cuentos de terror

cuentos de terror
cuentos de terror cortos

jueves, 28 de agosto de 2014

Payasos en Halloween

La música se desparramaba por el salón lleno de figuras y rostros grotescos. Máscaras de brujas, zombies y monstruos conocidos del cine se entreveraban en aquella fiesta mientras danzaban. No faltaban las personas disfrazadas de súper héroes, piratas, doncellas y otros cliché. Era Halloween.
Enrique se había disfrazado de payaso. Le parecía que era algo bastante original. Creyó que era así cuando recorrió todo el salón y no vio a nadie que se le hubiera ocurrido la misma idea.  
La fiesta estaba por demás divertida; todos bailaban, reían bajo las máscaras, no faltaban las bebidas, y por la forma en que lo había mirado una “vampiresa”, Enrique estaba convencido de que aquella noche iba a ser inolvidable. 
Se fastidió un poco cuando entre la multitud vio a otro payaso, y el disfraz de este era mucho mejor que el suyo.  No se distinguía si era una máscara o un maquillaje muy bueno lo que tenía en el rostro, pero de todas formas resultaba aterrador.  El payaso avanzaba entre la gente. Algunas mujeres que lo vieron de pronto se espantaron en un primer momento, para luego echarse a reír. “¡Que buen disfraz!”, decían algunos. El payaso no hablaba, solo los miraba sonriendo fieramente. Esa actitud terminó incomodando a mas de uno, y de a poco fueron dándole espacio. 

Cuando Enrique se encontró con él, el payaso lo miró un instante como evaluándolo, después hizo un gesto claro de desagrado y siguió por el salón.   Poco rato después apareció otro payaso igual de aterrador que el primero. Y de pronto se vio a otro, y ahora eran varios los que recorrían el salón. Por el parecido de los atuendos y de las caras se notaba que formaban un grupo.  Andaban por la fiesta mirando a todos, y cada vez eran mas los que se sentían incómodos con sus miradas inquisitivas. 
Enrique se acercó a una ventana que daba a un patio interior. Estaba lloviendo. La música había ocultado el progreso de una tormenta. El patio se iluminaba constantemente con los relámpagos. 
Ya no tenía ganas de permanecer allí, algo le decía que aquellos payasos iban a traer problemas. Ahora sentía que sus entrañas se retorcían, era, miedo, ¿pero miedo de qué? 
Cuando fue hacia la salida, dos payasos estaban frente a la puerta. Les pidió permiso pero no le hicieron caso, solo le sonrieron fieramente. Aquellas miradas lo hicieron retroceder. Alcanzó la puerta del fondo pero esta también estaba custodiada. Una pareja que quería salir estaba enfrentando verbalmente a los payasos. Enrique vio que estaban algo tomados, por eso no reconocían el peligro.

 Otras personas se sumaron a la pareja.  Aquello estaba por empeorar en cualquier momento, lo sentía. 
Fue hasta la ventana, que era baja y grande, no había cómo abrirla. Al lado había una silla de madera. Si pasaba algo la arrojaría contra la ventana.
Ahora eran mas los que caían en la cuenta de que estaban encerrados. El caos era inminente. 
De pronto se cortó la luz. A las voces que maldijeron ante el apagón pronto se sumaron unos gritos de terror. La música había callado con el corte de luz, y ahora solo se desparramaban gritos por el salón. 
Era el momento de actuar. El vidrio de la ventana se hizo trisas con el golpe de la silla. Enrique, que era ágil y con el susto que tenía, llegó al patio con dos movimientos, y apenas sus pies tocaron la tierra salió disparado hacia el muro que apartaba el terreno de la calle. Ya en la cima del muro volteó y alcanzó a ver que otros también intentaban salir, pero los payasos monstruosos los apresaban en ese momento, arrastrándolos hacia la oscuridad donde se desataba un infierno de gritos.  Uno de los payasos se asomó a la tormenta y le sonrió macabramente. Enrique se descolgó en la vereda de la calle. Desde allí emprendió una carrera alocada. Tenía que buscar ayuda. La lluvia había vaciado la calle.  Unas cuadras mas adelante se alegró al ver una patrulla policial. Les hizo señas con los brazos y la patrulla se detuvo. En ella iban dos oficiales. Enrique se acercó a la ventanilla a gritarles:

- ¡Ayuda! ¡Están masacrando gente en un club de allá! ¡Tienen que pedir refuerzos! 
- A ver, cálmate -le dijo uno de los policías-. Respira, ¿hay un tiroteo por allá? 
- No, son… unos payasos, encerraron a todos, apagaron las luces, y ahí empezaron los gritos. 
- ¿Payasos? ¿Cómo tú? Un momento… -el policía se volvió hacia el otro-. ¿Este será uno de los payasos que andan creando disturbios? 
- Para mí que sí, es lo que te iba a decir. 
- ¿Qué? ¡Yo no hice nada! ¡No se queden ahí, tienen que venir rápido! ¡Pronto!
- Tranquilo o vas a empeorar las cosas…. -le advirtió el primer oficial, y los dos salieron de la patrulla.
- ¡Que me tranquilice, allá están matando gente! ¿Acaso son tontos? ¡Tienen que ir…!
- Suficiente, ahora va a venir con nosotros. No se resista…
- ¿Por qué? ¡Yo no hice nada! ¡No me agarre! ¡Suélteme, desgraciado! 

Enrique se resistió bastante, pero consiguieron esposarlo y meterlo en la patrulla. En la comisaría un oficial intentó tomarle los datos, mas como Enrique seguía con su historia, ordenó que lo llevaran a la celda hasta que se le pasara un poco el efecto de lo que hubiera tomado. 

- No te preocupes -le dijo uno de los policías que lo llevaba-. No te vas a aburrir, ahí tenemos a varios de tus compinches. 
- ¿Lo qué? ¿Qué quiere decir? ¿Ahí hay otros…? 

En una celda común había varios payasos, y eran iguales a los de la fiesta. 

- ¡No por favor! ¡No me metan ahí! ¡Esos no son humanos, mírenlos bien! ¡No! ¡No…!

A pesar de sus esfuerzos y sus súplicas igual lo encerraron junto a los otros payasos y se fueron. 
Escucharon que Enrique gritó un momento mas y después calló. 
Como pensaron que todos eran parte de  un grupo no se molestaron en ir a verlos hasta muy avanzada la madrugada. El que fue a la celda volvió completamente pálido. La horrible escena los hizo ladear la cabeza enseguida. Aquellos pocos restos eran los de Enrique; los otros payasos no estaban, habían escapado inexplicablemente.  

viernes, 22 de agosto de 2014

¿Una broma?

- … ¡Vamos! ¿En serio crees que me voy a tragar un cuento así? -expresó sinceramente Adrián. 
- No es cuento, es verdad. Esta casa está embrujada. Prácticamente ya es de noche. Espera un rato y verás -le aseguró Fabricio.  

Estaban en la sala de una gran casa. Fabricio estaba sentado a sus anchas en un sillón grande, con un brazo colgando del apoyabrazos, como si lo que acababa de decir fuera una cosa ordinaria; Adrián se encontraba sentado frente a este, y al escuchar aquello había despegado su espalda del sillón y se inclinaba un poco hacia adelante, examinando atentamente la mirada despreocupada de su compañero. Él no creía, pero estaba algo desconcertado. ¿Fabricio quería jugarle una broma pesada? ¿Pero por qué? Tenía que indagar mas: 

- Voy a hacer que te creo por un instante -dijo Adrián, con el tono mas hiriente que pudo-. ¿Sabías que la casa estaba embrujada antes de comprarla o lo descubriste después? Supongo de después, ¿no?
- Ya lo sabía al comprarla. 
- ¡Aja! Es menos creíble todavía. Por qué ibas a comprar una casa embrujada. Cuento tuyo ¡Jeje!
- Te repito que es verdad. Tenía mis razones. Espera un momento mas, ya debe estar por empezar. Sí, en cualquier momento. 
- ¿Empezar lo qué? -le preguntó Adrián. 

Como respondiendo a su pregunta, llegaron ruidos desde varias habitaciones. Adrián miró a Fabricio, este sonreía triunfal. 
Seguidamente escucharon unas risas infantiles. Se las oía ir de cuarto en cuarto, como si atravesaran las paredes. Finalmente se detuvieron en la habitación mas alejada, y tras un instante de silencio las voces infantiles empezaron a reír con mas fuerza. 

- ¿Hay niños en la casa? -preguntó Adrián.
- Los hubo, supongo, aunque puede ser que esos espíritus no sean de niños. Suelen ser engañosos…
- No, no te creo. Es una broma tuya. Seguramente montaste todo esto, ¿no es así? Sabes qué creo, me parece que aún me guardas rencor por lo de Yolanda. ¿Me equivoco?
- No, estás en lo cierto. Aunque solo éramos adolescentes me dolió profundamente que me quitaras aquella novia, aunque recién la conocía. Fingí durante años que no me importaba tanto para un día vengarme. Y esa venganza la voy a consumar hoy. ¿Conforme? -explicó lleno de un obvio sarcasmo Fabricio. 
- Bueno, ahora que lo pienso me parece absurdo lo que te dije. Pero no pueden ser fantasmas. 
- Ve y compruébalo. Aquí te espero -lo desafió Fabricio. Adrián era de los que no pueden rechazar un desafío. 

Se levantó y fue rumbo a la habitación. El corredor se le hizo larguísimo. Las risas infantiles sonaban con mas fuerza. Adrián se repetía mentalmente que no eran fantasmas. La sola idea era absurda. Pero las risas seguían sonando. 
Abrió la puerta de golpe. Eran dos chiquillos, estaban saltando sobre una cama enorme. Sus ropas eran antiguas. Dejaron de saltar y lo miraron muy serios. De un instante a otro pasaron a ser dos viejos, y sonrieron con una malicia que le heló la sangre a Adrián. 
Desanduvo el corredor a la carrera. En la sala no había nadie. Cuando intentó salir de la casa, la puerta estaba cerrada. Entonces una voz le dijo desde afuera: 

- ¡Todo lo que te dije era verdad! ¡Jajaja! ¡Por fin voy a tener mi venganza!
- ¡Fabricio, por favor, déjame salir! ¡Oh dios mío! ¡Esas cosas vienen hacia aquí…! 

Fabricio se alejó de la puerta y se marchó lanzando unas carcajadas de demente. 


jueves, 7 de agosto de 2014

El circo (última parte)

El ya inevitable enfrentamiento con el payaso y la repentina transformación de Mauro, le erizaron la piel a Diego.  Mas que una transformación, era la materialización repentina del hombre lobo sobre el cuerpo de Mauro. 
El hombre lobo le gruñó al payaso-monstruo, que tras destrozar la abertura para poder salir, se había detenido allí al ver que ahora se enfrentaba a un hombre lobo.  Después el monstruo se desplazó lateralmente, y el licántropo imitó el movimiento, como un gallo imita los amagues de un rival. Pero en aquel enfrentamiento había un tercero. Diego, con una linterna en cada mano, apuntó hacia la cabeza del payaso y las encendió. La reacción fue inmediata; el payaso ladeó la cara y se cubrió el rostro con el brazo, aunque el brazo también echó humo ante aquella luz. 
En ese instante Mauro dio un salto impresionante hacia el payaso. Diego, rápido de reflejos, desvió la luz hacia otro lado, y cuando el payaso descubrió su rostro volteando hacia ellos, una mano-garra lo golpeó con fuerza. Cuatro surcos inmensos aparecieron en la cara del payaso. Este lanzó un grito de furia, y al volverse hacia Mauro, que le había ganado la espalda, quedó vulnerable a la luz ultravioleta de las linternas de Diego, y ahora la descomunal espalda echó humo como si estuviera por incendiarse.    
El monstruo giró con tanta rapidez hacia Diego que este se vio sorprendido; una mano enorme se levantó sobre él, pero el golpe nunca llegó, porque el licántropo saltó sobre la espalda del payaso en ese momento, y con el frenesí de una fiera rabiosa las garras empezaron a hacer estragos en la cabeza del descomunal monstruo. 

Ahora el payaso giraba y se movía de un lado al otro para librarse del hombre lobo.    Diego hacía lo suyo, enfocando la parte baja del monstruo y el abultado abdomen cuando este quedaba a tiro. 
Como no podía alcanzar a Mauro con sus monstruosas manos el payaso pensó en otro modo. Corrió hacia uno de los muros de la casa y giró el cuerpo a último momento, para que fuera Mauro el primero en recibir el golpe de la embestida. La pared se destrozó con el golpe, casi como si una bola de demolición la hubiera chocado. Por esa acción ambos cayeron dentro de la casa, que a esa altura se mantenía en pie a duras penas.  Diego corrió hacia la nube de polvo que se levantaba en torno al agujero de la pared. Se detuvo bruscamente al ver que el payaso iba emergiendo de los escombros y el polvo.  El monstruo tenía la cara toda rayada de arañazos, y de un ojo medio cerrado le chorreaba un líquido blanco. 
A medida que Diego comenzó a retroceder, el payaso empezó a reírse malignamente.  Aunque lo quemara con la luz, eso no iba a evitar que el payaso se abalanzara hacia él, y con solo un manotazo de aquel coloso sería suficiente; eso si no lo atrapaba y cumplía sus amenazas de comerlo empezando por los pies. 
El payaso avanzó lentamente, seguro de su triunfo, pero un proyectil grande voló desde el interior de la casa surcando el aire con gran rapidez y chocó con fuerza contra la cabeza del payaso.  El objeto era un trozo de pared. El impacto fue tan fuerte que el payaso trastabilló hacia un lado hasta que cayó. 
Mauro salió de entre el polvo de un salto y se plantó en el patio, listo para seguir luchando. 

El payaso se levantó con una rapidez asombrosa para su volumen, y estaba ahora mas enojado todavía. 
Mauro le saltó, pero esta vez fue interceptado por un manotazo que lo hizo caer. Cuando el payaso quiso propinar un segundo golpe, Mauro rodó por el suelo, y mas rápido que su adversario le barrió una pierna con una patada circular; el payaso cayó con estrépito.    Esta vez no se levantó tan rápido, y cuando lo estaba haciendo, Mauro saltó con una rodilla hacia adelante, impactando con esta la cabeza de monstruo, lo que volvió a tumbarlo. 
Ahora el payaso lanzaba gritos de frustración. Era mas fuerte pero no podía atrapar a Mauro, que además de su fuerza de hombre lobo, era hábil en artes marciales. Siguió demostrando su habilidad al empuñar los dos cuchillos que tenía en la cintura.  Mas los tajos que le abría al monstruo volvían a cerrar inmediatamente; solo sus garras afectaban al payaso.  
Al ver lo desparejo que eran los tamaños de los rivales, se supondría que el payaso podría terminar el asunto de un manotazo, pero aunque alcanzó mas de una vez a Mauro, este no parecía muy afectado, pero por otro lado, sus ataques no parecían lo suficientemente fuertes como para acabar con el monstruo.   Con todo, Diego, que continuaba quemando al gigante con las linternas, ya estaba empezando a confiar en que Mauro lo iba a derrotar, pero de pronto este volvió a ser un hombre. “El amanecer”, pensó Mauro. El payaso-monstruo también había sentido algo. Dejó de atacar y empezó a retroceder hacia la arboleda. 

- Creo que vamos a tener que suspender nuestro asunto por ahora -les dijo el payaso-. Pero no crean que se han salvado de mí ¡Jajaja! -y dándoles la espalda emprendió la retirada por la arboleda. 
- Es el amanecer -le dijo Mauro a Diego-. Ya está cerca, el engendro ese va a buscar un refugio. 
- ¡La carpa! -exclamó Diego. 

Mauro tomó una de las linternas y los dos salieron tras el payaso. Estaban por alcanzarlo cuando notaron un gran resplandor mas adelante. Era la carpa que ardía con fuerza. Enormes lenguas de fuego buscaban el cielo entre el humo, y la carpa comenzaba a hundirse sobre si misma, y las llamas la abrasaban mas. La luz del incendio creaba sombras temblorosas y larguísimas en la arboleda. 
El payaso giró hacia Mauro y Diego: 

- ¡Ustedes, fueron ustedes! ¡Eran tres sabandijas! ¡Me las van a pagar! 

Ahora los pasos del payaso eran inseguros, temblaban, y su cuerpo de tonel se estaba ablandando mas. 
Las luces de las linternas lo hicieron humear, pero él seguía. Diego y Mauro iban retrocediendo. La cara del payaso empezaba a lucir todavía mas aterradora, porque sus ojos emitían un odio mas profundo, y se le formaban pliegues por todo el rostro; se estaba desbaratando. 
De pronto escucharon unos pasos que corrían hacia ellos: era Willy, él había incendiado la carpa. Al sumar su linterna el efecto fue mas devastador en el monstruo, y este empezó a retroceder al tiempo que emitía varios tipos de chillidos y gemidos. 
La luz del día crecía en el horizonte, y de pronto el Sol asomó su corona de fuego sobre los campos, y aquella claridad llegó hasta la arboleda, incendiando enseguida al monstruo, que tras lanzar un último grito, comenzó a convertirse en una enorme cosa babosa que las llamas consumían. 

- ¡Vete al infierno de donde viniste! ¡Maldito monstruo! -le gritó Diego-. ¡Eso fue por mi tío, y nuestro perro! ¡Maldito monstruo!
- Eso es, desahógate -le dijo Mauro, poniéndole una mano en el hombro. 
- Lo destruimos -dijo Willy-. Es hora de partir. Pronto vendrán los policías. Tuvimos suerte de que todavía no lo han hecho. Allí adelante el payaso eliminó a varios oficiales. Diego, ¿Qué piensas hacer? Cuando Mauro y yo nos vayamos, aquí va a quedar mucho para explicar. Los cuerpos de los vampiros que dejamos en tu terreno, por recién haberse transformado, no se desintegran con la plata, y tampoco los va a afectar el Sol ahora. Si fueran vampiros mas viejos sería otra la situación, no quedaría nada. 
- Yo… no sé qué hacer. Ahora estoy solo, ya no tengo parientes. 
- Ven con nosotros entonces -lo invitó Mauro-. Muchacho, tienes coraje, y no nos vendría mal otro compañero. ¿Qué dices? 
- ¿Cazar monstruos con ustedes? Ahora que lo pienso, si hay mas monstruos, quiero exterminarlos también. 
- Y los hay -afirmó Willy. Tenemos que irnos. Creo que ya escucho sirenas. 

Y los tres corrieron por la arboleda. Diego miró sobre su hombro y vio la casa de su tío “Adiós viejo hogar. Adiós Gerardo, adiós Ringo, adiós a todos los que ya no están. Me voy a alejar pero siempre estarán en mi corazón”, pensó Diego. 
Alcanzaron un campo, un sendero, y un poco mas allá estaba la camioneta. Salieron a la ruta. 
Willy iba conduciendo. Ninguno hablaba, solo pensaban en lo ocurrido. Muchos kilómetros después Willy cortó el silencio: 

- Mauro, ¿no te resulta extraño que los vampiros del circo hayan matado a tantos? Normalmente son mas cautelosos. 
- Sí, me pareció extraño. Demasiado osados. 
- Bueno, yo no tengo experiencia en asuntos así -dijo Diego-, pero también me sorprende que ataquen a tantos de una vez ¿No tendrían que ser mas cuidadosos para que no los descubran? 
- Normalmente lo son -le respondió Willy-. Pero últimamente parece que todo está empeorando. Hemos tenido bastante trabajo. 
- Ya que tocamos el tema -comentó Mauro-, en esta Luna sentí algo extraño; estoy mas fuerte todavía, y no solo de noche. Pareciera que la energía que me transforma fuera mas fuerte. Lo malo de esto sería que todas las criaturas y fenómenos sobrenaturales también se estuvieran fortaleciendo, y creo que es así. Algo está cambiando, y rápido. 

Los tres volvieron a sumirse en sus pensamientos. El día había amanecido rojizo, y ya avanzada la mañana permanecía así. La camioneta subía y bajaba las ondulaciones de la ruta, y así se perdió tras una loma de horizonte rojizo. 




martes, 29 de julio de 2014

El circo (novena parte)

El enorme monstruo que imitaba la apariencia de un payaso avanzaba pesadamente entre los árboles. Esperaban que llegara en cualquier momento, pero de todas formas el asombro no fue poco, y se impresionó mas Diego, porque era la primera vez que lo veía. Y ahora aquel ser lucía mas aterrador que en el circo, pues ya no le interesaba ocultar su verdadera naturaleza, solo quería aterrar y matar al que acabara con su circo, y a todo el que se interpusiera en su camino. 
El ser los vio y empezó a emitir una risita macabra que se desparramó con fuerza por toda la arboleda. 

- ¡Entremos! -dijo Mauro, y los tres se precipitaron hacia la casa. 

Cuando miraron por la ventana, el payaso ya estaba en el patio.  Diego sintió que se le erizaba la piel. 
El ser tenía una cabeza enorme, proporcionada con la grotesca anchura de su cuerpo, y una papada fofa se agitaba como gelatina sobre sus hombros y sobre el pecho. Medía fácilmente unos tres metros y medio de altura. Su boca descomunal era un hueco plagado de un desorden de dientes retorcidos, y una lengua asquerosa y renegrida se agitaba con la risa espeluznante de aquel monstruo.  La nariz, roja y enorme, se inflaba y arrugaba como si la bestia estuviera respirando, y por los agujeros que tenía por orificios nasales, escurría un líquido negruzco que le chorreaba hasta la boca. La piel del rostro era blanca, los ojos, rojos, y el monstruo era completamente clavo, con prominentes arrugas en la cabeza. 
Unos disparos lo hicieron estremecer a Diego, entonces reaccionó y disparó también. 
Como suponía Willy y Mauro, las balas no tuvieron efecto en aquel cuerpo de tonel. Ni siquiera le estaban agujereando la ropa, porque esta era parte de su piel, y aquella “carne” no venía de este mundo.  Le apuntaron a la cara pero sin obtener resultados. Era peor de lo que pensaban los cazadores de monstruos, los disparos ni parecían incomodarlo, solo aumentaron la risa del monstruo hasta volverla carcajada. 

La carcajada ahora era tan potente que les resonaba en el cuerpo, así como se siente el rugido de un león.  En ese punto el payaso se había detenido en el patio, y con un gesto de la mano los desafiaba a que le dispararan. Así se divertía aquel ser. Quería demostrarles que no podían lastimarlo. Después normalmente venía el terror, sus víctimas huían despavoridas, y comenzaba lo mas divertido para él: las personas aterradas le sabían mas deliciosas.  Pero ahora se estaba enfrentando a otro tipo de gente. 

- Probemos con las linternas -dijo Willy. 

Por entre las maderas de la ventana solo podían proyectar unos haces de luz ultravioleta, no todo el rayo, pero fueron suficientes para hacer reaccionar al payaso, que al primer contacto con la luz empezó a echar algo de humo y cambió la carcajada por un grito de dolor.  
La luz lo hizo retroceder hasta los árboles, y desde allí empezó a gritarles con una voz aguda y ronca pero potente: 

- ¡Malditos sean! ¡Voy a empezar a comerlos por los pies! ¡Voy a succionar sus tripas cuando aún estén vivos! ¡Malditos! -y después siguió hablando pero en un idioma que les era incomprensible. 
- Parece que se enojó -comentó Willy-. Mauro, ¿cuánto falta para el amanecer? 
- Un buen rato. La noche todavía está con toda su fuerza -le contestó Mauro, sin mirar su reloj. 

Esto le resultó raro a Diego; Mauro parecía sentir la noche, y también estaban los gruñidos que emitía al pelear. No sospechaba algo malo, acababa de conocerlos pero ya confiaba en aquellos hombres.
Ahora sabía que existían los vampiros, que había otro tipo de monstruos… solo podía suponer qué mas habría, y lo que fuera ya no lo iba a sorprender, creía él.    Las historias de hombres lobo nunca le habían resultado muy disparatadas o improbables.  Pensó brevemente en eso mientras observaba a Mauro; este, aunque sentía la mirada de Diego, no dejaba de vigilar al payaso-monstruo. 

- Eso no va a detener a ese monstruo -opinó Mauro-. ¿Entraré en acción ahora? 
- Mejor espera un poco mas, amigo -le dijo Willy-. Ahora que somos tres se me está ocurriendo un plan, pero hay que entretenerlo mas. Si se nos viene muy encima, sí, muéstrale quién eres. 
- ¿Y quién es? -les preguntó Diego-. O mas bien, ¿qué es? ¿Un hombre lobo? 
- ¡Vaya! Este sí que es astuto -opinó Willy, refiriéndose a Diego. 
- Soy un hombre, que puede convertirse en hombre lobo, sí. Mas no soy un monstruo como ese. Cuando me transformo, aquí -Mauro tocó su cabeza con la mano-, sigo siendo yo, no pierdo la conciencia ni nada. ¿Entiendes? 
- Entiendo y me alegra saberlo, porque empezaba a creer que ese monstruo era mucho para nosotros. 

Mientras tanto, el payaso calculaba desde los árboles. Ahora tenía que ser mas prudente y atacar por otro lado, tenía que sorprenderlos, y tenía los poderes para hacerlo. El payaso aterrador sonrió asquerosamente. 
De repente, los vampiros que yacían en el patio se fueron irguiendo, mas había algo extraño en sus movimientos; parecía que una fuerza invisible los levantaba. Al incorporarse del todo los brazos se les quedaban meciendo, flácidos. 

- ¡No puede ser! -gritó Mauro. 
- Lo veo y no lo creo -dijo Willy. Por lo que él sabía, los vampiros no podían revivir de nuevo una vez exterminados. 

Todos los del patio se habían levantado y caminaban tambaleantes hacia la casa, como zombies. 

- No revivieron -dijo Diego-. Son como títeres, no se mueven por su cuenta. Mírenlos bien. 
- Tienes razón -afirmó Mauro-. Debe ser cosa del payaso… 

Cuando miró hacia los árboles, el payaso ya no estaba. 

- ¡Fue una distracción! -gritó Willy. 

Los vampiros cayeron al suelo todos a la vez. Un instante después escucharon un golpe fuertísimo en la cocina, como una explosión. 
El payaso había derrumbado la puerta y gran parte de la pared de un golpe, y ya entraba a la casa. 

- ¡Entró! -exclamó Willy-. Mauro, ahora sí vas a tener que enfrentarlo. Yo los voy a dejar por un momento. Trataré de volver cuanto antes. Tengo un plan, pero no hay tiempo para explicaciones. 
- Vete, nosotros nos encargamos, ¿o prefieres ir con él, Diego? -le preguntó Mauro.
- Me quedo. Nunca me gustaron los payasos. 

Cuando el monstruo atravesaba la cocina, rompiendo todo a su paso, Willy salió por la puerta del frente.  Toda la casa temblaba ahora, y era como si una aplanadora intentara atravesarla. 
Mauro se quitó la mochila y comenzó a sacarse también el abrigo, y le dio instrucciones a Diego: 

- Voy a pelear con ese engendro. Atácalo con la luz ultravioleta, manteniéndote a distancia, trata de entrar y salir enseguida. Toma mi linterna, úsalas al mismo tiempo, para intensificar la luz. No olvides que sigo siendo yo, aunque voy a lucir como un monstruo. Trata de no enfocarme con esa luz cuando esté transformado, porque me debilita. Ya viene, esperemos que llegue a la sala y salimos al patio. 
- Muy bien. A enfrentar al desgraciado. 

El payaso avanzaba encorvado. Al llegar a la sala pudo erguirse, y rió estrepitosamente. Mauro y Diego salieron al patio.  Cuando el monstruo atravesó la puerta de una embestida, volaron maderas y ladrillos por los aires. 
Mauro lo miró con fiereza y arrojó su abrigo en el suelo: 

- Apártate un poco -le dijo a Diego-. A este monstruo le gusta meterse con víctimas que no pueden defenderse. Veremos qué hace ahora, a ver si se sigue riendo. 

Y Mauro comenzó a transformarse en un hombre lobo. 

Continúa...