror. Al escucharlo, la gente
de los otros hogares salió a ver que sucedía. Héctor se detuvo al lado de
la gente, después que se calmó un poco les dijo:
- ¡Vi un fantasma! En aquella casa. La señora me hizo pasar, y, de repente,
vi un fantasma gateando en el techo.

Las personas que lo rodeaban se miraron entre si. Un veterano le puso la
mano en el hombro y le dijo:
- Ahora cálmese, ya pasó. Le creemos, esa casa está embrujada desde hace
mucho, no lo comentamos de miedo a que se rían nuestro. Le comento que
usted vio a dos fantasmas, la vieja que vivía ahí murió antes que su marido.

martes, 6 de septiembre de 2011

Entre la niebla

Cuando aumentó la niebla, el tránsito de vehículos disminuyó, haciendo que
aquella ruta se volviera aún más atemorizante.
Gastón caminaba entre aquella densa y envolvente niebla, procurando mantenerse
en la ruta. A esa hora de la noche y con esas condiciones, la posibilidad de que
alguien lo llevara hasta la cuidad más próxima, era muy escasa. No tenía otro
remedio que seguir caminando.

Gastón iba en busca de trabajo. Cargaba sus pertenencias en una mochila, y en
la mano llevaba una linterna, para que los vehículos lo vieran.
La niebla que lo rodeaba era tan espesa, que hasta le costaba seguir la línea
blanca de la carretera. No veía nada mas allá de tres metros. La noche estaba
silenciosa, muda. Ignoraba lo que había a su alrededor, la niebla lo cubría todo.

De repente vio que algo salió de entre la niebla. Se deslizaba sin hacer el menor
Ruido, como si flotara. Era la figura de una mujer, blanca como la misma niebla.
Su holgado vestido ondulaba igual que su cabello. Se movía de forma fantasmal.
Cruzó delante de Gastón y lo miró al pasar. Sus rasgos eran borrosos y grotescos,
su boca era negra y la movía como si estuviera hablando.
Después que Gastón la vio fundirse en la niebla, desaparecer, sintió tal terror,
que comenzó a correr desesperado; pero tras unas zancadas, sintió que el
terreno bajo sus pies desaparecía, y callo al vacío.

Lo encontraron en el fondo de un barranco, durante el día. Tenía el cuello roto.
Fue otra víctima de la niebla, y de lo que se esconde en ella.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Al lado de la casa embrujada

Hugo trabajaba en una fábrica de pastas, en el horario nocturno.
Cuando llegó la media hora de descanso, fue a hasta un patio interior
que había detrás de la fábrica; en donde los empleados iban a fumar.
Esa noche nadie lo acompañó, los demás salieron a la calle, buscando la
brisa nocturna.
Hugo estaba solo, con sus pensamientos y su cigarro. El patio estaba
pobremente iluminado por un par de tubos de luz que estaban en lo
alto de la pared del local. Unos muros grises separaban el patio de otras
propiedades: por un lado un terreno baldío, el muro del fondo daba a
unas viviendas a medio terminar, y en el otro lado había una gran casa
abandonada.

Mientras echaba unas bocanadas de humo, contemplaba el enjambre de
insectos que pululaban en torno a los tubos. De repente sintió que algo lo
golpeó, y una piedrita rodó por el patio, alguien se la había arrojado.
Instintivamente miró a su alrededor, y vio como otra piedra volaba hacia él
desde el muro que daba a la casa abandonada. Esta vez el proyectil no le dio,
le pasó rozando y después rodó por el patio.

- ¿Quién es el gracioso que está tirando piedras? - gritó Hugo - ¡Si tiran otra
voy hasta ahí y nos vamos a ver la cara! - amenazó.
Apenas terminó de hablar arrojaron otra piedrita.
- ¡Ahora van a ver! - dio un salto y se colgó del muro. Estaba por saltar al
otro lado cuando un compañero que llegaba hasta el patio, al verlo le gritó:
- ¿Qué estás haciendo? ¡Bájate de ahí! ¡Esa casa está embrujada!

Aquellas últimas palabras fueron las que hicieron que Hugo desistiera y
bajara del muro. Su compañero le volvió a hablar:
- No es bueno andar solo por aquí, te lo digo por experiencia. ¿Por qué
ibas a saltar, escuchaste que te llamaban? A mi una vez me pasó eso.
- No, yo no escuché nada. me estaban tirando piedras… - cuando Hugo fue
a señalar una de las piedras, notó que ya no estaba, buscó las otras pero
tampoco las encontró, habían desaparecido, o nunca existieron.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Una voz en la oscuridad

Marisa se despertó al escuchar que su anciana madre la llamaba.
Se tiró de la cama, aún media dormida, y fue hasta el cuarto contiguo donde
dormía su madre. Entró a la habitación oscura. A tientas se acercó a la cama.
A su madre le molestaba que encendieran la luz, a menos que ella lo pidiera.

- ¿Para que me llamaste Mami? - preguntó Marisa entre bostezos.
- Creo que tengo fiebre - le contestó una voz temblorosa.

Para colocar el dorso de su mano en la frente de su madre: tanteó la pared,
luego el respaldo de la cama, la almohada, y así siguió hasta dar con la cabeza;
pero inmediatamente se dio cuenta que aquella no era la cabeza de su madre,
era mucho mas grande y tenía el pelo crespo y enmarañado. Repentinamente
recordó que su madre ya había muerto, y que ahora vivía sola.


viernes, 2 de septiembre de 2011

La historia de terror

Muchos años atrás, fui integrante de los Boy Scout de mi ciudad.
En una de nuestras salidas acampamos en el monte. Al llegar la noche nos
sentamos en torno a la fogata. A uno de los novatos se le ocurrió contar
historias de terror. El ambiente era el ideal para narrar cosas espeluznantes.
Alrededor nuestro el monte estaba muy oscuro, y cada tanto se escuchaban
ruidos de ramas, como si alguien las apartara al andar, o las zarandeara.
Contrariamente a lo que creen muchos, es mas fácil asustarse en grupo.
Después de algunas historias, los ruidos en el monte parecieron aumentar, y
hasta hubo alguien que creyó ver a una silueta deforme cruzar agazapada
entre los árboles.

No es fácil de explicar, estábamos asustados pero a la vez emocionados.
Cada historia nos causaba una mezcla de emociones; tanto reíamos como
quedábamos muy serios. Yo examinaba los rostros de mis compañeros,
iluminados de forma irregular por las llamas de la hoguera. Todos en
Algún momento voltearon y miraron hacia la oscuridad, como si hubieran
escuchado algo, después volvían a prestar atención al relato de terror.

Uno de los líderes, que eran tres, nos contaba una historia particularmente
aterradora, que nos mantenía expectantes y mudos, cuando de repente
escuchamos un grito, un alarido que resonó por todo el monte.
Luego oímos una serie de carcajadas por demás siniestras.
Nos paramos e instintivamente nos acercamos más al fogón.
- ¡Que nadie salga corriendo! - gritó uno de los líderes - ¡Hay que mantenerse
juntos! ¡Enciendan sus linternas!.

Lo que lanzaba las carcajadas rodeaba el campamento, moviéndose a gran
velocidad entre aquella maraña de ramas espinosas, algo imposible para
un ser humano.
Aquellos ruidos nos aterraron por un rato y luego cesaron. Nos mantuvimos
Juntos, al lado del fuego. Apenas amaneció nos marchamos.
Esa noche no alcancé a contar mi historia. Aún no llegaba mi turno cuando
escuchamos aquellos gritos y carcajadas. Lo extraño, es que tenía pensado
relatarles exactamente lo mismo que nos ocurrió.





El templo oscuro

Umberto miraba por la ventanilla del camión. A ambos lados del camino se
elevaban altos cerros, con sus cimas de piedra o coronados por pequeñas
arboledas. El camino polvoriento serpenteaba por aquel paisaje imponente
y desolado. Algunos rebaños de ovejas pastaban dispersos entre aquella
vastedad, que tanto inspiraba asombro como melancolía.

- Me pregunto que habremos hecho para que nos manden aquí, en medio
de la nada - le comentó Umberto al chofer del camión.
- No es eso ¡Jaja! La gente de esta zona hace tiempo que le reclama al
Municipio que derribe esa casa. Alguien tenía que hacerlo.
- A mi me dijeron que era una capilla abandonada - dijo Umberto.
El camión cada tanto cruzaba por encima de algún pozo o bache, y los
hacía saltar de sus asientos. Los trabajadores que iban detrás, maldecían
al ser sacudidos por el camión.

- Los del pueblo creían que era una Capilla o Iglesia - siguió diciendo el
camionero - Pero parece que la Iglesia no tiene nada que ver con esa casa.
No tienen registros de que ahí hubiera una capilla. Lo raro es que los del
pueblo dicen que hasta curas había, aunque no daban misa ni dejaban entrar
a la gente. Lo más probable es que fuera algún tipo de secta o algo de eso.

Finalmente llegaron al pueblo, que no era mas que unos caseríos agrupados
a los lados del camino. Averiguaron donde estaba la casa y doblaron por
otro camino, este cubierto de pasto, por la falta de circulación.
Cuando pararon frente a la casa, Umberto observó que esta estaba bastante
alejada del último grupo de casas, entonces preguntó:

- ¿Porqué quieren que la derrumbemos? Pensé que estaba al lado de otras
construcciones, y que había peligro de derrumbe; pero está alejada, y además
en buenas condiciones.

El camionero le contestó con otra pregunta.
- ¿Te digo la versión oficial o la verdad?
- La verdad.
- Quieren que se la derrumbe porque está embrujada. Si, embrujada, ¿Qué te
parece el trabajito que nos dieron?
- Pues vamos a derrumbarla entonces - contestó Umberto - Pero espero que
esta no sea la casa del Diablo ¡Jaja!

Lo primero que hicieron fue entrar para cerciorarse que nadie la estuviera
ocupando. El interior estaba envuelto en penumbras. La luz del día apenas se
filtraba a través de los gruesos cristales escarchados de una angostas ventanas.
Umberto y otros dos trabajadores ingresaron a lo que parecía ser un templo.
En el fondo tenía una especie de altar, y en el se distinguía vagamente una
silueta. Los tres se detuvieron al mismo tiempo, impactados por aquella figura
que se erguía en la penumbra. Cuando encendieron una linterna y la iluminaron,
su impresión fue aún mayor; se estremecieron y retrocedieron un paso.

Umberto notó que aquel ser espantoso no se movía. Los otros estaban a punto
de huir cuando le dijo:
- ¡Es una estatua! Muchachos, es una estatua, o un muñeco, no se mueve.

La cabeza de la estatua era alargada como la de un caballo; pero tenía cuernos.
Evidentemente era una imagen del Diablo, y en aquel templo lo veneraban.
A pesar de darse cuenta que no era algo vivo, los trabajadores salieron corriendo.
Umberto los siguió de atrás, no quería quedarse solo en aquel espantoso lugar.
Estaba por salir del templo cuando volteó y vio como la estatua se movía y agitaba
sus brazos y la cabeza.
Eso fue lo último que vio. salio de la casa completamente ciego.