lunes, 20 de octubre de 2014

La puerta

Me invitaron a un club de literatura de terror; desde esa noche cambié, pues se abrió una puerta que ya no se volvió a cerrar.
La idea me pareció una interesante forma de desperdiciar un fin de semana. “Pasar horas comentando libros junto a unos aspirantes a literatos, que emocionante…”, pensé, lleno de sarcasmo, cuando Paola me invitó. Pero como recién la conocía me pareció que lo mejor era ir. 
Al hacerse noche creí que me iba a salvar de la aburrida velada, porque empezó a llover muy fuerte, pero al llamarla ella dijo que las condiciones eran ideales. Tuve que conducir bajo la lluvia. Ella me iba a esperar en la casa indicada. 
Las calles ya estaban medio anegadas de tanto que llovía, y los otros vehículos pasaban arrojando agua hacia los costados, mientras el limpia parabrisas del mío era derrotado por la pared de agua que chocaba contra la ciudad. Vistas desde la cabina, las luces de las calles se borroneaban un poco y proyectaban haces hacia los costados, efectos de la intensa lluvia.   Después desemboqué en una zona suburbana sin luz, y noté que relampagueaba intensamente.   
Unas fachadas de aspecto antiguo aparecían por instantes cuando todo se aclaraba por los relámpagos. Nunca antes había estado en aquella parte. Me pareció que las viviendas de allí estaban abandonadas. Al leer un herrumbrado cartel, frené el coche; la casa tenía que estar por allí. Cuando miré hacia un costado, me saludaban con la mano desde una ventana, era Paola. 

Atravesé la vereda y el patio de la propiedad bajo un paraguas que el viento me quiso arrancar. Estaba por alcanzar el umbral de la puerta cuando explotó un rayo y la fachada se iluminó con una luz blanca. Parecía ser la mas antigua de la cuadra. 
Entré a una habitación muy amplia iluminada con velas y un farol que ardía en el centro de una mesa redonda. Paola me presentó a cuatro personas, dos mujeres y dos hombres. Todos me miraban sonriendo y parecían estar muy emocionados.  Uno de los tipos, un veterano calvo con barba de candado, me preguntó al estrecharme la mano: 

- Usted es descendiente de Melisa Strauss, ¿no es así? 
- Sí, venía a ser mi bisabuela por parte de padre. ¿Usted cómo sabe? -lo interrogué. 
- Su bisabuela fue una famosa espiritista, y su familia es conocida en algunos círculos. 
- Sé que era medio curandera o algo así, pero que yo sepa, mas nadie en familia se ha dedicado a eso. 
- Era espiritista, no curandera, y fue muy conocida -afirmó de nuevo. 

Su respuesta no explicaba cómo sabía que yo era descendiente. Aunque hubiera escuchado o leído mucho sobre mi bisabuela, no entendía cómo me había asociado a ella, porque el apellido que mi bisabuela usaba no era el de la familia. Para conocer aquello tenía que haber investigado. Pensé que tal vez Paola lo había hecho, no podía ser casualidad. 
Ella ahora evitaba mi mirada.  Me sentí incómodo entre aquella gente. 
Me invitaron a sentarme, nos acomodamos en torno a la mesa redonda. En un costado de esta había algunos libros. Paola me dio uno, era de cuentos de terror. Al parecer tenían una mecánica diferente en aquel club literario, y no iban a comentar nada, solo iban a leer. Sé que en esos grupos también leen juntos, pero aquello me resultó un poco extraño.   Todos parecían fascinados con mi presencia, pero cuando los miraba desviaban la mirada, como si quisieran disimularlo. Que situación mas incómoda. Y todo iba a empeorar. 
Las llamas de las velas que ardían sobre la chimenea y encima de unos muebles cada tanto se inclinaban todas hacia un lado, como empujadas por una misma ráfaga, y al hacerlo las sombras se movían también. La llama del farol que teníamos sobre la mesa creaba unas sombras inmensas y deformadas en las paredes. Y fuera la tormenta rugía, bufaba y metía luces de relámpagos por las ventanas. Todo aquello formaba una noche horrible, y hacía mas tétrico el ambiente en el que nos encontrábamos. 
Unos cuantos minutos después de comenzada la lectura, mis acompañantes parecieron concentrarse y ya no miraban hacia ningún lado que no fuera su libro. Observándolos disimuladamente noté que todos tenían el mismo libro, solo yo tenía uno distinto. ¿Qué estaban leyendo? No los vi cambiar de página, y por el movimiento de sus ojos parecían volver a la misma línea una y otra vez. Cuando empezaron a murmurar me di cuenta. ¡Que tonto había sido al no descubrirlo antes! ¡Aquello era una sesión espiritista!  
Me iba a levantar cuando vi que estábamos rodeados. ¡¿De dónde habían salido aquellas personas?!  
Paola pareció notar que yo veía algo y se los informó a los otros. Voltearon hacia todos lados y después empezaron a preguntarme: 

- ¿Qué ves? ¿Son muchas personas? ¿Cuántos son, cómo están vestidos?

Todos me hacían preguntas así. De un momento a otro hubo mas presencias allí. Ahora estaban por toda la habitación: eran hombres y mujeres de variadas edades, también había niños, y todos vestían ropas antiguas. Lo mas aterrador fue notar el semblante de sus caras; todos parecían estar muertos, y lo estaban, eran apariciones. 
Las llamas de las velas se sacudían y las sombras temblaban alocadamente. Los otros parecían no ver a los que nos rodeaban, pero evidentemente notaban aquel viento frío que exhalaba desde varias partes de la habitación. Miraban en derredor y se miraban entre ellos con una expresión de asombro y emoción. ¡Malditos locos! Para ellos era emocionante porque no veían aquellos rostros empalidecidos por la muerte.   
Cuando las apariciones empezaron a moverse hacia la mesa sin dar un solo paso, el terror me empujó hacia la salida, y a las zancadas llegué a mi vehículo. 
No existía ningún club de lectura, y Paola solo se había acercado a mí porque sabía que era descendiente de una poderosa espiritista. No sé cómo supieron que yo tenía aquel “don”, porque ni yo lo sabía. Tal vez lo averiguaron aquella noche. Lo cierto es que desde esa vez veo espíritus, y si no encuentro la forma de cerrar esa “puerta”, los veré hasta el fin de mis días. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Guerra zombie

Allá adelante se extendía un campo lleno de pozos y muertos: era un campo de batalla. 
En las inmundas trincheras, como ahora había menos hombres pasando por ellas, el barro del suelo se había congelado, también la sangre que se mezclaba en él . No muy lejos de las trincheras humeaban unos gases amarillentos que se extendían sobre los cadáveres cual niebla. Por ese escenario pesadillesco se desplazaba Adam, vigilaba un extremo de la trinchera. 
Se detuvo en uno de los recodos de aquella canaleta para sentarse un rato. Al darse cuenta de algo levantó con la mano el casco para mirar mejor hacia arriba. Algunas bandadas de cuervos revoloteaban entre graznidos agudos por el cielo velado, mas ninguno descendía hacia el campo de batalla. Como el rugir del combate había cesado hacía mas de una hora, esto le pareció un poco extraño, porque normalmente las oportunistas y macabras aves recorrían el campo apenas la actividad menguaba. 
Para averiguar la causa, tras colgar su fusil en el hombro trepó por las bolsas llenas de tierra que formaban las paredes de las trincheras. Se asomó con cautela.  El humo amarillento ahora cubría casi todo. Aquella tenía que ser la causa.  Volvió al suelo congelado y a su ronda. 

En el recodo mas alejado se topó con algo que no esperaba.  Había sobrevivido a varias batallas, y en ellas visto muchos horrores, pero esto superaba a todo. 
Un soldado mordisqueaba vorazmente el brazo de otro, sacudiendo la cabeza como un perro para desprender trozos; el brazo ya casi no tenía carne. Cuando el soldado giró la cabeza hacia él con un gruñido, Adam le apuntó. No disparó enseguida porque aquel vestía su mismo uniforme, además su apariencia lo impresionó horriblemente: los ojos blanquecinos, el labio inferior caído, la piel de la cara holgada, nada de eso era nuevo para él, pero esos rasgos correspondían a una persona muerta, y aquel soldado se movía y lo estaba mirando fieramente. 
Cuando el muerto andante avanzó hacia él, le disparó en la cabeza.  El disparo alertó a unos compañeros, y cuando llegaron corriendo a la escena, lo contemplaron sorprendidos:

- ¿Por qué le disparaste a ese cuerpo? -le preguntó uno. ¡¿Qué no ves que es uno de los nuestros?! Y, ¿por qué dispararle? 
- No estaba muerto, bueno… si parecía estarlo, pero se movía, y estaba comiendo eso, ¿lo ven? He intentó atacarme. Es la verdad. 

Ahora los soldados lo miraron con algo de lástima; lo creían loco.    Cuando un sargento se hizo presente, enseguida reafirmó esa sospecha, y marcharon con Adam bajo arresto. Estaría así hasta que algún superior decidiera qué hacer con él.
Lo llevaron a una parte de la trinchera que tenía techo; donde planeaban los ataques y defensas.   Adam no insistió con su historia pues él apenas creía lo que había visto, no tenía caso insistir. Como fuera su situación era muy mala. Si creían que él había armado aquello para hacerse el loco y así escapar de su deber, lo iban a fusilar, y si lo creían sincero no lo iban a mandar para su casa solo por estar algo mal de la cabeza, lo mas probable era que en la próxima batalla lo pusieran en la primera línea (donde ninguno se salvaba). Sus posibilidades de salir bien eran pocas. Se resignó al pensar que a otros les había ido peor, demasiada suerte había tenido hasta el momento. 
Le pusieron un guardia, un muchacho muy joven al cual el casco le bailaba en la cabeza, y Adam no tuvo otra cosa que hacer mas que esperar sentado en aquel lugar de techo tan bajo.    Se disponía a dormir un poco cuando escuchó unos gritos; le advertían a alguien que no avanzara mas, después empezaron los disparos.   Inmediatamente se dio cuenta de que solo sus compañeros disparaban. ¿A qué enemigos estaban enfrentado? ¿Por qué no les disparaban a ellos? Al recordar al soldado muerto comprendió.  
Su joven guardia no sabía si salir o quedarse a cumplir la orden que le dieran; si fuera una opción sin dudas se marcharía muy lejos de allí.  Un sargento apareció en la entrada y les ordenó salir. El sargento le devolvió su fusil y la bayoneta a Adam. 

- ¡Disculpe, soldado! -le gritó de muy cerca, la balacera era infernal -. ¡Usted dijo la verdad! ¡Vea ahora! 

Adam se asomó sobre la pared de la trinchera. Todo un ejército de zombies, con uniformes de ambos bandos, se arrastraban, rengueaban o corrían hacia ellos. Eran una marea imparable. Las balas agujereaban los uniformes, les abrían boquetes, pero los zombies seguían avanzando como fuera. Algunos caían al ser alcanzados en la cabeza, y los otros los pisoteaban o tropezaban con ellos, pero la horda no se detenía. 
Pronto alcanzaron la trinchera y empezaron a caer en ella como si los vertieran allí.
Adam derribó a varios a culatazos y con la bayoneta, pero eran muchos. 
Cuando atrapaban a un soldado, varios zombies se apiñaban sobre él, y como cuando una jauría ataca a una presa, lo hacían trizas.    En medio de aquella escena grotesca, infernal, resaltó sobre todos los horribles gritos el ruido de muchos aviones. Cuando Adam levantó la vista, tras acertarle un culatazo a un zombie, vio que desde el cielo caían un montón de objetos: eran bombas. “Aquí llega el final”, pensó, aliviado por tener la certeza de que no iba a terminar como los otros, después todo explotó. 
En otro lugar, lejos de allí, en una reunión secreta, un general dio un puñetazo en la mesa: 

- Ese gas suyo es un peligro para todos, doctor -le reprochó enérgicamente a uno de los presentes.  
- ¿Desea que el proyecto termine aquí? -le preguntó el doctor, y se acomodó las gafas.
- ¡Por supuesto!
- Entonces, ¿no debe quedar nada de la substancia? 

Ante esa pregunta, los que estaban allí voltearon hacia el general; este miró hacia abajo al contestar, y lo hizo en voz baja. 

- Es mejor guardar una muestra. Tal vez en el futuro corrijan nuestros errores y sea útil. Pero si no es así o pasa algún accidente, que Dios nos ayude. 

El doctor hizo una mueca de desagrado al escuchar aquel nombre, después sonrió levemente, y se acomodó sus innecesarias gafas. Él veía muy bien, veía incluso las almas de los allí presentes. 


jueves, 16 de octubre de 2014

Los del pueblo

El caserío tenía que desaparecer.  Se había vuelto un dolor de cabeza para el municipio, pues la zona se inundaba seguido. Cuando había creciente, los pobladores de aquel lugar eran los primeros en ser evacuados, y después eran los últimos en volver a sus hogares. Y entre crecida y crecida esa gente reclamaba que los reubicaran definitivamente, que les dieran viviendas en otro lado. 
Cuando finalmente les construyeron unas viviendas cerca de la ciudad (el caserío estaba en una zona muy apartada), para sorpresa de todos, los pobladores de allí se mostraron reacios a irse, e incluso a hablar con los del municipio. ¿Por qué se mostraron tan ariscos?, nadie lo entendió, pero finalmente todos se marcharon una noche. 
Al quedar vacío el caserío procedieron a demolerlo, porque de quedar en pie existía la posibilidad de que otra gente adoptara aquellos hogares, y volverían los problemas. 
Entre los trabajadores encargados de cumplir esa tarea estaba Claudio. Él manejaba una excavadora mecánica.  
Las máquinas llegaron temprano por la mañana, y al declinar la tarde ya no quedaba ni una edificación en pie. Las mismas inundaciones habían debilitado tanto aquellas estructuras que apenas las forzaban las paredes caían como piezas de dominó. 

Pero no todo el trabajo era tan censillo.  El caserío contaba con su propio cementerio, y había que reubicar también a sus ocupantes.  Los encargados de ese trabajo enseguida notaron que en el cementerio en cuestión no solo enterraban gente de allí, porque eran muchas las tumbas. Y hacia el final de la tarde hallaron otra cosa extraña. Según los papeles, hacía mucho tiempo que no se enterraba a nadie allí, sin embargo encontraron cuatro cuerpos que parecían muy recientes.   Eso detuvo la tarea. Ningún capataz quiso hacerse cargo. Algo allí no estaba bien, y nadie quiso arriesgar su puesto llevando al cementerio de la ciudad cuerpos con dudosos o inexistentes registros de defunción. 
Se hicieron muchas llamadas, en la ciudad hicieron mas consultas, sin aclararse nada, y como ya se acercaba la noche dejaron el asuntó así. Al otro día se iba a hacer una investigación. Esas cuatro tumbas quedaron abiertas, y sus ocupantes no fueron movidos de los cajones. 
Retiraron del lugar a casi todas las máquinas, dejando solo una excavadora para tapar las tumbas al otro día. 
Aunque no creían necesario, alguien tenía que quedarse a cuidar la máquina. El capataz se lo pidió a Claudio: 

- No es para vigilar -le aclaró el capataz-, si por aquí no anda nadie. Es pasar la noche nomás, dentro de la máquina hasta cómodo puedes dormir. Mañana llegamos a primera hora, y vamos a ver qué se hace con esto. Es algo muy irregular… 
- Sí, me quedo. Si me cuentan esas horas como trabajo…
- Claro, figurarían como horas extras. ¿Te quedó algo del almuerzo? No importa, en la conservadora quedó algo. Hasta mañana. 
- Con eso me da. Hasta mañana.

Y un rato después el último vehículo se hundió en el camino, dejándolo solo. Las sombras ya se habían extendido por todos lados, y el silencio que es el rey en el campo impuso su autoridad.   El arroyo que había en el bajo, el causante de las inundaciones, ahora corría oscuro y silencioso frente a un montón de escombros que la noche quería esconder.  
Mientras comía un sándwich dentro de la cabina de la máquina, Claudio se dio cuenta de que no iba a ser fácil pasar la noche allí, y el dinero de las horas extras ya no le pareció gran cosa. 
El cementerio estaba en una posición mas elevada, y si la noche no se hubiera presentado tan oscura, desde la cabina vería un horizonte de lápidas. Pensó que era mejor así, peor sería ver aquel deprimente lugar. 
El asiento de la máquina era cómodo pero el sueño no quería venir, y no era porque se sintiera solo, hubiera preferido sentir eso a estar pensando que a escasos metros de él había cuatro muertos.    Logró dormir cerca de la medianoche. 
Cuando despertó de madrugada, la oscuridad absoluta se había deslizado hacia otro lugar porque ahora se elevaba en el cielo una Luna menguante. Al mirar hacia el frente vio el horizonte de lápidas, y no solo aquellas figuras se recortaban allí, también había una silueta humana.  Era un hombre que apenas se mantenía en pie, y tambaleándose giraba la cabeza como desorientado. Después la figura humana se alejó unos pasos, se detuvo y volvió a girar la cabeza. 
Tras la horrible impresión inicial que lo impactó al ver aquella figura, luego Claudio deseó que aquella cosa se fuera. No había visto a ninguno de los sepultados, él había trabajado en el caserío, pero tenía claro que aquella figura era de uno de los muertos, no podía ser otra cosa, era un muerto que se había levantado. 

Claudio quedó inmóvil en su asiento, respirando lo menos posible para no llamar la atención del muerto. Deseaba que se fuera, que se siguiera alejando, que tomara otro rumbo.  Si aquella cosa volteaba hacia él no sabía qué hacer.
La figura fijó la cabeza en el rumbo que había tomado y siguió avanzando. Claudio le estaba agradeciendo a todos los santos cuando de pronto golpearon la puerta de la cabina, y se le escapó un grito. Enseguida golpearon el otro lado, y un tercero apareció por el frente. La luz de la Luna era suficiente para que se notaran sus rasgos de murciélago: eran vampiros. Los vampiros empezaron a golpear con fuerza, y el cuarto que se estaba alejando volteó hacia el ruido y se unió a sus compañeros. 

- ¡Tenemos hambre! -empezaron a gritarle-. ¡Hambre, hambre…! 

Cada vez sonaban mas desesperados, mas furiosos. La cabina no iba a aguantar mucho mas.   Claudio, desesperado, encendió la máquina con la esperanza de espantarlos así, pero los vampiros estaban muy hambrientos. 
Retrocedió a la mayor velocidad que pudo hacerlo la máquina y empezó a manipular el brazo de esta. Cada movimiento del poderoso brazo mecánico era acompañado de un grito de Claudio, pero aquellos no eran gritos de terror, eran los de alguien que lucha por su vida.  
La máquina representaba un enorme peligro para los vampiros, pero el hambre aún no los dejaba pensar. 
Claudio lanzó un último grito enloquecido, este de victoria, y quedó fatigado por la emoción en la golpeada cabina. Fuera había cuatro vampiros aplastados. 
Cuando por la mañana llegaron sus compañeros quedaron con la boca abierta de asombro. ¿Qué había pasado allí? 
Aunque se fue en una camioneta policial Claudio iba sonriendo. Que le importaba que le hicieran mil preguntas, y que no le creyeran, ni perder el trabajo le importaba, lo único importante era que estaba vivo, todo lo demás podía irse al diablo. 
Cuando recuperó su estado emocional corriente, y eso fue dos días después de aquel aterrador hecho, reflexionó sobre el asunto. Había cuatro vampiros en el pequeño cementerio de un caserío, ¿cómo había pasado eso? ¿Dónde estaba el vampiro que los atacó? ¿Serían forasteros? Muchas preguntas se le plantearon a la vez. Luego recordó algo. Los del caserío habían actuado raro, ni querían salir de sus casas cuando fueron a buscarlos, y cuando finalmente lo hicieron ya estaba de noche. La verdad se le presentó de golpe: no querían salir de día porque ya todos eran vampiros. Y ahora habitaban cerca de la ciudad. 

lunes, 13 de octubre de 2014

En un lugar que conozco

Enseguida noté el terror en la cara de aquella mujer. En el costado de la calle también había otra señora, y estaba llamando a la policía con su celular. 
Ese día regresaba de mi diaria caminata, ya estaba oscureciendo. La mujer me interceptó frente a una arboleda que en esos años todavía sobrevivía en una de las esquinas de mi barrio. Lucía asustada o muy preocupada, pero a pesar de su aparente estado mental noté que me analizó un instante. Yo quedé parado, sin saber qué decirle. Finalmente ella habló: 

- Disculpe, señor. ¿Me haría un gran favor? ¡Estoy desesperada! 
- ¿En qué puedo ayudarla? -le pregunté. 
- Es Andrea, mi hija. Recién estaba aquí. Me detuve a conversar con esta señora -señaló a la que llamaba por celular-. Andrea estaba aquí, a mi lado, y no sé en qué momento y cómo desapareció. ¡Por dios! Supongo que está entre esos árboles, pero la buscamos y no la encuentro, y no responde. ¿Es muy grande este bosque? ¿Usted lo conoce? ¿Me ayudaría a buscarla? Por favor… Ya llamamos a la policía pero todavía no llegan. ¡Andreaaa! No responde. 
- Conozco esta arboleda de memoria. ¿De qué tamaño es su hija? 
- Tiene seis, es así. 
- ¿Quiere venir conmigo o la busco solo? 
- Tengo mala vista y ya no veía casi nada ahí. Si pudiera ir usted…

Unos segundos después caminaba entre los árboles. Las luces de la avenida ya se habían encendido, pero como creaban muchas sombras solo servían para confundir. 
Al lugar lo conocía sobradamente. Desde la niñez había perdido muchas horas en él, ya fuera trepando un árbol, tirando piedras con la honda (tirachinas) o simplemente vagando por sus senderos. Algunos amigos solían acompañarme, y les gustaba aventurarse allí, pero éramos la minoría, porque la mayoría de los muchachos del barrio rehuían a sus sombras.  Esto era porque muchos padres prohibían a sus hijos andar allí porque se contaban muchas historias de terror sobre el lugar. Algunos desobedientes que se atrevían a ir igual casi siempre se terminaban asustando por cualquier cosa, y crecían las historias. Y había otro factor disuasivo; la dueña del lugar, una anciana con apariencia de bruja, solía gritarle a todo el que anduviera en su terreno. Como apenas caminaba, no se movía del fondo de su casa (que estaba en aquella arboleda), por eso mis amigos y yo pronto aprendimos a ignorarla.  Como no veníamos de familias supersticiosas, para nosotros solo era una vieja cascarrabias.  Ella intentaba asustarnos blandiendo y golpeando su bastón contra el suelo, mas esa intimidación no funcionaba con nosotros. 

Éramos adolescentes cuando esa señora murió. En el fondo del terreno le hicieron un panteón.    Con fama de embrujada y ahora con un panteón (el de la vieja que asustaba a casi todos), la arboleda prácticamente pasó a ser nuestra. 
Con mas edad ya no iba al lugar a jugar, pero siempre que podía lo atravesaba para cortar camino.  Con los años la fueron talando, pero cuando me sucedió lo que les cuento todavía conservaba buena parte de sus árboles. 
Mientras buscaba a la niña no pensé en nada de eso. Lo que me inquietaba un poco era la posibilidad de que aquello fuera una trampa.    
Aunque aparentemente estaba muy nerviosa, la supuesta madre me había examinado de pies a cabeza, aunque por un momento breve. ¿Solo quería cerciorarse de que yo era alguien de fiar, por lo menos por mi apariencia, o estaba evaluando a una posible víctima? Bien podían tener un cómplice o a varios entre los árboles. Si era así pensé que había caído como un tonto. De todas maneras tenía que buscar.   Me dio algo de seguridad un bulto que llevaba en el bolsillo. En mis paseos he tenido malas experiencias con perros, y desde la primera vez nunca ando sin algo que me pueda ayudar en un apuro. 
Ya en medio de la arboleda grité el nombre de la niña, no escuché ni un ruido. Por lo menos eso descartó lo del asalto.  Las sombras cada vez se ennegrecían mas. Como tengo mucha experiencia en la naturaleza y de noche, pude seguir buscando con bastante confianza. 
De repente escuché como un cuchicheo, eran dos voces. Una parecía infantil y de niña; la otra era temblorosa y áspera, como la de una anciana. Avancé hacia las voces. Salí a unos metros del panteón, la niña estaba frente a él. Busqué con la vista pero no vi a mas nadie. 

- ¿Andrea? Tu madre me pidió que te buscara. Está allí en la calle. ¿Estás bien?
- Sí, pero no quiero entrar  a esa casita, está muy oscura. 
- ¿Quién te pidió que entraras ahí? -le pregunté, y miré de nuevo hacia todos lados.
- La señora que vive ahí -y señaló con el brazo el panteón. 

Escuchar aquello tuvo casi el mismo efecto en mí que una descarga eléctrica. Tomé a la niña de la mano y la alejé del lugar.  Apenas le dimos la espalda al panteón, escuché un ruido que enseguida reconocí: era el de un bastón golpeando el suelo. 
Cuando salimos en la calle la madre se abalanzó hacia la niña y la levantó en brazos, llorando de alegría. Después no paraba de agradecerme. En ese momento llegó la policía.   Como la niña ya estaba con la madre y bien, dieron por resuelto el asunto, aunque supongo que si eso hubiera pasado en otro lado sin fama de embrujado, los agentes hubieran investigado mas.  Por mi parte, desde esa vez no cruzo ni cerca de aquel terreno.